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Lunes, 22 de Octubre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. El ave del paraíso se muestra pródiga por estos días. La gente, por razones extrañas, tiende a podar a esta noble planta como si se tratara de un tieso ramo de flores. Pero si se lo deja en paz seguir sus inmemoriales instrucciones, el espléndido vegetal forma una esfera perfecta. Así, aquí y allá asoman las flores anaranjadas y pasmosas en su suntuosa sencillez. La bugambilia blanca de a la vuelta florea ya enardecida, y cabe imaginarse que en el jardín del mirador al Expiatorio todo progresa y da gracias cumplidas. El maestro jardinero sigue emitiendo sus frases lapidarias mientras se afana en sus quehaceres. Pero la platónica figura del ave del paraíso, con su geometría exacta y plena, hace pensar en parecidas geometrías del alma, “podadas” tan a menudo por la tontería y el prejuicio. En niños que todo lo saben y que la miopía de la gente grande hace que su natural y sabia inocencia se les mutile y olvide, y que se confundan de por vida. Salvo cuando no…

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Otra vez Alfonso Reyes, él, tan afable y comedido, deja unos aguerridos e insospechados versos que son todo un canto de batalla. Son una advertencia, un programa vital, un grito de rebelión contra el agravio de los años, la dejadez de la edad, el entibiamiento del élan vital. Vienen por muchas razones al caso. Reyes relata en el poema, dirigido al amigo conjetural,  cómo el paso de los años deja su huella y su mella en el ánima. Todo hace pensar en un resignado estoicismo. Hasta que remata:

Pero si ves que bajé los ojos
a la embestida de unos labios rojos
entonces puedes darme por perdido.

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One track no mind: Dixit Dominvs. Es la estación que se dulcifica, que tolera ahora las mañanas tempranas en el corredor. Todavía es necesario prender las lámparas, arrebujarse en vestimentas que al poco rato saldrán sobrando, pero en fin. Humea el café, también se levanta el humo de los cigarros y ponen así su ejemplo de liviandad y búsqueda de lo que está más alto. Invariablemente, el aporreado tocadiscos del rincón emite una sola música, inagotable y perfecta: el Nisi Dominvs de Haendel, y no es posible cansarse de ella. Convoca además a todas las estampas que un señor que ya no está regalaba, impresas en estupendos pliegos, con esos fragmentos de los Salmos que señalan con precisión la futileza de cuidar la ciudad, o de levantar la casa, si el Señor no acompaña las tareas. Salmos que, por cierto, cruzan la fachada de Catedral, y la del Palacio de Gobierno, tan descreído él. One track, a little bit of mind. En el cuarto vecino, otra música incesante se echa a andar de cuando en vez, en ocasiones sin que nadie accione el mecanismo que la genera. Es un homenaje permanente a Graham Greene, al episodio de la Ciudad Condal, a los amores irremediables y enconados que persiguen implacables a quien en ellos ha ardido, a una tonada y unas líneas que se atreven a invocar el milagro y la redención. El compositor es Michael Nyman, quien gusta de vivir temporadas en México. One track, no mind, or half a mind…

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Elogio del arrayán de un patio sureño. Para cada hombre cabe, si así lo logra considerar, un inmemorial privilegio adánico: ver por primera vez las cosas, bautizarlas, establecer su nombradía y su particular bitácora de asombros. Y luego declarar lo que mejor le parezca: cosas como que ese arrayán del patio de Sayula es por ahora el más grande del mundo. Como establecer que el fresno de Santa Cruz del Cortijo es el mayor fresno del planeta. Se podrían aceptar observaciones, pero no. Cada quien sabe de sus cosas, cada uno es Adán. La mayor ceiba está en Tipontate, y el más augusto granado, que cuidaba Prisciliano Encarnación, se murió muchos años después entre las manos del desolado maestro jardinero Luis Palacios.

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Retrato de Prisciliano Encarnación. Era de escasa estatura pero de armoniosas proporciones. Había nacido en San Sebastián el Grande, muy cerca de Zapotlán y tenía, junto a la tez oscura, acendrados rasgos orientales. Oriental también era su humor, su larga sabiduría. Muy joven empezó a trabajar en la hacienda de la Cofradía del Rosario, y fue mozo de estribo de uno de los idénticos patrones. Supo allí de todos los trabajos y las fatigas, de los fervores y las músicas, de la esmerada primera escuela rural de Jalisco, de las arduas faenas del campo, de la construcción de represas y acueductos, de la implantación afanosa del cultivo de los nogales. Vio de cerca cómo los llamados Cristeros del Volcán de Colima se llevaron secuestrado al patrón una infausta madrugada. Conoció, quizás, el monto del ruinoso rescate, pero de esto jamás nunca dijo nada. Vio regresar al raptado, quien con el ánimo interperrito retomó sus trabajos. Asistió al estruendoso e injusto naufragio de la hacienda, de todo el vasto proyecto material y espiritual que ésta significaba.

Vino a dar a Guadalajara, cercano por siempre a quienes le dieron educación, respeto y sustento. Le fue encomendado un jardín –y una casa entera- que aún pervive. Su cuarto, amplio y envuelto en una estudiada penumbra, era un repositorio de maravillas. Tuvo siempre una novia, también de San Sebastián, con la que jamás tuvo una sombra de disturbio. De impecable filipina blanca, servía la mesa con el tino y la discreción de los más diestros meseros del Fouquet’s. Acumuló anécdotas, sucedidos y secretos a lo largo de su prolongado transcurrir. Sabía como nadie torear el fosfórico temperamento del patrón, alentar el genio dulce y laborioso de la dueña de la casa. Fabricaba la mejor cajeta de membrillo de la que se haya tenido noticia. En la temporada, sacaba a asolear a diario unos bonitos carromatos de madera verde cargados de las figuras del dulce moldeadas en barro con figuras de vírgenes, venaditos, soles… Conducía apaciblemente a los niños de la casa a las funciones de los grandes cines de la Calzada, y era quien más gozaba del espectáculo.

Ya muy mayor enfermó, y tuvo que recluirse en la casa de Santa Teresita que su patrona le había regalado. Lentamente, con total entereza, se fue apagando, cuidado por sus sobrinas, asistido en cuanto se pudo por quien había heredado su responsabilidad. No dejó, sin embargo, de hacer siempre el sencillo elogio de aquella hacienda que nunca olvidó, del agua que venía generosa de la laguna de Zapotlán merced a una peculiar y poderosa bomba que en los alrededores no se había visto, de la pericia y la atingencia con las que los patrones –contra la zurda e interesada leyenda- trabajaban su tierra. En una cierta penumbra cuelgan ahora su sombrero y la bolsa de los mandados, de la que nunca se separaba, y en la que traía a veces remedios para los árboles del jardín comprados en la venerable Casa del Hortelano. Contraesquina del cuarto, cuelga su vera efigie, retratada con el fondo impecable de su jardín, de su granado. Quién fuera en el cielo su mozo de estribo.

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Tardía visión, desde la casa verde, de Django, la película de Quentin Tarentino. Por mientras, lejanas noticias favorables de un arquitecto que perora y pelea con sus fantasmas en Los Ángeles. Pero Tarentino es arrollador: a estas alturas ha desarrollado un oficio que no deja de sorprender, de divertir con amplitud, de salpicar cátsup alarmantemente, de jugar con un a veces sutil y otras veces contundente, casi burdo humor que siempre se agradece. Una épica sin remordimientos se levanta de la saga del pistolero negro, del cruel retrato del sur esclavista gringo, de los paisajes bravíos e impactantes. Buenas actuaciones –siempre tongue in cheek- de Di Caprio y compañía. Una buena manera de pasar la velada al borde del jardín, sobresaltado a veces por el imbécil estruendo de los camioneros que bajan a sus anchas por la vieja calzada de los Madereros.

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Se nos murió Forges. Maestro lo fue en el difícil arte de un humor absolutamente personal, entrañable, punzante y juguetón. De España vino en los setenta aquel libro perdido desde hace mucho: el Libro de Forges. Cuarenta años acompañados de sus personajes inolvidables, de sus hallazgos verbales, de su invariable certeza. Otro más para la cuenta de las bajas: la nómina de los indispensables se acorta. Quizá se enriquezca luego, si hay suerte.

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