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Viernes, 17 de Noviembre 2017

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Diario de un espectador

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Sucede a unas cuantas cuadras el tumulto. El barrio se eriza de tráficos y ruidos, del gentío que circula rumbo a un magno mitote que sucede todo a lo largo del paseo. Aparatosas estramancias anunciaron estruendos y luces. Anocheciendo, llegan en oleadas las rachas sonoras: el jardín las absorbe y las filtra, las mezcla con sus propios ritmos, y por una secreta química entrega un enigmático rumor, transformado y ya propio. Como bien sabe hacerlo, el verde recinto va decantando en vigorosas savias —prodigio cotidiano y callado— las emisiones sónicas de la ciudad inquieta. El viento que cambia a cada rato combina crescendos con pianísimos que las frondas cercanas aprovechan para acentuar sus fieles rumores insuperables. Atroces intervenciones alternan con tonadas afortunadas, con retazos de canciones que, en su lejanía, algo alcanzan a decir. Hasta que una voz de mujer se aparece con inédita nitidez, y el aletear de la palma es entonces su único acompañamiento. Las palabras se borran sin embargo: nomás queda el entusiasmo de la vocalista que se adivina transida por el fervor de un fuego del que solamente ella poseerá el secreto. Y un pálido incendio se apodera del ánimo.

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El muerto, el increíble. Tal decía Borges una noche en que en el sur velaron a un definitivo ausente. Siempre tan arduo de entender un universal destino: no volverán esos pasos a resonar sobre estos suelos, ni la mirada de quien se ha ido acompañará más el inescrutable devenir del universo con su intransferible respuesta para el oficio de estar vivo. La ceremonia es siempre conocida y siempre la primera. Los restos mortales de una única existencia irrepetible, y de este mundo ahora desterrada, magnetizan el aire, y ciertas músicas, algunas palabras siempre insuficientes, acompañan el duelo. Una vaga o precisa certeza del universal tránsito de todos los que viven desciende lentamente, una pregunta atenaza la garganta. Sigue Borges:

Me conmueven las menudas sabidurías
que en todo fallecimiento de hombres se pierden
—hábito de unos libros, de una llave, de un cuerpo
          entre los otros—
frecuencias irrecuperables que fueron
la precisión y la amistad del mundo para él.
Yo sé que todo privilegio, aunque oscuro, es de linaje
          de milagro
y mucho lo es el de participar en esta vigilia,
reunida alrededor de lo que no se sabe: del muerto,
reunida para incomunicar y guardar su primera noche
          en la muerte.

(El velorio gasta las caras;
los ojos se nos están muriendo en lo alto como Jesús).

¿Y el muerto, el increíble?
Su realidad está bajo las flores diferentes de él
y su mortal hospitalidad nos dará
un recuerdo más para el tiempo
y sentenciosas calles del Sur para merecerlas despacio
y brisa oscura sobre la frente que vuelve
y la noche que de la mayor congoja nos libra:
la prolijidad de lo real.

Aquí, en las indiferentes calles del poniente, las gentes se reúnen después en el atrio, se miran las caras, intercambian algunas palabras, secretamente asombradas de persistir, de proseguir un camino del que una vez más han tratado de comprender su ineluctable término. Una incertidumbre devastadora, cuyo único consuelo arde en la llama que el sacristán dejó prendida, acompaña a los últimos dolientes que, despacio, tratan de merecer las calles que guardan la cifra exacta de las veces que los mirarán pasar.

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Los modos modernos han ido diluyendo la presencia de un actor, estelar pero discreto, de la vida de las ciudades: el cartero. Sin embargo, desde la más temprana infancia prevalece el silbido que no tanto anunciaba la llegada de alguna correspondencia. Proclamaba, sobre todo, que la vida seguía, que el moroso molino del tiempo entregaba una vez más el fulgor de un mediodía prodigioso. Y después, saber lo que llegó. Minucias, papeles olvidables casi siempre. Pero una carta sellada más allá de mares y cielos era suficiente para dar cuenta de la vastísima maquinaria que una escritura firme o incierta, a lo largo de un sobre azul, había echado a andar. Toda una teoría de cuidados, minuciosos procesos y largos recorridos se materializa en la presencia de unos trasatlánticos pliegos de papel. Una línea ininterrumpida de manos entrega así la evidencia: no se apaga el fuego, duran las fidelidades que levantan la bandera de la vida en fuga.

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