Martes, 07 de Abril 2020
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Conjugando el verbo "dulcinear"

Por: Rosa Montero

Conjugando el verbo

Conjugando el verbo "dulcinear"

La pasión es como esas sombras que uno hace con sus manos sobre la pared. Si apagas la luz, las sombras desaparecen

Hay un programa de televisión titulado Catfish (un nuevo término inglés que significa impostor digital) que consiste en investigar y desvelar la verdadera identidad de aquellas personas que se hacen pasar por otras en las redes sociales. Lo he mirado por encima tres o cuatro veces, y en todas las ocasiones se trataba de un asunto amoroso. El último que he visto me ha dejado pasmada: una estadounidense de 39 años con una hija de 18 se escribe durante nueve meses con un tipo de 27 (“pero muy maduro para su edad”) que vive en otro Estado. Del chico sólo conoce cinco fotos (está, obviamente, muy macizo) y durante todo este tiempo no ha conseguido verse con él por Internet (alega que tiene la cámara rota) ni quedar en algún lugar intermedio entre sus ciudades. Eso sí, se han escrito muchísimo, han conversado por teléfono, sin duda han hecho sexo de voz o de texto, han hablado de casarse y están al parecer enamoradísimos. “Nunca he querido tanto a un hombre en toda mi vida; nunca me he entendido con alguien tan bien”, dice la incauta.

Es su hija quien, sin la ceguera de la pasión, considera que la relación es muy sospechosa y avisa al programa. La investigación demuestra que el supuesto bombón es en realidad una chica poco agradable de 31 años, lesbiana y con antecedentes penales. Hay un cara a cara entre las dos, y se diría que la catfish también se ha autoengañado: mantenía la esperanza de que su víctima se acabara enamorando de ella. Pero la mujer queda comprensiblemente devastada y sale corriendo (además es heterosexual).

Supongo que les costará creerme, pero la víctima no parecía una tonta; simplemente estaba muy necesitada. Qué fácil es engañar a un corazón enamorado. O mejor dicho: con qué facilidad un corazón ansioso de enamorarse logra engañar a su dueño. En realidad la protagonista del documental se estafó a sí misma.

La pasión es así, una quimera. Cuanto más apasionada sea una persona, más distancia guarda su amor ilusorio con la realidad. Cervantes, que ya lo ha escrito todo, nos muestra la ridiculez de esos espejismos cuando habla de la chaladura de Don Quijote por su inexistente Dulcinea, un ser inventado por él a partir de una campesina vecina, Aldonza Lorenzo. En realidad todos dulcineamos un poco o un mucho al enamorarnos, como la protagonista de Catfish. Ya lo decía Platón: amar es dar lo que no se tiene a quien no es. Lo que no se tiene, porque en el irrefrenable impulso de conquista nos mostramos adornados de virtudes, desplegamos colas de pavo real que no son nuestras, fingimos ser mejores de lo que somos. Y a quien no es, porque el zapateado del cortejo se lo estamos haciendo a la Dulcinea que nos hemos inventado, no al individuo auténtico, ese ser real que nos empeñamos en no ver.

Por eso las pasiones prosperan cual hongos al amparo del desconocimiento del otro. Ahora, con la invisibilidad de las redes; pero antes, en tiempos más convencionales, por ejemplo, también por la distancia en los noviazgos: esas parejas que no se conocían sexualmente antes de casarse y que vivían unas relaciones prematrimoniales muy formales fueron causa y origen de muchas fantasías y desengaños. Por no hablar, claro está, de las relaciones epistolares, un perfecto caldo de cultivo de la pasión inventada. Como la historia de la escritora estadounidense Helene Hanff (1916-1997), que se escribió durante 20 años con Frank Doel, un librero de Londres; empezó comprándole libros y terminaron dulcineando dulcemente. Hanff nunca se atrevió a conocerle personalmente; para cuando estaba empezando a reunir el valor, Doel se murió (probablemente hizo bien en no verle: que la realidad no te estropee una buena pasión). Las cartas están publicadas en un librito delicioso, 84, Charing Cross Road, la dirección de la librería.

La pasión, en fin, es como esas sombras chinescas que uno hace con sus manos sobre la pared. Si apagas la luz (el tórrido foco de tu imaginación), las sombras desaparecen. Y así, amados de antaño cuya ruptura con ellos fue un cataclismo, pueden parecerte hoy perfectos desconocidos sin un átomo de encanto en su interior. Dulcinear sin freno es lo que tiene (yo estoy intentando quitarme).

© ROSA MONTERO / EDICIONES EL PAÍS, SL. 2020. Todos los derechos reservados.
 

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