Sábado, 06 de Junio 2020
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Carta a una joven médica

Por: Salvador Camarena

Carta a una joven médica

Carta a una joven médica

Querida joven médica y joven médico

Vengo de un medio y un tiempo, que es prácticamente el mismo que el del presidente por cierto, en que al médico se le veía con una reverencia casi mística.

Que en una familia de escasos medios alguien lograra convertirse en médico era visto como una señal de la providencia. La buena fortuna le había sonreído a esa estirpe. Sí, casi como película mexicana en blanco y negro o de Cantinflas. Cursi, quizá, pero no era mala cosa, en absoluto.

Luego nos hicimos adultos —o pasaron los años, para que no se confunda con que uno agarró madurez— y como en tantas otras cosas, hoy en la medicina hay mucho (demasiado) interés mercantil, mas sigue profesando ese oficio —por supuesto— harta gente buena y humana.

En esas estábamos cuando apareció el COVID-19. Entro en materia.

Joven médica que estás de pasante en un hospital, o que eres residente rumbo a una especialidad.

En nombre mío, pues no soy vocero ni de mi familia, permíteme ofrecerte disculpas. Como un beneficiario de lo que alguna vez fueron decentes servicios públicos de salud, como alguien que vive agradecido con la buena atención que el Hospital Civil de Guadalajara y el IMSS Jalisco ha dado a sus padres y hermanos, te pido aceptes mi adelantado agradecimiento por los grandes sacrificios que estamos por pedirte en el sombrío umbral de la crisis sanitaria por el coronarvirus.

Estas líneas son para ti, médica pasante o residente, para los jóvenes doctores, para las enfermeras, los enfermeros y, por supuesto, también para los camilleros y personal administrativo y de limpieza de los hospitales. 

Nadie de ustedes, cuando hace unos pocos años logró ingresar a la facultad de Medicina o de enfermería, o cuando quiso trabajar en el sector salud, pidió una prueba como la salvajada que están a punto de enfrentar en los pasillos de urgencias y terapias intensivas de nuestro sistema sanitario.

Y lo que se avecina, que conste, no es una maldición divina. El virus es de condición humana. O cosa de la naturaleza, si gustan. Hasta ahí, no hay queja con el destino.

El problema es que la naturaleza puede tener sus caprichosos designios, pero nosotros no tenemos excusa (ni perdón de Dios). El virus es letal, pero en México nuestras defensas institucionales son raquíticas. Como sociedad, nos comportamos, me cae, como esos loquitos que no creen en las vacunas: nunca reforzamos nuestro sistema inmunológico, sanitariamente hablando.

Por lo anterior, me temo que algún día no muy lejano, si los malos escenarios se materializan, varias generaciones tendremos que explicar con qué cara demandamos de ustedes la entereza y profesionalismo para enfrentar en la primera línea de batalla a un virus que ha arrasado con algunos de los mejores sistemas de sanidad del mundo, como el español.

La historia nos juzgará como esos mexicanos que, por un lado, durante sexenios permitimos que ladrones de todos los colores políticos saquearan los sistemas de salud, y al mismo tiempo respiramos aliviados al saber que, a pesar de todas nuestras omisiones, ustedes médicas y enfermeras, doctores y camilleros estarán en las clínicas listos para atendernos en la calamidad.

Qué fácil para nosotros, los de más de cuarentaitantos, mandar desde nuestras “posiciones de liderazgo” a las y los más jóvenes a lidiar con el impredecible COVID-19. Ustedes reforzarán a otros muchos médicos de más edad y experiencia, pero la juventud tendrá un rol especial en esta difícil coyuntura.

Nadie está obligado a lo imposible. Que la Patria, con mayúsculas, reconozca a todas aquellas de ustedes que en la precariedad entregarán lo mejor de su saber intentando salvar vidas. Pero que nadie juzgue con severidad a quienes, entre ustedes, duden sobre cómo llevar a cabo esa misión en hospitales que son más bien barracas donde enfermos de todas edades se pudren por infecciones que México debió superar el siglo pasado.

El sistema de salud mexicano era ya una desgracia antes de este sexenio. Pero quiero pensar que hoy hay todavía un poco de tiempo. Tómenle la palabra a Hugo López-Gatell, porque no miente ni habla a la ligera cuando dice que ustedes serán, con o sin equipo (eso lo digo yo), la primera línea de defensa. Por ello, si el subsecretario les dice como les dijo esta semana que bienvenidas sus protestas, que expresen sus carencias y sus demandas, yo les digo: hagan sonar las alarmas ahora que todavía pueden. No se confíen. Ni menos confíen en nosotros, que no supimos defender en décadas el presupuesto para la educación, la ciencia y la salud.

Se las pusimos muy difícil, carajo.

Reciban un abrazo en la distancia. Y también el reconocimiento va para todas las familias detrás de cada una y cada uno de esas hijas de México. 

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