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Sábado, 15 de Diciembre 2018

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Alimento para el espíritu

Por: Jaime García Elías

Alimento para el espíritu

Alimento para el espíritu

Gracias, Myriam...                                       
                                                                                           
Al reivindicar la música como “un derecho humano básico”, Gustavo Dudamel se quedó corto.

Quizá fue más justo quien la entendió como “un artículo de primera necesidad para el espíritu”.

El elemento sacramental –el signo sensible de un efecto interior y espiritual— flotaba en el ambiente en los tres conciertos que, precisamente con Dudamel en el pódium, ofreció el pasado fin de semana la Orquesta Filarmónica de Viena en la ciudad de México. Era como estar en trance.

Si las grabaciones de las obras maestras de la música ofrecen aproximaciones a la perfección, las interpretaciones en vivo van más allá. Aquéllas son inanimadas; éstas tienen la calidez de lo real. El concepto del genio (Tchaikovsky, Brahms, Mozart, Mahler, Berlioz, incluidos en los programas de la gira…) es una premisa del silogismo; la otra es la re-creación de la obra que en el momento de la interpretación se produce. El concierto ofrece, así, la certeza de un momento real, único e irrepetible.

Con otros intérpretes, con otro director y aun con los mismos; en otro lugar y en otro momento, la obra, aun siendo la misma, no volverá a sonar igual ni a proyectar al escucha –aun siendo el mismo— la misma sensación de  ese momento vital.

El concierto propicia la plena comunión entre la obra, la interpretación magistral y la plena disposición de ánimo, no del público –miles de personas eventualmente, en salas a menudo pletóricas, como sucedió esta vez— sino de cada uno de los espectadores. Después de todo, para quien la ama, la música es la banda sonora de la vida misma.

Por ser la más inmaterial –y, por ende, la más pura— de las artes, la música tiene el poder de transformar al escucha en alguien mejor que él mismo. Como escribió Raúl del Olmo, “La música, ciertamente, no arregla nada; pero, al menos, embellece todo (…), empezando por nosotros mismos”. Y también: “Nada tiene un poder transformador del mundo, más efímero y absoluto a la vez, que la música”.

Y si la experiencia pudo complementarse, como fue el caso, con escalas en la exposición pictórica de Caravaggio en el Museo de Arte Nacional y las esculturas de Dalí en el atrio de la Iglesia de San Francisco –todo a tiro de piedra de Bellas Artes—, la experiencia vital ha sido plena.
 

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