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Lunes, 17 de Junio 2019
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A cien años de la muerte de Amado Nervo

Por: María Palomar

A cien años de la muerte de Amado Nervo

A cien años de la muerte de Amado Nervo

Nervo tenía sólo 48 años y estaba viviendo en Buenos Aires como Ministro Plenipotenciario de México ante los gobiernos de Argentina, Uruguay y Paraguay. En mayo de 1919 hizo el corto viaje a Montevideo, para tomar parte en el Congreso Panamericano del Niño. Fue ahí donde, enfermo de uremia, murió la mañana del sábado 24. Desahuciado ya por los médicos, había recibido los auxilios espirituales del jesuita argentino Carlos Benítez, llamado a petición de Nervo por uno de sus amigos y admiradores, el gran poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Martín.

El escritor jalisciense tenía ya una obra voluminosa, pues había publicado más de treinta títulos, difundidos en todo el orbe hispánico y que le ganaron una popularidad inmensa. La última etapa de su vida, la que va de 1905 hasta el año de su muerte y en la que escribió su obra más personal y madura, la había pasado prácticamente fuera de México, ya que pese a que en 1914 el gobierno de Venustiano Carranza decidió cesar a la mayor parte de los funcionarios diplomáticos, Nervo optó por permanecer por cuenta propia en Europa. Cuatro años más tarde, en 1918, el mismo gobierno carrancista lo reincorporó al Servicio Exterior y lo envió a Sudamérica. Sólo duraría en el cargo un año y dos meses.

El Presidente de Uruguay solicitó al Congreso que aprobara celebrar para el poeta mexicano funerales de Estado, lo cual fue concedido. Comenzaron luego los planes para repatriar sus restos, pero en razón del desastre revolucionario de la época en México, no fue sino cuatro meses más tarde cuando zarparía la corbeta Uruguay llevando a bordo el cadaver de Amado Nervo, cubierto con las banderas de todas las naciones iberoamericanas. La nave, escoltada por buques de Argentina, Cuba, Venezuela y Brasil, a los que se sumó la cañonera Zaragoza de México, hizo alto en Brasil, en Venezuela, en la República Dominicana y en Cuba, donde se le rindieron sendos homenajes, y llegó a Veracruz el 11 de noviembre. La solemne inhumación en la ciudad de México tuvo lugar el 14, en la Rotonda de los Hombres Ilustres.  

Como escribe Bernardo Ortiz de Montellano, “Ni héroe ni rey alguno, menos un poeta, ha recibido nunca los honores funerales que durante seis meses, tiempo que duró el traslado de sus restos a la capital mexicana, le rindieron a su paso los pueblos de América. La prensa de veintiún repúblicas, durante seis meses, reprodujo con frecuencia artículos laudatorios, versos de homenaje, noticias de los funerales, crónicas de veladas literarias en su honor. Los escritores, los poetas, las voces femeninas de América, de manera vertiginosa -Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni- unieron su palabra y su voz. Los libreros agotaron las ediciones de sus libros. Millones de labios repitieron su nombre y sus versos”.

Cuando evoca López Velarde “la magia de Nervo”, alaba su inigualada capacidad de cantar en todos los registros de la poesía: “Jugó los bastos asirios, las copas de Pompeya, las espadas vigilantes del Santo Sepulcro y los oros gandules”. Y remata: “lo honramos por justicia”.

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