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Sábado, 18 de Agosto 2018

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* Cavernícolas

Por: Jaime García Elías

* Cavernícolas

* Cavernícolas

Con más pena que gloria —ni sus más recalcitrantes seguidores osarían discutirlo—, pero las Chivas hicieron la tarea: preservaron la ventaja —precaria, pero ventaja al fin— adquirida en el partido de ida; resistieron el asedio, bárbaro pero ciego, de un rival tan limitado en el capítulo ofensivo como el mismo Guadalajara de los dos últimos campeonatos; se defendieron con uñas y dientes; se sobrepusieron a factores adversos —la temperatura, sobre todo—… y consiguieron a la postre (“aiga sido como aiga sido”, diría el clásico) el boleto para el capítulo final de la Liga de Campeones de la Concacaf, antesala —lo más importante de la historia— del Mundial de Clubes.

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Sin ánimo de demeritar el resultado, será de justicia subrayar que el rival en turno de los rayados, el Red Bull de Nueva York, fue un equipo rudimentario, punto menos que cavernícola. Que sus argumentos futbolísticos fueron los propios de un equipo llanero: ollazos y zapatazos; caballazos y carrerones. En cuanto a manejo de la pelota, que fue suya durante 80 de los 90 minutos de partido, nada de nada.

El trámite del encuentro, para los neoyorquinos, fue una copia al carbón del más reciente del Guadalajara, el sábado ante el Veracruz. Acá fue el “gol de vestidor” en el primer minuto de juego; allá, la ventaja con que los rayados llegaron a La Gran Manzana… En ambos casos la nota dominante fue la inoperancia absoluta de los locales para traducir en goles, en uno siquiera, el abrumador dominio territorial ejercido sobre el adversario.

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Cota y Salcido, en ese peculiar escenario, cumplieron labores descollantes y consiguieron nota sobresaliente por la eficacia con que hicieron su trabajo. Cabe subrayar, empero, que ni siquiera tuvieron que prodigarse en lances con alto grado de dificultad, porque los neoyorquinos sólo amenazaron en serio con un par de tiro-centros cruzados, en el primer tiempo, y un remate de cabeza ya en tiempo añadido. El resto fue, como ya se apuntó, una feria de pelotazos “a la olla”, sin destinatario definido, sin trabajo de laboratorio; eso, más media docena de ocasionales disparos de media distancia, carentes por completo de puntería y desprovistos, por ende, de peligro, y pare usted de contar.

Hubo celebración, al final, a la orilla de la cancha. Muy legítima —sería necio negarlo—… aunque es imperativo subrayar que esta historia aún no termina de escribirse…

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