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Viernes, 19 de Octubre 2018

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- ¿Mejor Guadalajara…?

Por: Jaime García Elías

- ¿Mejor Guadalajara…?

- ¿Mejor Guadalajara…?

Ni hay panadero que venda pan frío, ni hay gobernante que no se jacte de haber dejado a la ciudad, el Estado o el país que gobernó, mejor que como lo recibió.

Enrique Alfaro Ramírez no podía ser la excepción. Y no podía serlo, porque esa tradición –a diferencia de la de las “calandrias”, por ejemplo— no sólo no se rompe, sino se robustece cuando el gobernante que entrega el cargo pertenece –como es el caso— a un signo político diferente al de todos sus predecesores. Pero no podía serlo, principalmente, porque si el motivo de la separación del cargo es ajustarse a los plazos que la ley establece para buscar un cargo público de mayor rango, mal hubiera hecho Alfaro en preferir la autocrítica al autoelogio, si su primer paso como aspirante a gobernador del Estado –aspiración que depende en buena medida de los votos de quienes hasta hace un par de días fueron sus gobernados— consistiera en reconocer que como presidente municipal de Guadalajara, con todo y pena, quedó a deber.

-II-

Por lo demás, es indudable que el hoy ex alcalde tiene –como todos sus predecesores, sin excepción— una lista de compromisos cumplidos y acciones realizadas, y que está en todo su derecho de mostrarla como el saldo positivo en el balance de su administración. Es probable que esa lista pueda incrementarse a medida que se concluyan algunas obras que aún están en proceso, en los nueve meses que faltan de su ejercicio.

Por contrapartida, es de suponerse que sus críticos tendrán la suya: promesas incumplidas, acciones polémicas –los conflictos con comerciantes y calandrieros, la inversión en el programa de “arte urbano”…—, o fallidas, definitivamente.

-III-

En lo que se realiza el balance definitivo, es probable que los habitantes de Guadalajara coincidan en que en todas las administraciones municipales de que se tiene memoria ha habido avances… pero también retrocesos. En algo ha ganado la ciudad –sería una necedad y una ingratitud negarlo— merced a los afanes de sus gobernantes… pero también ha tenido retrocesos significativos. El crecimiento desordenado –“incontrolable”, se dirá— y sus secuelas en materias como movilidad, contaminación, inseguridad y un largo etcétera, que han deteriorado la calidad de vida de sus habitantes.

Por supuesto, no es culpa directa de Alfaro ni de ninguno de sus antecesores, pero difícilmente habrá tapatíos que no suscriban que, en esa materia –con la venia de Jorge Manrique— “cualquiera tiempo pasado… fue mejor”.

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