Domingo, 27 de Septiembre 2020
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- Esperpentos

Por: Jaime García Elías

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Jardiel Poncela definió “estatua” (la cita es de memoria) como “una pieza escultórica que sirve para poner en ridículo a un hombre ilustre... y a un escultor”. “Arte urbano”, interpretado al más puro “estilo Jalisco”, quizá pudiera definirse, parafraseando al humorista español del siglo pasado, como “una serie de adefesios que demuestran la indigencia creativa de algunos escultores... y el mal gusto de las autoridades que les pagan por exhibirla”.

-II-

Alguien dirá que “sobre gustos no hay nada escrito”. Ya después se vería que con tratados relacionados con cánones estéticos, en todas las culturas, alusivas a las artes e incluso a las normas de urbanidad y buenos modales que la mayoría de los mortales ha aceptado como válidas e incorporado a sus hábitos, podrían llenarse unas cuantas bibliotecas...

Viene lo anterior a propósito de las piezas de “escultórica monumental” instaladas ya o próximas a instalarse en algunos espacios públicos del municipio de Zapopan, concretamente. En algunos casos, las piezas en cuestión serían donadas por sus propios autores y/o financiadas por mecenas (como se denominaba en el Renacimiento y épocas posteriores a los patrocinadores de artistas como Rafael, Leonardo, Mozart, Tchaikowsky y un largo etcétera) o por empresas privadas. En otros -el Gobierno del Estado y el Ayuntamiento de Guadalajara ya pusieron la muestra-, tanto el financiamiento como los cargos de conciencia (¡si la hubiera, por supuesto...!) correría por cuenta del erario.

-III-

Guadalajara (y anexas), en ese aspecto, es un muestrario viviente, un catálogo abigarrado de esperpentos (por definición, “persona o cosa notable por su fealdad o mala traza”). Las objeciones que ahora mismo se hacen a los accesos a las terminales de la nunca bien ponderada Línea 3 del Tren Eléctrico Urbano en la Plaza de Armas y el Jardín del Santuario, entre otras, se suman a las que merecieron, en su momento, los muros de la Línea 2 en el Parque de la Revolución, y la infinidad de mamotretos que las precedieron: desde el original Monumento a la Madre (“mucha piedra y poca madre”, decía la “vox populi”) a Los Arcos del Milenio, pasando por la “Fuente Olímpica” (“el pollo rostizado”), el águila de la Plaza de la Bandera (“El Zopilote Mojado”), las estatuas de Hidalgo en la Plaza de Armas, “La Hermana Drácula” que sustituyó a la fuente de La Hermana Agua en la Glorieta Chapalita, “La Inmolación de Quetzalcóatl (“El Rabito de Porky”) en la Plaza Tapatía, y la cabezota en el Paseo Alcalde.

¡Ufff...!

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