Viernes, 26 de Febrero 2021

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Por: Jaime García Elías

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En otros tiempos, las de monseñor Antonio González Sánchez, obispo de Ciudad Victoria, en la homilía de su más reciente misa dominical, hubieran sido palabras que, una de dos: o sus feligreses habrían escuchado con atención y llevado a la práctica (pedir a Dios, con la fe del leproso del evangelio que pide la salud, “que esto -la pandemia- ya se acabe”)… o el viento se habría llevado.

En los que corren, en cambio, entre la predisposición de algunos para retorcer o distorsionar la intención de ciertos mensajes, y la ingenuidad de otros, más el incontenible poder multiplicador de los medios, la consecuencia fue que la declaración de Don Antonio -“para mí, a nivel personal”, advirtió-, de que usar “el famoso cubrebocas es no confiar en Dios”, se interpretó como una condena eclesiástica, institucional, contra el adminículo que por recomendación expresa de las autoridades sanitarias y disposición normativa de las civiles, desde hace un año se ha vuelto de uso generalizado -incluyendo al Papa- en México y en todo el mundo…

-II-

Menos mal que, en el caso, la Conferencia del Episcopado Mexicano se apresuró a puntualizar que no va por ahí el criterio institucional de la Iglesia, y a calificar de “lamentable” la expresión episcopal que se volvió noticia; algo que no sucedió, por cierto, cuando otro “ilustre” prelado (“de cuyo nombre…”, etc.), hace unas semanas, recomendó mandar al diablo el cubrebocas y protegerse del COVID-19 ingiriendo té de hojas de guayabo (reconocido previamente por los expertos en herbolaria por sus virtudes terapéuticas y utilizado por las abuelas de antes como remedio, entre otras cosas, para la tos, la gripe, la diarrea y el estreñimiento).

-III-

Menos mal, también, que, en consonancia con las circunstancias y en concordancia con la posición que ha tomado desde hace un año, cuando acató la recomendación de omitir, precisamente por multitudinarias, las multitudinarias celebraciones de Semana Santa, procesiones, fiestas patronales y demás, la Iglesia también tomó medidas para velar por la salud de los feligreses… sin desatender su legítimo interés por mantener vivas las tradiciones heredadas de sus ancestros.

Fue el caso, por demás reciente, de los ritos del Miércoles de Ceniza, a los que se hicieron las adecuaciones pertinentes, consistentes en reducir al mínimo el contacto entre los celebrantes -a los que se instruye expresamente para que usen cubrebocas y mascarilla- y los fieles.

Moraleja de la historia: “A Dios rogando… y el cubrebocas usando”.

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