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Viernes, 15 de Diciembre 2017

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- Disparate

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Pretender que otorgar la amnistía a los grupos delincuenciales que han puesto a México y a los mexicanos en jaque en las últimas administraciones, como planteó en días pasados el candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, sería la solución radical, casi mágica, a uno de los problemas sociales más graves que confronta el país, suena tan razonable como querer aliviar la migraña… mediante la guillotina.

-II-

Es inexacto tildar la propuesta de López Obrador de “polémica”. Polémica significa controversial, discutible. Y en el caso, hasta donde alcanza a percibirse, hay consenso en que ofrecer la amnistía a las bandas delincuenciales que tanto daño y tanto dolor han causado al país y a sus habitantes, equivale a doblar las manos; a rendirse; a postrarse a sus pies.
Cuando la autoridad legítimamente constituida ofrece la amnistía, lo hace, vía de regla, en el contexto de un conflicto político. Una suerte de amnistía se aplicó como parte de los acuerdos de paz a que llegó el Gobierno colombiano con la guerrilla. La amnistía sería factible –deseable incluso– como corolario de la crisis que vivió España hace unas semanas, a raíz de la intentona independentista de Cataluña…

La autoridad, cuando amnistía, renuncia a ejercer su facultad de aplicar las penas previstas por la ley a cierto tipo de delincuentes. Éstos, a su vez, cuando aceptan acogerse a la amnistía, asumen una serie de compromisos; el primero y principal de ellos, deponer las conductas que los enemistaron con la sociedad… (o –como en el ejemplo de Cataluña– con la autoridad al menos).

En el caso, parecería ingenuo, por decir lo menos, presuponer que los delincuentes con los que López Obrador dice estar dispuesto a dialogar y a otorgar la amnistía –a partir del doble presupuesto de que gane la elección presidencial del año próximo, primero…, y de que siga pensando como lo hizo cuando planteó esa posibilidad, después–, estarían dispuestos a modificar las conductas que tan rentables les resultan, y a optar por los oficios y profesiones que la ley considera lícitas.

-III-

En efecto: no hay una solución simplista para un problema social tan grave.

En todo caso, la primera medida que el próximo Presidente de la República podría aplicar consistiría en romper los esquemas de complicidad que los capos de la delincuencia organizada tienen con las autoridades. Cuando se apliquen correctivos ejemplares a quienes, desde las esferas gubernamentales, se coluden con los delincuentes, otro gallo comenzará a cantar.

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