Domingo, 26 de Julio 2026

Dos mexicanos sobreviven a África y cambian para siempre

La competencia de “Supervivencia al desnudo: Conquista Mundial” llegará a su fin el 30 de julio. Antes del último episodio, Fernanda Pérez y Pablo Melin recuerdan una experiencia marcada por el hambre, el miedo y el desgaste emocional

Por: El Informador

Fernanda Pérez y Pablo Melín. Representaron a México en una competencia que los llevó a confrontar sus propios límites y a replantear lo que entendían por supervivencia. CORTESÍA

Fernanda Pérez y Pablo Melín. Representaron a México en una competencia que los llevó a confrontar sus propios límites y a replantear lo que entendían por supervivencia. CORTESÍA

Dormir sobre una piel en medio de la sabana. Beber agua del río. Caminar durante horas con un arco en busca de alimento. Escuchar hienas durante la noche y despertar rodeados por jirafas, cebras o rinocerontes. Después de varias semanas en las condiciones extremas de Sudáfrica, Fernanda Pérez y Pablo Melin regresaron con una conclusión que poco tiene que ver con la televisión: la supervivencia comienza mucho antes del cuerpo.

Para la bióloga marina sonorense y el participante originario de Durango, representantes de México de la nueva edición de “Supervivencia al desnudo: Conquista Mundial”, transmitido por Discovery y HBO Max, la diferencia entre avanzar o abandonar nunca dependió de la fuerza física. La competencia reunió por primera vez a sobrevivientes de distintos países en un mismo desafío internacional, pero el verdadero reto apareció cuando el hambre, el desgaste y la presión obligaron a controlar la mente antes que los músculos.

“Lo más importante es mantener la cabeza fría. Hay que saber dónde estás parado, reconocer qué puedes aportar y echar mano de todo lo que has aprendido”, explica Pablo Melin, en entrevista con EL INFORMADOR. “Yo soy una persona que, cuando llega una crisis, no entra en pánico. Prefiero mantener la calma y tomar decisiones con claridad. Cuando aparecen los problemas, hacer las cosas impulsivamente casi nunca ayuda”.

Fernanda comparte, a esta casa editorial, esa idea. Durante la competencia convivieron el desgaste físico, la falta de alimento y la presión de permanecer dentro del programa. A su juicio, los equipos que mejor dominaban las técnicas de supervivencia no siempre lograban avanzar cuando perdían el equilibrio emocional. “La parte psicológica y la gestión emocional son fundamentales. En nuestro caso se juntaban las condiciones de supervivencia primitiva, un déficit calórico muy fuerte y la presión de competir”, dice. “Los equipos técnicamente más fuertes empiezan a fallar cuando aparecen los conflictos personales o cuando pierden el control emocional. Creo que una de nuestras fortalezas fue conocernos muy bien y ayudarnos mutuamente a manejar esas crisis”.

Ese equilibrio se puso a prueba alrededor del día 25; Fernanda enfermó con fiebre y comenzó a sentir el desgaste acumulado de varias semanas sin una alimentación regular. “Ya no sólo aparece el cansancio físico. También llega el agotamiento emocional. Empiezas a preguntarte por qué sigues ahí. Entonces necesitas recordar cuál era tu objetivo desde el principio. Eso te ayuda a encontrar fuerzas para seguir adelante. Nosotros nunca fuimos un equipo que pensara en renunciar”, comparte.

Pablo enfrentó otra dificultad desde el comienzo de la aventura. Varias picaduras de garrapata le provocaron una infección que nunca apareció en pantalla, aunque asegura que tampoco modificó su forma de enfrentar la competencia. “Lo más difícil fue el hambre. Después de tantos días sin comer y viviendo completamente expuestos al ambiente, uno podría pensar que llega un momento de desesperación, pero en mi caso nunca ocurrió. Siempre traté de mantener la calma”.

Fernanda Pérez. La concursante de Sonora encontró en la experiencia una nueva forma de relacionarse con la naturaleza. CORTESÍA

Los límites de sí mismos

Las condiciones extremas también les permitieron descubrir capacidades físicas que desconocían. Melin recuerda la velocidad con la que cicatrizó una profunda herida sufrida el primer día, mientras que Fernanda encontró una resistencia que ni ella misma imaginaba. “Fuimos los últimos en salir porque nuestra balsa se atoró. Cuando finalmente comenzamos, los demás equipos ya iban muy adelantados. Aun así terminé siendo la primera mujer en completar el recorrido”, recuerda con orgullo. “Sabía que era fuerte, pero no imaginaba que pudiera remar a esa velocidad. Además, eso ocurrió alrededor del día veinte, cuando ya llevábamos muchas jornadas con muy poca comida”, explica.

Su formación como bióloga también adquirió otra dimensión durante la experiencia. Acostumbrada al trabajo científico, Fernanda descubrió que el contacto directo con la naturaleza ofrece aprendizajes imposibles de encontrar en un laboratorio. “La formación científica desarrolla mucho el pensamiento crítico y la observación, pero cuando sales a convivir con la naturaleza de una forma tan directa entiendes que todavía hay muchísimo por aprender. Eso hizo que admirara todavía más el conocimiento tradicional y el saber de los pueblos indígenas. Hay una riqueza enorme en esa experiencia que muchas veces la ciencia apenas comienza a comprender”.

Entre el hambre, las caminatas y las pruebas de eliminación también hubo espacio para el asombro. Ambos coinciden en que algunos de los recuerdos más intensos nacieron del contacto con una fauna que hasta entonces sólo conocían por documentales o zoológicos.

“Salir con el arco, caminar durante horas buscando animales y encontrarte de pronto con cebras, búfalos, ñus, rinocerontes o jirafas fue impresionante”, dice Fernanda. “Soy fan de ‘El Rey León’ desde que era niña. Poder encontrarme con esos animales en libertad fue como entrar a la película que veía una y otra vez cuando tenía ocho años. Más que cumplir un sueño de adulta, sentí que estaba cumpliendo un sueño de la niña que fui”, recuerda Fernanda.

Pablo Melin. El originario de Durango enfrentó el desafío con una estrategia basada en la calma y el control ante las dificultades. CORTESÍA

La vida al límite

Cabe señalar que para Pablo, las noches en la sabana también permanecen entre las imágenes que difícilmente olvidará. “Tener jirafas o rinocerontes a pocos metros cambia por completo la percepción que uno tiene de ellos. Las hienas, por ejemplo, siempre me parecieron animales feos, pero escucharlas durante la noche fue una experiencia increíble. Claro que daba miedo, pero al final entendías que estabas en África y que ese era el lugar de esos animales, no el nuestro”.

Por lo pronto, la competencia concluirá el próximo 30 de julio con la transmisión del episodio final. Sin embargo, para ambos participantes la experiencia ya dejó una transformación difícil de medir en pantalla.

“Vivimos rodeados de objetos y costumbres que creemos necesarias. Pensamos que no podemos dormir sin cierto colchón o cierta almohada, o que necesitamos muchas comodidades para disfrutar la vida. Cuando pasas varias semanas sobreviviendo, todo eso cambia. Tomar agua del río, conseguir tu propia comida, dormir bajo las estrellas en medio de la sabana termina siendo suficiente. Uno vuelve convertido en una persona mucho más agradecida. También recupera algo que normalmente pierde con los años: la capacidad de sentirse feliz con muy poco”, finaliza Fernanda.

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