La lápida se resquebrajó al primer golpe del cincel. En la piedra antigua aparecieron fisuras, y el grupo retrocedió, anticipándose a la hedentina de los muertos. Pero lo que brotó de la tumba fue un hálito glacial. Los muchachos empujaron la lápida partida con el peso de las manos, descubriendo una oscuridad que parecía anterior al tiempo, y se asomaron al abismo de la muerte.Se quedaron pasmados unos segundos ante la visión de la osamenta, con las manos entrelazadas sobre el regazo y cubierta con ropajes de hacía casi un siglo. El nombre en la lápida y la vestimenta indicaban que aquel puñado de huesos había sido, alguna vez, una mujer. Pero cuando vieron los dientes de oro en el cráneo carcomido por los años, la cruz de plata en el centro del pecho y los anillos en los dedos esqueléticos, dejó de importarles todo lo relacionado con el otro mundo.Al pequeño Sebas le temblequeaban las rodillas. Era la primera vez que “los grandes” lo llevaban a una excursión nocturna y la primera que veía un esqueleto. “No se me olvida nunca, la calaca”, recuerda hoy don Sebastián, medio siglo después. Tampoco olvida cómo sus acompañantes metieron las manos en la tumba, “como cangrejos”. El grupo lo formaban sus primos Francisco y Benjamín, y el Perico, su hermano mayor, quien, entre mentadas y risas nerviosas, se apresuró a arrancar los dientes de oro del cráneo. Sebas recuerda la facilidad con que lo hizo, como si desprendiera arrayanes de sus ramas. Él se quedó mirando. “Órale, no seas collón”, lo retó el Perico. Pero Sebas no se movió.“Me dio ñañaras nomás de imaginarme tocar la calaca, imagínate”, cuenta don Sebastián desde su casita en el barrio de Analco. “Además, sentí que estábamos haciendo algo malo. Éramos muy vagos”.Recién había cumplido catorce años. Su hermano y sus primos llevaban semanas saqueando tumbas olvidadas. Contaban sus aventuras con tanto entusiasmo y tantas versiones contradictorias que el Sebas le rogó al Perico que lo dejara formar parte de ellas. “Mi hermano casi no me pelaba”, recuerda don Sebastián. “Él andaba en su rollo. Mis papás lo regañaban mucho porque no me daba un buen ejemplo, pero yo lo quería mucho. Me acuerdo de que empezó a llegar a la casa con collares, joyas y cositas de oro. Yo le preguntaba: ‘¿Pues de dónde sacaste todo eso?’. Y me decía: ‘Me las robé’. ‘¿De dónde?’, le pregunté. ‘Pues del panteón’”.Para el Perico y sus primos, entrar a escondidas al antiguo y temible Panteón de Belén a medianoche, andar a tientas entre las tumbas de piedra, la bruma y el viento entre los guayabos, y perturbar el descanso de los muertos parecía una aventura irresistible. Don Sebastián ya no recuerda de quién surgió la idea. Una tarde, después de emborracharse —algo frecuente—, el Perico y sus primos decidieron llevarla a cabo, más por vagancia que por necesidad económica. Aunque al principio no se lo tomaron en serio, terminaron encontrando objetos valiosos entre los muertos.La única persona que nunca sucumbió a los encantos del Perico fue Carmen Aguilar. Era una joven pálida, de diecisiete años, huérfana de padre y de mirada severa. Vivía a la vuelta del Panteón de Belén, sobre Liceo y General Arteaga. Cuando supo lo del Perico, se abstuvo de denunciarlo a la policía por consideración a su amistad: habían crecido en el mismo barrio y ella había cuidado a Sebas cuando era niño. “Era una falta de respeto”, insiste doña Carmen, medio siglo después. “Nomás a él se le pudo haber ocurrido”.Originaria del barrio del Santuario, Carmen Aguilar había crecido entre las vecindades de la muerte: el Panteón de Belén y las instalaciones del Servicio Médico Forense quedaban a unos metros de su casa. Recuerda que, de niña, caminaba con sus amigas por la calle Belén, junto al edificio forense. La curiosidad las llevó a treparse unas sobre otras para asomarse al interior. A Carmen se le quedó grabada la visión de las hileras de cuerpos desnudos, pálidos como tripas de pescado, con los cabellos tiesos y los labios azules. Gritó de espanto y todas huyeron despavoridas.Una tarde, Carmen encontró al Perico bebiendo con sus amigos en la calle y le expresó su disgusto. Le reprochó la imprudencia de tocar objetos contaminados por los restos de los muertos, la falta de respeto hacia los difuntos y la cobardía de meterse con quienes ya no podían defenderse.“N’ombre, así me lo puse”, recuerda doña Carmen. “Le metí una regañiza ahí con todos sus amigotes. Andaban muy padre pisteando en la calle y me los aplaqué“.El Perico recibió la reprimenda sin contradecirla. Don Sebastián asegura que, desde entonces, no volvió a escuchar a su hermano hablar del oro, del Panteón de Belén ni de sus trasnoches impías. Poco después, en una tardeada de preparatoria, entre el baile y los jóvenes que descubrían el amor, el Perico se plantó frente a Carmen. Iba perfumado, con el pelo relamido y un ramo de flores. Pálido como los muertos, le confesó, frente a medio barrio, que la había querido desde siempre. A Carmen, la de la mirada severa, le falló la mirada. No lo había pensado de esa manera y, muerta de pena, le dijo cuánto lo quería, pero como amigo.El Perico no dijo nada. Le pidió que se quedara con las rosas y se retiró con la frente en alto. No volvió a hablar del asunto ni insistió. Tampoco dijo nada cuando, algunos años después, Carmen apareció en la casa tomada de la mano del pequeño Sebas, ya mayor de edad, para anunciarles a sus padres que iban a casarse, después de un noviazgo silencioso.“No era él el que me gustaba, era su hermano”, dice doña Carmen, sin culpas ni remordimientos, al recordar aquel drama. “Nomás faltaba que me diera uno de los anillos que se robó del panteón”.Don Sebastián permanece en silencio. Siguen juntos, en su patiecito entre bugambilias, en su casa de Analco.El Perico asistió a la boda y les deseó buena suerte, pero nunca volvieron a mencionar el tema. Las cosas parecían ir bien. Dejó de beber cuando supo que sería padre, se compró una moto y consiguió trabajo como repartidor en una empresa. Le había contado a su hermano que todavía conservaba el oro y que esperaba darle un buen uso.La vida no le dio tiempo. Una tarde fría de enero de 1998, cuando Guadalajara aún procesaba los recuerdos de su nevada histórica, el Perico circulaba por la Calzada Independencia cuando un camionero metió reversa sin advertir que tenía una motocicleta detrás. Murió al instante. Su hija nacería sin conocerlo. Lo enterraron en Mezquitán, en un nicho compartido con otros dos tíos. Sebas nunca encontró el oro.“Yo no sé qué habrá hecho con ese oro mi hermano”, dice don Sebastián. “Porque era oro viejo, era oro bueno. Me dijo que lo quería usar para irse a Estados Unidos o comprarse un departamentito, pero yo creo que lo despilfarró. Pudimos sacarle provecho, pero no hicimos nada. Una vez que la andaba pasando mal económicamente, hasta pensé en pedirle que me lo prestara. Ahora lo que me sorprende es que no le haya pasado nada a mi hermano. De jóvenes uno no piensa en las enfermedades, pero ahí andaba metiendo la mano en las tumbas, sin guantes, sin cubrebocas y sin nada”.Don Sebastián dice que desde entonces no ha regresado al Panteón de Belén y no tiene intención de hacerlo. Ya no es su barrio, ni sus vecinos, ni su época.“¿Ya para qué?”, dice. “Ahí dentro no hay nada. ¿Para qué quiero entrar? ¿Qué puedo ver que no conozca ya?”.Sebas, el Perico y sus primos habían crecido en los barrios de El Retiro y El Santuario. El Panteón de Belén formaba parte de sus vidas, aunque desde una lógica triste: de tanto verlo, había perdido su encanto. Aquel muro de piedra, testigo de una Guadalajara de la que quedaba poco, había alimentado sus pesadillas infantiles, cuando sus padres les advertían que, si no se portaban bien, los muertos vendrían a jalarles las patas.Guadalajara era otra. En 1979, la ciudad había recibido la visita del papa Juan Pablo II, que la recorrió desde Santa Cecilia hasta Zapopan. En 1980 se decretó la transformación del antiguo Hospicio Cabañas en instituto cultural, que abriría sus puertas como espacio dedicado a las artes en 1983. Las Fiestas de Octubre aún se celebraban en el Agua Azul, y la ciudad arrastraba una historia de violencia política y estudiantil, marcada por los enfrentamientos entre el Frente Estudiantil Revolucionario y la Federación de Estudiantes de Guadalajara, así como por la actividad clandestina de la Liga Comunista 23 de Septiembre.Construido en 1848 por encargo del obispo Diego de Aranda y Carpinteiro, el Panteón de Belén recibió originalmente el nombre de Panteón de Santa Paula. Su arquitecto fue Manuel Gómez Ibarra, responsable también de las actuales torres de la Catedral de Guadalajara y de la conclusión de la cúpula del Hospicio Cabañas. El recinto formó parte del antiguo conjunto hospitalario de Belén, cuya historia estaba estrechamente vinculada con la obra de Fray Antonio Alcalde. Durante décadas albergó el mausoleo de los Hombres Ilustres de Jalisco. Entre sus sepulturas estuvieron las de Enrique Díaz de León, primer rector de la Universidad de Guadalajara, y Ramón Corona, gobernador de Jalisco. Sus restos fueron trasladados posteriormente a la actual Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, junto a la Catedral. El panteón fue clausurado oficialmente como cementerio en 1896.A finales de los setenta, EL INFORMADOR reportaba el abandono del camposanto. “Escasos visitantes suelen acudir al Panteón de Belén”, se lee en la edición del 1 de diciembre de 1979. “Pese a que constituye uno de los centros arquitectónicos más importantes de Guadalajara, el Panteón de Belén capta muy reducida afluencia de visitantes, al grado de que hay días en que ni una sola persona por ahí se asoma. Casi la totalidad de los restos que ahí yacen corresponden a personas sepultadas el siglo pasado o la primera mitad de este (...) hace falta promover turísticamente este lugar como joya representativa que es”.La situación persistía en 1983, cuando el mismo periódico documentaba la escasa afluencia de visitantes. Ya se contemplaba la posibilidad de convertirlo en museo, iniciativa que no se concretaría sino hasta décadas después. El abandono y la escasa vigilancia facilitaron que, aquel verano, un grupo de jóvenes desquehacerados entrara a escondidas para abrir tumbas y buscar objetos valiosos entre los muertos.El Perico, de diecisiete años, era ingenioso y tenía una verborrea capaz de desorientar hasta a las piedras. Llevaba el pelo largo, al estilo de Rigo Tovar. La policía ya lo había detenido una vez por robar en casa de los vecinos, y era un constante dolor de cabeza para sus padres. Comenzó a presumir sus aventuras en el panteón, hasta que los rumores llegaron a su madre. Desconsolada, ella le advirtió que aquello era pecado y que el oro podía estar maldito o embrujado. Pero al Perico le gustaba que lo vieran y le aplaudieran. Mezclaba la profanación de tumbas con relatos de espanto; cuanto más descabellados, más fascinantes. Sus historias lo hicieron popular entre los muchachos del barrio.“Era bien dicharachero mi hermano, era puro borlote”, dice don Sebastián. “No es cierto que abriera tantas tumbas ni que se la pasara ahí todas las noches. Nada más fueron un par de veces. Y tuvo suerte de encontrar algo, porque tampoco te creas que había mucho. Nosotros no habíamos sido los primeros en hacer esas vagancias. Era un panteón con muchos años; para cuando llegamos, yo creo que ya estaba bien saqueado. Es que eran muertos muy viejos”.En la actualidad, el Panteón de Belén conserva su arquitectura funeraria del siglo XIX y funciona como un espacio dedicado a la historia de Guadalajara, sus personajes sepultados y las leyendas populares asociadas al lugar. Ofrece recorridos guiados diurnos y nocturnos, además de actividades culturales como conferencias y conciertos.El Sistema de Información Cultural de la Secretaría de Cultura federal registra el 1 de enero de 2010 como fecha de inauguración del Museo Panteón de Belén. El recinto es administrado por el Ayuntamiento de Guadalajara, a través de su dependencia municipal de Cultura. En febrero de 2026, Mayra Huerta encabezaba su dirección, con proyectos orientados a la recuperación documental del cementerio y a la preservación de la memoria de las mujeres sepultadas en él.