Martes, 23 de Junio 2026

Guadalajara se contagia de la Fiebre Amarilla

La afición colombiana convirtió el Estadio Guadalajara en una fiesta que contagió su pasión a miles de mexicanos durante el triunfo ante Congo

Por: Luis Ascanio

Entre cánticos, lluvia, emoción y un gol liberador, los seguidores cafeteros firmaron una noche de hermandad y futbol en Guadalajara. EL INFORMADOR/ J. ACOSTA.

Entre cánticos, lluvia, emoción y un gol liberador, los seguidores cafeteros firmaron una noche de hermandad y futbol en Guadalajara. EL INFORMADOR/ J. ACOSTA.

Este martes, la Perla Tapatía tuvo un extraño episodio de Fiebre Amarilla, una enfermedad originada en Colombia que vuelve loco por el futbol a todo un estadio y lo pinta de ese color por noventa minutos. Ese fue el caso en el partido contra el Congo, donde contagiaron a la afición mexicana.

La invasión cafetalera comenzó desde horas antes de que abrieran las puertas de la “Última Milla”; la afición no paraba de llegar por todos lados y no esperaron un segundo más de la hora para empezar su camino, en el que apenas escucharon un mariachi empezaron a cantar a todo pulmón junto a los mexicanos, que ya iban decantados a apoyar la unión latinoamericana.

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La Fiebre se mostró inmune a la lluvia que cayó por algunos minutos en la zona de El Bajío antes del partido, solo retrasó que la fiesta siguiera al aire libre afuera del estadio, mientras una parte de la gente se adelantaba al interior. Una vez detenida el agua, volvió a sonar la música que puso a bailar a la afición con el sabor latino.

El ruido se mudó poco a poco a las gradas que se pintaron de amarillo casi en su totalidad, mientras que al ritmo de los tambores que no dejaron de sonar, empezaron a sonar las porras cafetaleras cantando “¡Vamos, vamos Colombia, esta noche tenemos que ganar!” y haciendo retumbar el estadio como si fueran locales, en medio de decenas de banderas que colocaron en los barandales.

El himno colombiano, entonado con orgullo por los miles de cafetaleros erizó la piel de colombianos, mexicanos y congoleños y ratificó que no solo serían los once de la cancha cuando el volumen fue subiendo al ser presentada la alineación, desde Camilo Vargas hasta Luis Díaz y James Rodríguez.

Detrás de la banca de los Leopardos apareció Michel Kuka Mboladinga, el hombre que posa como la estatua de Patrice Lumumba -el primer Ministro congoleño- en Kinshasa durante los 90 minutos de los partidos de su país, como un homenaje a quien es considerado el padre de su patria.

A pesar del aire frío que llegó, la temperatura del recinto iba en aumento. Desde que rodó el balón cada pase, centro, tiro, robo o anticipación de los de amarillo desataban la pasión colombiana en la tribuna y era acompañada de varios “¡Dale, dale, dale Tricolor!” de cada rincón del estadio y las escasas y efímeras posesiones congoleñas venían cargadas de rechiflas, aunque en un par de ocasiones le cortaron la respiración a varios con sustos en la portería.

Durante el medio tiempo no paró el espectáculo en las butacas con un show de luces, pero también se hizo presente el amor cuando un aficionado colombiano pidió la mano de su novia y se comprometieron, rodeados de miles de testigos, empapados en medio de la lluvia que cayó en ese momento, viendo el deporte que levanta pasiones y ahora espera unir dos almas con la muestra de amor en Guadalajara.

El ímpetu y la garra con la que los sudamericanos siguieron atacando el área africana era correspondida por la afición que vitoreó la entrada de Juan Fernando Quintero, aunque lentamente, con el paso de los minutos, la tensión se hacía presente cada vez con menos voces que acompañaran los tambores hasta que, finalmente, lo que parecía un antídoto a la fiebre llamado Lionel Mpasi, no surtió efecto en la portería.

Cuando el balón tocó las redes, todos los vestidos de amarillo, acompañados de los mexicanos de verde, hicieron explotar el recinto, soltando al unísono el estruendoso grito de gol que había quedado guardado por más de una hora en las gargantas de casi todos los 45 mil 358 asistentes. El alma volvió al cuerpo y recuperaron la energía para saltar de la emoción y volver a subir los decibeles con fuertes “¡Ole, ole ole, ole, ole, olá, cada día te quiero más!” muy contagiosos entre la afición azteca también.

Con las llaves de la puerta en mano, la afición ya no dudó en meterse otra vez de lleno como estaba sucediendo en la cancha, donde dos goles más volvieron a sacudir el ambiente, pero esas mechas fueron apagadas de inmediato al ser anulados. La ventaja vino con una dosis de drama hacia el final, en el que la gente hizo su parte , sin volver a tocar el asiento para que no solo defendieran los que estaban en el terreno de juego y Camilo Vargas, el “de casa”, se llevó la ovación del respetable.

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El silbatazo final hizo rugir una vez más el Estadio Guadalajara con los festejos de una afición que vio el segundo triunfo de su equipo en el torneo. Pasados los 90 minutos, la Fiebre Amarilla se fue del inmueble habiendo contagiado a los mexicanos que, aunque ya no tendrán la enfermedad, deja de secuela el recuerdo de unos fanáticos entregados, firmando la hermandad entre los dos países dentro y fuera de la cancha.

SV

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