Lunes, 25 de Enero 2021

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Diego, el antihéroe

Maradona fue humano, demasiado humano. Y eso explica su grandeza
 

Por: Enrique Toussaint

El Diego siempre despertará simpatías y antipatías, como los genios que han marcado la historia del mundo, pero su legado es de gran humanismo. EL INFORMADOR/ARCHIVO

El Diego siempre despertará simpatías y antipatías, como los genios que han marcado la historia del mundo, pero su legado es de gran humanismo. EL INFORMADOR/ARCHIVO

Para entender lo que significó Diego Armando Maradona, hay que asomarse a la cobertura de su muerte en los medios audiovisuales argentinos. Lágrimas e incredulidad. “No puedo creer que no haya podido gambetear a la muerte, otra vez”, dijo un contrariado “Pollo” Vignolo. “Me niego a dar la noticia”, comentó un herido Daniel Arcucci. “Todos mis recuerdos de Diego son memorias felices”, sostuvo Jorge Valdano, antes de echarse a llorar. La muerte de Diego Maradona es lo más cercano a la partida de un mito, de un indestructible. Su corazón no aguantó más. Dijo: “basta”, recordando que es humano. Sin embargo, Diego había muerto antes. Paseaba como un mito vivo. Su vida era la pelota y ésa lo había abandonado hace muchos años. ¿Cómo se hace para vivir una vida llena de nada? Recordando la gran película argentina “El secreto de sus ojos”. Una producción magnífica que combina el amor, el futbol, la venganza, la política y el sentido de la vida.

El “10” se comió a Diego. El mito se devoró al humano. La muerte de Diego nos conmueve tanto por una sencilla razón: es humano, demasiado humano. Es nosotros. No es un ídolo de museo de cera.

No es un ídolo de sonrisa y simulación. No es Pelé con sus acuerdos comerciales y su explotación de imagen. Diego transformó el futbol para siempre. Se convirtió en la primera gran estrella global.

El avance de los medios de comunicación masiva facilitó la universalización del diez. Sin embargo, él se rebeló contra la función que el destino le tenía preparada. Prefería las mieles del endiosamiento popular que admitir ser la marioneta de los grandes intereses del capitalismo deportivo. No lo logró, pero decidió nunca dejar de luchar.

Diego dejó de pertenecerse. Caminar la ciudad de Nápoles o el barrio de La Boca en Buenos Aires es un homenaje a ese héroe imperfecto. En los noventa, los sacerdotes pedían por Maradona. Los callejones y plazoletas hermosos de la joya del Sur de Italia, esa ciudad ardientemente mediterránea, transpiran futbol y transpiran amor por ese tanque bajito. Diego y San Paolo -el estadio del Nápoles- son perfección. Maradona llegó en 1984 a un equipo que luchaba por no descender en el Calcio Italiano. “Quiero convertirme en ídolo de los pibes pobres de Nápoles. Es como Buenos Aires”, dijo recién aterrizado en esa hermosa ciudad, siempre vista con desprecio por los motores económicos del Norte (Milán y Torino).

Y Maradona no es ídolo. Es Dios en Nápoles. Corrijo, es la anti-deidad. Es un monumento al extravío humano. Es un monumento al triunfo, pero también a la derrota y al fracaso que nos hace humanos.

Diego fue drogadicto y maltratador. Nunca pudo vencer su debilidad que lo llevaba a drogarse como si no quisiera abrir de nuevo los ojos. Porque realmente nunca pudo superar el hecho de ser Maradona. Nadie podía estar con él. Lastimó a su familia y a muchísima gente. Y, sin embargo, el amor a Maradona es grandísimo. ¿Por qué?

Diego es, ante todo, un ídolo latino. Es caliente. Mucho más que un artista con el lazo de capitán -Los Cafres. dixit. Nadie se ponía el lazo como él. No tenía la elegancia de Francescoli o la irreverencia de Messi, pero era fuerte como toro. Imponía. Transmitía efusividad. Diego, en la cancha, nunca simuló. Nunca se tapaba la boca. No temía mostrarse dominado por la pasión. En un mundo esclavizado por la ecuanimidad y las estrategias mercadológicas para proteger la imagen de las estrellas deportivas, Maradona podía entregarse al suicidio deportivo en instantes. No importaba el mañana, sólo el momento. Salió del Barcelona, precisamente, por verse involucrado en una de las peleas -gresca- más sanguinaria de la historia del futbol. La final de la Copa del Rey contra el Athletic Club en 1984.

El antihéroe se dejaba fotografiar con los Castro, Evo Morales o Chávez. Más allá de filias y fobias, Diego tenía claras sus convicciones políticas. Era un hombre con profundo compromiso social.

Entendía lo que le dolía a su Argentina. Por eso Messi nunca podrá ser Maradona. Aunque el rosarino haya logrado tantos títulos y rompa tantas marcas. La estrella Messi está lejos de Buenos Aires o incluso Rosario. Diego es un populista. Es la encarnación nacional. El gol a los británicos con la mano. Cuatro años después de la Guerra por las Islas Malvinas que supuso el desmoronamiento de la junta militar. En un mundo sin guerras entre estados, afortunadamente, el futbol se convierte en un escenario de afirmación de las identidades nacionales. Argentina fue potencia por Diego. No lo era ni por su economía ni por su educación o por su cultura, pero sí porque Maradona los enseñó a creer.

La corrección política nos dicta que sólo pueden ser héroes aquellos que son infalibles. Un pensamiento moralino castrante. El futbolista ya no es simplemente aquél que maravilla al mundo con su técnica, sino un atleta impecable, sano y responsable, con familia bonita y bla bla bla. Byung Chul Han lo detalla ampliamente con su concepto de la sociedad del rendimiento. A diferencia de la sociedad de la disciplina y el castigo, el capitalismo contemporáneo se auxilia del rendimiento para comenzar una batalla contra la persona misma. La angustia, la depresión, las drogas son salidas falsas a esa batalla contra sí mismo. Maradona no logró gambetear y superar la carga que recaía sobre él.

Diego es inmortal. Cuando supe que había muerto, lo primero que pensé fue: por fin descansó. Por fin concluyó esa batalla interna que le hizo tanto mal. Es inmortal por esa silueta que se dibuja de espaldas y dueño de una zancada incomparable. Es inmortal porque nos demuestra que el futbol, a pesar de ser un negocio multimillonario, es humano. No se entiende sin el color, los cánticos, la pasión y el dolor. No se entiende sin sufrir y llorar. No se entiende sin fortaleza y debilidad. El futbol necesita antihéroes. La industria ha puesto a los futbolistas en una caja de cristal que les impide siquiera hablar de política, sociedad y de sus comunidades. ¡Usted dedíquese a patear el balón! El Diego siempre despertará simpatías y antipatías, como los genios que han marcado la historia del mundo, pero su legado es de gran humanismo. Como Maradona no habrá otro.

JL

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