Durante años, Ceci Patricia Flores escribió la desesperación. No como metáfora, sino como registro: páginas que nacieron de caminar el desierto, de escarbar la tierra, de aprender a nombrar lo innombrable.Hoy, esa palabra —desesperación— dejó de ser relato para convertirse en cierre.Esta semana, la Fiscalía de Sonora confirmó lo que ella ya sabía desde que vio la tierra removida: los restos encontrados en Hermosillo pertenecen a su hijo Marco Antonio, desaparecido en 2019. La noticia no llegó de golpe, sino como llegan estas cosas: primero la sospecha, luego el silencio, finalmente el ADN.Más de siete años de búsqueda. Más de dos mil quinientos días siguiendo pistas mínimas, recorriendo fosas clandestinas, aprendiendo a leer el desierto.Y al final, nada fue como debía ser.No hubo abrazo.No hubo cuerpo completo.“Ni mi hijo ni yo lo merecíamos”, dijo. El hallazgo ocurrió el 24 de marzo, cuando el colectivo Madres Buscadoras de Sonora —fundado por ella misma— encontró restos óseos y prendas cerca de la carretera 26. Desde ese momento, Ceci lo supo. La confirmación oficial sólo puso nombre a una certeza que ya le pesaba en las manos. La escena, que ella misma documentó, es difícil de esquivar: una madre sosteniendo huesos en medio del desierto. Una imagen que resume no solo su historia, sino la de un país.En 2024, Ceci Flores publicó “Madre buscadora: crónica de la desesperación”, un testimonio que fue reconocido como Libro del Año. Editado por Fondo Blanco Ediciones, el libro está disponible para su compra en Amazon.Ahí escribió lo que significa buscar a un hijo en México: aprender a cavar, distinguir restos humanos, negociar con el miedo, convivir con la ausencia sin dejar de moverse.Pero aquel libro no era un cierre. Era una historia abierta. Cada página estaba escrita en presente. Hoy, la realidad le impuso el capítulo más duro: encontrar. Pero no como se sueña. No con vida. No entero. No en paz. La paradoja es inevitable: la mujer que documentó la tragedia de los desaparecidos terminó escribiendo, en su propio cuerpo, el final que ninguna madre quiere narrar.Actualmente, Ceci Flores sigue buscando a otro de sus hijos, Alejandro Guadalupe, desaparecido en 2015. Y sigue acompañando a otras madres que, como ella, convirtieron el dolor en método y la ausencia en motor. Su colectivo ha recorrido cárceles, calles y desiertos. Ha encontrado a miles: algunos con vida, muchos no. Su caso vuelve a señalar una herida mayor: más de 130 mil personas desaparecidas en México y un sistema que, para demasiadas familias, llega tarde o no llega nunca.“Vámonos a casa, hijo”, dijo al encontrar los restos. Pero incluso ese regreso es incompleto. El duelo de las madres buscadoras no comienza con la confirmación de la muerte, sino mucho antes, en la incertidumbre diaria.Y a veces, ni siquiera termina cuando finalmente encuentran algo. Hoy queda la tierra abierta, queda la ausencia que por fin tiene forma… y queda un libro que ya no solo narra la desesperación: ahora también la confirma. JM