Domingo, 08 de Febrero 2026

“Castillo efímero”: la ciudad al desnudo

Una intervención urbana que convierte el desecho en lenguaje y expone, desde la calle, las fisuras sociales que Guadalajara prefiere no mirar

Por: Fausto Salcedo

Las estructuras de cartón alteran el paisaje cotidiano y obligan a mirar de nuevo un espacio que suele pasar inadvertido. CORTESÍA

Las estructuras de cartón alteran el paisaje cotidiano y obligan a mirar de nuevo un espacio que suele pasar inadvertido. CORTESÍA

A lo largo del camellón de avenida Chapultepec, donde la ciudad suele pasar de largo entre tráfico, bares, clases de baile improvisadas y el ruido constante de la vida nocturna, algo interrumpe la rutina visual. No se trata de un anuncio nuevo ni de una obra pública recién inaugurada. Tampoco es un mural ni una escultura. Son castillos de cartón. Grandes, frágiles, deliberadamente precarios.

Ahí se despliega “Castillo efímero”, intervención urbana del artista tapatío Juan Carlos Guerrerosantos, un proyecto que descoloca porque no se deja clasificar con facilidad. No es una exposición, ni una instalación como se acostumbra. La propia obra parece rechazar cualquier definición cerrada. Más que responder, lanza preguntas. Y lo hace desde el espacio público, ese territorio donde la ciudad se muestra tal cual es y donde el arte, cuando aparece, deja de ser neutro.

Las estructuras —mamparas forradas con cartón, cinta canela, etiquetas de “frágil”, impresiones gráficas y frases que remiten tanto al meme como al slogan publicitario— funcionan como una especie de anti-monumento. Exhiben la precariedad como lenguaje y convierten el desecho en signo. Guerrerosantos lo plantea como una reapropiación crítica de un mobiliario urbano que normalmente nadie mira: esos mini espectaculares anodinos, diseñados para comunicar poco y mal, que pueblan la ciudad sin provocar pensamiento alguno.

“Cuando me dijeron que no podía pintar ni intervenir directamente las estructuras porque eran propiedad del gobierno, entendí que tenía que buscar otra salida”, explica el artista, en entrevista con EL INFORMADOR. “Entonces pensé: si no puedo tocar la superficie oficial, la cubro. El cartón es mío, la intervención es mía. Es como una cachetada con guante blanco”. La decisión no es menor: al forrar las mamparas, Guerrerosantos crea una piel nueva, provisional, que transforma el soporte sin destruirlo, pero también lo vuelve irreconocible.

La elección del cartón no es accidental. Es un material asociado a lo efímero, a lo desechable, a la calle. “Es la materialidad de la calle para la calle”, dice. “Sabía que se iba a maltratar, que la gente iba a intervenirlo, que lo iban a rayar, arrancar, pegarle cosas. Y eso no solo lo acepté desde el principio, era parte de la intención”. En ese sentido, el castillo de lo efímero no busca conservarse intacto. Se ofrece como un playground simbólico para una ciudad fracturada, invitando a la participación, al desgaste, incluso a la destrucción.

El desgaste, las marcas y las apropiaciones del público forman parte del sentido mismo de la pieza. CORTESÍA

El arte como crítica de la realidad social

El contexto, según Guerrerosantos, no podría ser más elocuente: a pocos meses del Mundial, Guadalajara se encuentra en un proceso acelerado de maquillaje urbano. En ese paisaje, los castillos de cartón se camuflan, casi irónicamente, con las obras del camellón. “Al principio pensé que se iban a confundir con la remodelación”, admite Guerrerosantos. “Y eso me pareció perfecto. Es como si el absurdo se integrara al absurdo”.

La obra dialoga de manera frontal con los temas incómodos de la ciudad: la gentrificación, el despojo, la desigualdad, la población en situación de calle, el robo de autopartes, el abuso policiaco, las desapariciones. Todo aquello que existe, pero que rara vez se nombra desde el discurso institucional. En uno de los carteles se lee: “Coolest neighborhood in the world”, acompañado de un personaje que parece no entender nada. En otro: “¿Quién se robó mis Hot Wheels?”. Hay referencias a memes, a caricaturas, a frases que parecen triviales, pero que esconden una crítica punzante.

“Guadalajara es súper dual”, reflexiona el artista. “Es una ciudad hipócrita consigo misma. Por un lado, se asume global, abierta, progresista, y por otro sigue siendo profundamente conservadora, mocha, violenta. Vivimos en ese dilema constante. La queremos y la odiamos al mismo tiempo”. Esa relación amor-odio atraviesa toda la intervención. No hay una denuncia solemne ni un tono moralizante. Hay ironía, humor corrosivo, juego visual. Pero también hay cansancio.

La intervención se integra a la dinámica urbana: peatones, comercio informal y actividades espontáneas conviven con la obra. CORTESÍA

La reacción del público ha sido tan diversa como reveladora. Una niña los comparó con castillos de Disney. Un hombre le dijo por teléfono a su esposa: “Aquí están forrando todo de cartón”. Un recolector calculó cuánto podría valer ese material por kilo. Aparecieron rayones, stickers, carteles publicitarios encima de la obra. Alguien arrancó la dedicatoria a “las y los creativos privados de crear”, frase que Guerrerosantos había colocado como gesto político en un espacio marcado también por la memoria de los desaparecidos.

“Eso fue muy extraño”, confiesa. “Pero también entendí que el espacio ya no era mío. Que la calle estaba haciendo lo suyo”. Esa apropiación colectiva —a veces violenta, a veces lúdica— es parte central del proyecto. Alrededor de los castillos hay clases de salsa, tianguis improvisados, vendedores de tequila. El arte no está aislado: convive, estorba, se mezcla.

“Yo tengo el respaldo de la calle”, afirma el artista. “La trascendencia la va a dictar la gente”. Y quizás ahí reside la fuerza del proyecto: en su renuncia a la permanencia, en su aceptación del desgaste, en su voluntad de desaparecer. Como los castillos de cartón, la obra sabe que no está hecha para durar, sino para interrumpir.

Hasta el 28 de febrero, “Castillo efímero” seguirá ahí, expuesto a la intemperie y al juicio cotidiano. No pide contemplación silenciosa ni respeto museográfico. Invita a caminar, a leer, a intervenir, a pensar. A reconocer que, en una ciudad hecha de promesas y simulaciones, todo —incluido el progreso— puede ser tan frágil como el cartón.

Tapatío

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