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Sábado, 22 de Septiembre 2018

La poesía y el humor, dos necesidades básicas

Fernando Rivera Calderón presenta hoy, en el Salón Juan José Arreola, el libro “Llegamos tarde a todo”

Por: El Informador

Locutor, músico, comunicador, guionista y escritor, Fernando Rivera Calderón publica su primer libro de poesía. Ilustrado por Alejandro Magallanes y publicado por Almadía, “Llegamos tarde a todo” se presenta hoy en la FIL.

Fernando retrata un sentimiento desazón, entre el fin de una época y la incertidumbre cotidiana. Sobre este sentimiento, particularmente en un México violento y en un mundo acosado por el cambio climático, el autor platicó en entrevista: “Ese sentimiento lo tenemos muy presente, más después del terremoto que nos sacudió cabalísticamente el 19 de septiembre. También es un sentimiento generacional. Es una inquietud, una impresión de haber llegado a las cosas. De que llegamos tarde al mundo, que llegamos en un momento donde ya se había repartido todo, que ya no quedaba mucho por hacer, incluso en términos creativos, literarios”.

Los textos juguetones de Rivera Calderón proponen un momento de diversión con la poesía cotidiana como eje medular, con objetos retratados desde la portada (donde resaltan los relojes). De ello, agregó: “Es una reflexión sobre el tiempo que vivimos. Llegar tarde a todo es siempre una impresión, porque en realidad uno siempre llega a tiempo: no hay manera de llegar tarde, al final. Me gustó jugar con esa idea, porque combina con mi tardía llegada a la poesía. Empecé a escribir cuando era un adolescente”.

Trabajo en conjunto

La poesía de Fernando no es para nada solemne, al contrario, es cercana a su frecuente buen humor que transmite lo mismo en un programa de radio que en una canción. De ello platicó: “De entrada, para mí la poesía es un acto lúdico. Yo juego con las palabras así como Alejandro Magallanes juega con las imágenes. Desde hace años tenemos una amistad cósmica, una gran empatía”.

El artista Alejandro Magallanes publicó con el autor el libro “Diccionario del caos”. De esa experiencia, Fernando comentó: “Desde la primera vez que trabajamos juntos fue realmente sorprendente para mí. Sobre todo porque fue una correspondencia a una empatía que se dio desde que nos conocimos. Nos enamoramos de la manera de trabajar de cada uno”.

La dinámica de trabajo no es colaborar físicamente juntos: “Nada más nos juntamos para tomar mezcal”, bromeó el escritor. El método es el envío de propuestas: “Yo le presto mis textos y el los ilustra, con toda la confianza. Dialoga con los textos de una manera increíble. Ese diálogo convierte al libro en un objeto literario, es un diálogo que incluye al lector. No es solo entre las imágenes y el texto, pero está siempre el tercero en ese ménage à trois literario”.

Un disco sin música

La precisión en la escritura de versos es una inquietud que le viene a Fernando por su faceta como músico. Esa preocupación por la musicalidad está presente también en sus lecturas: “Yo tengo una especie de sinestesia: cuando leo escucho un sonido, una melodía en cada palabra. Lo hice durante mucho tiempo como un ejercicio lúdico y político: hacer canciones al vuelo sobre lo que iba pasando.  Cuando quiero hablar de temas que me incumben más, más profundos para mí, esa musicalidad también aparece en las palabras. Este libro es como un disco sin música, pero que su música se activa cuando lo leen. Traté de poner ritmo, melodía y armonía en un contexto que habitualmente, en teoría, no lo lleva: la palabra escrita. El lector le da ‘play’, a mí me pasa cuando leo los poemas de Octavio Paz, de (Jaime) Sabines”.

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