Jueves, 04 de Junio 2020

La contingencia a través de la mirada de Liliana Blum

La autora duranguense narra sus días de cuarentena con su característica destreza literaria; detalla que cada jornada parecieran espejismos de los días anteriores al aislamiento

Por: El Informador

Liliana Blum estudió Literatura Comparada en la Universidad de Kansas y en 2005 ganó The Million Writers Award. EL INFORMADOR/Archivo

Liliana Blum estudió Literatura Comparada en la Universidad de Kansas y en 2005 ganó The Million Writers Award. EL INFORMADOR/Archivo

En lo que al COVID-19 se refiere, me adelanté a las medidas tomadas en mi Estado, Durango, y en el país. Con dos hijos y cuatro perras que dependen de mí, y los libros que aún no he podido escribir, la idea de tomármelo a la ligera, mi vida de por medio, no me apetecía demasiado. Resulta que estoy lejos de ser una jovencita y además estoy dentro de la población vulnerable. Sufro de alergias invernales y hay malos inviernos en los que éstas se combinan con una gripa que me puede durar hasta tres semanas. No suelo enfermarme con frecuencia de las vías respiratorias, pero cuando lo hago, mi recuperación es muy lenta ya que sufro de una condición en los bronquios debido a una neumonía que tuve a los pocos días de nacida y casi me manda al otro mundo. Incluso me aplicaron los santos óleos. Este año no fue distinto a otros: desde principios de febrero comencé con una gripa muy fuerte y tos sin fiebre. Para finales de ese mismo mes no estaba curada del todo, aunque iba mejorando. 

Había estado atenta a las noticias sobre el COVID-19 desde enero, y para los primeros tres días de marzo ya tenía claro que no quería arriesgarme, así que cancelé varios compromisos literarios: dos ferias de libro, un taller, y la promoción en CDMX de mi último libro de cuentos, “Tristeza de los cítricos”. Tenía dudas acerca de la FIL Bogotá, a finales de abril, que se veía aún en la lejanía. A ese punto albergaba la esperanza de que tal vez para entonces todo habría pasado. Las personas a las que les cancelé dijeron entender, pero me quedé con la idea de que no estaban muy contentas con mi decisión. Dos semanas después de mi iniciativa, las ferias en sí tuvieron que cancelar también. Los organizadores de la FilBo me informaron con pena que la feria se posponía hasta nuevo aviso. Así que mi reclusión fue por fin avalada de manera oficial. 

Además del miedo al contagio, a las muertes que ya nos rodean y a la debacle económica que se avecina, así como las preocupaciones por la familia (mi hijo en otro país; mi madre renuente a dejar varias de sus actividades), mi vida diaria sigue siendo más o menos la misma y sé que es un gran privilegio. Todos los días me levanto a pasear a mis cuatro perras: vivo en la orilla de la ciudad cerca de terrenos grandes, cerca de algunas rancherías. Nos cruzamos con rebaños de vacas o caballos que salen a pastar; mis perras persiguen liebres, cuervos, e incluso uno que otro coyote de temporada. Regreso a casa a alimentarlas y también a mi hija adolescente, que desde hace dos semanas está en casa trabajando mucho: su escuela se adelantó dos semanas al mandato de la SEP de cancelar clases presenciales. Y mientras ella reparte su tiempo entre tareas, trabajos, ayudarme con el quehacer y limpieza de la casa, y hacer videollamadas con su novio, yo hago mi trabajo freelance, leo por placer, e intento concentrarme en escribir el proyecto en el que trabajo actualmente. 

Cuando llega la hora me pongo a hacer la comida y comemos viendo una película o serie de terror. Después volvemos al trabajo, o al menos yo. Cerca de la hora de merendar, me pongo a lavar trastes, sacar la basura, revisar correos, hacer una lista de las cosas que tengo que hacer al día siguiente, etc. Desde luego, a lo largo de todo el día pierdo tiempo en las redes sociales, pero sobre todo leyendo noticias sobre la pandemia, sin dar crédito al comportamiento del Presidente y su gabinete. 

Hago el súper una vez a la semana y también visito a mi mamá, con todas las precauciones posibles, un día a la semana para ver cómo está y ver si algo se le ofrece. A veces platico con amigos o amigas de cualquier otra cosa menos de aquello que nos aterra; a veces hablo con mi exmarido, gran amigo, que siempre ha sabido poner las cosas en perspectiva y darme buenos consejos. A veces platico con mi editor en España y nos aseguramos de que estamos bien. También trabajo con mi editora mexicana en los últimos detalles de mi nueva y próxima novela. 

Son tantas las veces en que me siento frente a mi computadora e intento concentrarme en escribir, pero termino mirando afuera por la ventana, mientras me hago trizas los dedos, sangrantes por la ansiedad, pensando en lo que está por venir. Reviso el grupo de WhatsApp de los vecinos que pelean por cualquier estupidez posible: perros que ladran a deshoras, construcciones que dejan tierra que va a caer sobre un vehículo recién lavado, visitantes que se estacionan en lugares incorrectos, niños que dejan la bicicleta sobre la banqueta, vecinos que manejan muy rápido, gatos que andan sueltos. Me maravilla que puedan invertir su tiempo y energía en pelearse unos con otros y a mandarse indirectas, sin pensar en nada más. 

Hay días en los que la vida se palpa con una normalidad aparente, un espejismo que se rompe al mirar las noticias internacionales: en nuestro país los relativamente pocos contagios, las muertes, están clasificadas bajo otro nombre, o ¿por qué mágica razón el virus iba a comportarse de manera diferente apenas entrara a nuestro país? Si no hay pruebas, no hay casos; y si el Presidente dice que podemos seguir saliendo como si nada, entonces debe ser cierto, ¿no? Al tiempo, mucha gente no cree en el COVID-19 como si de una deidad se tratara, o como si fuese una elección voluntaria. Veo noticias de la playa de Mazatlán abarrotada; una amiga en Acapulco me cuenta que allá está igual. El aeropuerto de Cancún y de Los Cabos rebozantes de turistas que aprovechan las ofertas de las aerolíneas. Luego están los conocidos que hace días mostraron orgullosos sus fotos en el ViveLatino. 

Me agobia la angustia de lo que está por venir. Es como andar dando brincos y piruetas sobre un campo minado sin saberlo. Así que estoy en casa, llevando una vida que se parece mucho a mi vida normal, pero avanzo poco en el trabajo, como mucho, y duermo poco de tanto pensar.

Por Liliana Blum

Sinopsis

La más reciente publicación de Liliana Blum, titulada “Todas hemos perdido algo”, reúne los libros de cuentos “No me pases de largo” (2013) y “El libro perdido de Heinrich Böll” (2008), así como la novela breve “Residuos de espanto” (2008). Las mujeres que los protagonizan son sobrevivientes, personajes que han tenido que afrontar el abandono, la condición que les fue impuesta, los sueños rotos y el pasado como una herencia que no se ha pedido, pero se lleva a cuestas. Con un estilo sórdido y como solo en la literatura es posible, la autora revela un descarnado retrato de la feminidad tocada por la soledad en sus diferentes aristas.

Sobre la autora

La narradora Liliana Blum nació en Durango, Durango, en 1974. Estudió Literatura Comparada en la Universidad de Kansas, y la maestría en Educación con especialidad en Humanidades, en el ITESM.  Sus letras han sido bastante reconocidas a dentro y fuera de las fronteras mexicanas. Uno de sus cuentos ganó The Million Writers Award como una de las mejores historias publicadas durante 2005 en internet, en inglés, y también fue seleccionado para la antología de PulpBits.  Igualmente, obtuvo mención honorífica en el Segundo Concurso de El Crimen como una de las Bellas Artes, convocado por el Estado de Coahuila. Entre otros galardones. Fue becaria del Foeca-Tamaulipas, Jóvenes Creadores 2001 y Creación Artística 2005, así como del Fonca, en la disciplina de Cuento, en 2004.

Su bibliografía 

• “Pandora” (2015). 

• “El monstruo pentápodo” (2017).

• “Tristeza de los cítricos” (2019).

• “Yo sé cuando expira la leche” (2011).

• “The Curse of Eve and Other Stories” (2008).

• “Vidas de catálogo” (2007).

• “¿En qué se nos fue la mañana?” (2007). 

• “La maldición de Eva” (2002).

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