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La última vuelta de Selva Mágica

El parque que durante casi cuatro décadas hizo gritar, reír y desafiar el miedo a varias generaciones de tapatíos llegó al final de su historia

Durante años hubo una silueta que podía reconocerse desde distintos puntos del norte de Guadalajara. Una rueda de la fortuna sobresalía entre los árboles de Huentitán y anunciaba, incluso antes de llegar al Paseo del Zoológico, que Selva Mágica estaba cerca.

En su momento fue considerada la rueda de la fortuna más alta de América Latina. Debajo de ella estaban las montañas rusas, los juegos infantiles, los recorridos acuáticos y decenas de atracciones que durante 38 años acompañaron cumpleaños, excursiones escolares, vacaciones de verano, tardes románticas y domingos familiares.

Para varias generaciones de tapatíos, visitar Selva Mágica era parte de crecer.

La historia comenzó en 1988, prácticamente a la par del Zoológico Guadalajara. Los empresarios relacionados con este último buscaron desarrollar a su lado un parque de diversiones que ampliara la oferta recreativa de la ciudad y se convirtiera en uno de los principales espacios de entretenimiento del Occidente del país.

El Zoológico abrió sus puertas en marzo de aquel año. Selva Mágica necesitó unas semanas más para estar lista y finalmente recibió a sus primeros visitantes el 21 de mayo de 1988.

Aquel parque era mucho más pequeño que el que conocerían las generaciones posteriores: comenzó con unas 4.5 hectáreas y una oferta dirigida principalmente al público infantil y familiar. Con el tiempo creció hasta ocupar alrededor de nueve hectáreas y llegó a reunir más de 30 atracciones.

Pero las dimensiones nunca fueron lo más importante. Lo que hizo grande a Selva Mágica fueron las historias que sucedían dentro.

El valor de vencer el miedo

Si hubo una atracción que terminó convertida en sinónimo del parque fue El Titán. La montaña rusa tenía un recorrido de alrededor de 800 metros que podía completarse en aproximadamente un minuto. Lo suficiente para concentrar curvas, descensos, velocidad y una buena dosis de arrepentimiento entre quienes, mientras hacían fila, todavía se preguntaban si había sido buena idea subir.

El ritual se repetía una y otra vez: mirar pasar los carros, esperar el turno, intentar aparentar valentía y, finalmente, enfrentarse al ascenso y la caída entre gritos.

Los Troncos pertenecían a otra clase de recuerdo. El recorrido acuático terminaba en un descenso que casi siempre significaba un chapuzón. La consecuencia era conocida: ropa mojada y una larga espera para secarse antes de continuar con el resto de la visita.

Con los años llegaron experiencias más intensas. G-Force apostaba por la sensación de caída libre; Bullet lanzaba a sus pasajeros a gran velocidad; Bat Flyer combinaba movimientos pendulares y giros, mientras la pista de Fórmula 1 permitía cambiar los juegos mecánicos por carreras de karting.

También estaba la Nao de China, capaz de poner a sus visitantes de cabeza a varios metros de altura. Pero Selva Mágica no necesitaba provocar vértigo para convertirse en parte de la infancia.

EL INFORMADOR/Archivo

Alicia y la llegada de los monstruos

Para los niños pequeños, el parque ofrecía Plaza Sésamo con juegos como las Burbujas de Enrique, el Carrusel Vaquero y el Laberinto de Óscar. Pero la atracción más memorable era Alicia: una mujer gigante, rubia y acostada. Los visitantes caminaban por dentro de su cuerpo para aprender sobre la anatomía humana. El viaje iba desde la boca y el cerebro hasta los intestinos. Lo más impactante era llegar a la matriz, donde se veía a un bebé girando, revelando que Alicia estaba embarazada. El recorrido terminaba saliendo por sus pies. Hoy en día, esta mezcla de educación y espectáculo parece extraña, pero para muchos niños de Guadalajara fue su primera lección de biología y una experiencia inolvidable.

Con los años, los niños que alguna vez entraron al cuerpo de Alicia crecieron. El parque también tuvo que cambiar. Fue así que Selva Mágica incorporó nuevas atracciones y experiencias para atraer nuevamente a quienes ya conocían sus instalaciones. Una de las transformaciones más recordadas ocurría cada otoño, cuando el parque familiar cambiaba de personalidad y se llenaba de monstruos.

En octubre de 2014, Selva Mágica presentó una de sus temporadas de terror más recordadas: la Zona del Terror. Muertos vivientes, personajes siniestros y escenarios de horror aparecían a lo largo del recorrido.

La Mansión del Terror reunía 14 escenarios con ataúdes y personajes encargados de sorprender a los visitantes. También había un área de gotcha en la que los participantes podían enfrentarse a hordas de zombis dentro de un escenario inspirado en un apocalipsis.

Años después, la temporada de otoño continuó bajo otros conceptos. En 2019, “La Maldita Catrina” convirtió las noches de octubre y noviembre en una fiesta en la que miles de personas llegaban disfrazadas mientras las atracciones continuaban funcionando.

Incluso, los juegos clásicos comenzaron a incorporar nuevas tecnologías. El Titán tuvo una experiencia de realidad virtual y el parque experimentó con una atracción dedicada a la historia de México en la que Cantinflas acompañaba virtualmente a los visitantes.

Diversión para varias generaciones

Durante su trayectoria, Selva Mágica recibió a más de 25 millones de personas. La cifra ayuda a dimensionar su presencia en Guadalajara, pero difícilmente explica lo que significó. Detrás de esos millones estaban las excursiones escolares, las fotografías familiares, los cumpleaños, las filas bajo el sol, las hamburguesas con papas y refresco, las primeras citas y aquella negociación interna que ocurría frente a cada juego: subir o no subir.

También cambiaron las empresas responsables de su operación. Para 2019, el parque pertenecía a Ventura Entertainment, que lo identificaba como el único espacio de su portafolio construido desde cero. Posteriormente quedó bajo The Dolphin Company.

Las administraciones cambiaron y las atracciones fueron reemplazadas, pero el nombre permaneció en el mismo lugar durante casi cuatro décadas. Hasta 2026.

Tras el cierre definitivo de Selva Mágica el 1 de septiembre de 2026, el Zoológico Guadalajara recuperó el control del predio en Huentitán El Bajo, concluyendo 38 años de operaciones del parque.

Cabe señalar que el terreno pertenece al Ayuntamiento de Guadalajara y estaba entregado en comodato al zoológico. La empresa SECOEN S.A. de C.V. (The Dolphin Company) lo operaba mediante arrendamiento, pero ante su cese de operaciones, la posesión regresó a la institución biológica.

El Consejo Directivo confirmó que el predio mantendrá su vocación recreativa, educativa y familiar, descartando desarrollos inmobiliarios. Se realizarán estudios para definir un proyecto enfocado en la naturaleza. 

Los juegos mecánicos y activos pertenecen a la empresa saliente y serán retirados por ella, mientras el zoológico opera con normalidad.

Lo que se queda cuando un parque desaparece

Los cambios también significaron despedidas. Alicia dejó de estar. La Choza del Tío Chuy quedó como recuerdo de otra etapa. Algunas atracciones fueron sustituidas y otras desaparecieron por completo.

En 2019, Francisco Emmanuel Gálvez, entonces responsable de promociones, alianzas y relaciones públicas de Selva Mágica, reconocía que Alicia todavía provocaba nostalgia entre los visitantes, aunque también señalaba la necesidad de renovar la oferta para quienes ya habían recorrido varias veces el parque.

Esa tensión entre nostalgia y renovación acompañó buena parte de la historia de Selva Mágica.

Porque un parque de diversiones necesita cambiar para mantenerse vigente, pero cada cambio significa también que alguien está perdiendo el lugar donde vivió un recuerdo.

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