La guardiana del náhuatl en la era de la IA
Desde una comunidad de Hidalgo hasta un proyecto global de Google, Gabriela Salas trabaja para que las lenguas indígenas tengan futuro en el mundo digital
En Chapulhuacán, Hidalgo, el náhuatl se ha ido apagando con los años. La lengua que durante generaciones nombró el mundo, el cuerpo, el tiempo y la naturaleza, hoy sobrevive en pocas voces. Entre ellas, la de Gabriela Salas Cabrera y la de su madre. De niña, Gabriela creció escuchando palabras y expresiones que formaban parte de una memoria colectiva que empezaba a fracturarse. Esa cercanía íntima con la lengua, esa conciencia temprana de su fragilidad sembró en ella una pregunta que con el tiempo se volvió misión: ¿Cómo preservar una lengua cuando el mundo que la sostiene se transforma?
“Las lenguas son maneras únicas e irrepetibles de entender el mundo. Cuando se pierde una lengua, se pierde una forma de amar, de nombrar, de comprender la vida”, dice Salas, en entrevista con EL INFORMADOR. “No siempre entendemos el universo que se pierde cuando desaparece una lengua”.
Su primer sueño no fue la tecnología, sino la partería. Quería acompañar nacimientos, cuidar cuerpos, sostener la vida. Pero el camino la llevó hacia otro tipo de cuidado: el de las palabras, el de los sistemas que permiten que una lengua siga respirando en el futuro. Su experiencia no fue la de puertas abiertas, sino la de insistir cuando no había oportunidades, la de tocar espacios donde las lenguas originarias eran vistas como datos menores o folclóricos, no como sistemas vivos de conocimiento. La ciencia y la inteligencia artificial (IA) se convirtieron, para ella, en herramientas de resguardo cultural.
“Yo apenas puedo decir que mi lengua, como muchas lenguas indígenas, está entrando al mundo digital. Pero no todos lo viven igual. Es un camino muy tedioso porque, como dicen en mi pueblo, nadie le ha escarbado más que uno mismo. Al principio te dicen que te van a abrir las puertas, pero no te las abren. No había oportunidades”.
Ese escarbar significó estudiar, trabajar, insistir. Gabriela inició su formación en Ingeniería en Tecnologías de la Información en la Universidad Tecnológica de Tula-Tepeji, cursó una maestría en Inteligencia Artificial, comenzó la licenciatura en Matemáticas en la UNADM y más tarde llegó a la Universidad Politécnica de Madrid para especializarse en Ciencia de Datos. Pero su trayectoria no fue la de los laboratorios lujosos ni la de las oficinas con servidores infinitos.
“Todos piensan que uno viene de Silicon Valley, que trabajas rodeada de servidores, en oficinas enormes. Yo trabajé en el piso de mi cuarto, sentada, con dos perritos al lado. Trabajé en Pachuca, en el kiosco de mi pueblo. Vendí pan, trabajé en limpieza para pagar mis estudios. No vengo de una familia adinerada ni de las mejores escuelas del mundo. Vengo de una escuela muy pequeña. Eso te da hambre de conocimiento y te enseña que no hay que rendirse”.
Una mexicana haciendo historia
En 2024, esa constancia la llevó a un punto histórico. Fue seleccionada para integrarse a un proyecto internacional de Google destinado a incorporar lenguas originarias a su sistema de traducción. Gabriela fue la única mexicana en el equipo. Esto la colocó en un punto clave: demostrar que las lenguas indígenas también pueden ser parte de los grandes modelos de inteligencia artificial, que también merecen ser aprendidas por las redes neuronales, que también tienen derecho a existir en el universo digital. Lo que para otros es un reto técnico, para ella es una lucha cultural profunda. No se trataba solo de programar, sino de decidir qué lenguas merecen futuro.
Durante décadas, los modelos matemáticos priorizaron idiomas dominantes y relegaron a los llamados “minoritarios”. Gabriela nombra esa exclusión sin rodeos: “Los modelos han sido discriminatorios al no darle prioridad a las lenguas minoritarias. Mi objetivo es darles ese lugar, no solo a las lenguas de México, sino a las del mundo”.
Su papel fue decisivo: aportó y estructuró una base de datos que había reunido durante años, con vocabulario, variantes y usos del náhuatl, y participó en la adaptación lingüística necesaria para que la lengua pudiera ser procesada por modelos de inteligencia artificial. “Con Google se me dio la oportunidad de entrar a un proyecto muy grande sobre lenguas indígenas. Y ahí te das cuenta de que hay mucha investigación, pero no siempre hay la iniciativa de decir: ‘Vamos a hacerlo’. Ha sido un camino muy angosto, muy complicado, pero no imposible. Con constancia y dedicación se pueden hacer muchas cosas”, comparte.
Los universos del náhuatl
El desafío de lograr su tarea no era menor. En México existen alrededor de 30 variantes del náhuatl, cada una con diferencias de pronunciación, léxico y estructura. Integrar una lengua así a un traductor automático implica decisiones técnicas y culturales profundas: qué variantes priorizar, cómo segmentar, qué corpus utilizar, cómo evitar borrar la diversidad. “Hay una fase técnica que se llama segmentación. Se buscan las variantes, se comparan, se ve cuáles son las más habladas y cuáles se pueden entender entre sí. También se da mucha importancia a los datos, porque si no hay datos, no se puede traducir”.
Para Gabriela, la tecnología no es un fin, sino un medio para que las lenguas sigan vivas en las generaciones que hoy crecen con un celular en la mano. “Los jóvenes y los niños dicen: ‘Ya tenemos tecnología para aprender lenguas indígenas’. En las conferencias que doy, la mayoría del público son niñas y niños. Preguntan cómo pueden estudiar, cómo pueden dedicarse a esto. Ese es el objetivo: que vean que su lengua también puede estar en la ciencia, en la inteligencia artificial, en el futuro”.
Gabriela habla de tres pilares indispensables: difusión, reconocimiento e innovación. Sin ellos, las lenguas quedan atrapadas en el pasado, como piezas de museo. Con ellos, se convierten en herramientas vivas. De ahí que reivindique la figura de los “guardianes de la lengua”. En ese proceso, ella nombra a quienes trabajan con las lenguas no solo como traductores, sino como guardianes. “No son solo traductores. Son guardianes de la lengua, porque no solo traducen, hacen todo lo posible por protegerla, por cuidarla, por preservarla. Se necesita difusión, reconocimiento e innovación. Sin esas tres cosas, las lenguas no pueden ocupar su lugar en el mundo”.
Su trabajo también ha implicado acompañar a hablantes mayores que saben que su voz puede ser la última. “He visto abuelitos de otros países que están documentando su lengua porque ya nadie más la habla. Me dicen: ‘Enséñame a usar Excel, hojas de cálculo, lo que sea, para yo ser mi propio traductor’. Yo les doy cursos pequeños para que puedan registrar su lengua. Son esfuerzos pequeños, pero necesarios”. Ser mujer indígena en un campo dominado por estereotipos tampoco no ha sido sencillo. Muchas personas piensan que los pueblos indígenas ignoran la tecnología, que van atrasados. No es así. Al contrario, están innovando. “La tecnología es para todos. Si ustedes me ayudan con su lengua, podemos trabajar juntos para preservarla”.
Resistir el silencio
Hoy, Gabriela continúa integrando lenguas al traductor, trabajando con comunidades mazahuas, tsotsiles, con universidades, con maestros que necesitan herramientas para enseñar en territorios donde el español no es la lengua materna, plataformas donde puedan dejar registro de su voz antes de que el silencio llegue.
Su historia ha resonado más allá de México. Tras la incorporación del náhuatl a Google Translate como parte de un proyecto que sumó más de 110 idiomas a la plataforma, la BBC la nombró una de las 100 mujeres más inspiradoras e influyentes de 2024. La Unesco la reconoció como la primera mujer indígena destacada en áreas tecnológicas. Pero en Chapulhuacán, el reconocimiento tiene otro rostro: el de las niñas y niños que se acercan y le piden una foto porque quieren ser programadores, científicas, ingenieras.
“No, no puedo cambiar mi color, no puedo cambiar mi origen, pero sí puedo ser la primera. Y si soy la primera, puedo abrir camino para más niñas y mujeres indígenas. Eso es lo que más emoción me da. A veces lloro, pero escondidas”.
Gabriela Salas Cabrera no solo programó datos. Programó futuro. Hizo que una lengua que estuvo a punto de quedar en silencio encontrara un lugar en el espacio digital global. Su trabajo demuestra que la inteligencia artificial también puede ser un acto de memoria, que la ciencia puede ser una forma de cuidado y que, en cada palabra preservada, se resguarda una manera entera de habitar el mundo.