Ideas

Un hogar itinerante

Mis pensamientos se alimentan de lecturas… mayormente. Abrir un libro es transportarse a otros contextos, culturas y dolores y, extrañamente, comprender mejor los propios. A veces la literatura no explica el mundo, sino que se sostiene como un espejo que nos revela verdades profundamente incómodas.

Recientemente leí Pachinko, la novela de Min Jin Lee que narra la historia de una familia coreana a lo largo de varias generaciones, desde principios del siglo XX. Primero en una Corea aún indivisa; después, tras el éxodo forzado, en Japón. No es solo una historia de migración, sino de herencias invisibles, de estigma, de vergüenza y de no pertenecer.

Los coreanos que llegaron a Japón huyendo de la guerra, la hambruna y la pobreza no solo enfrentaron el reto de adaptarse a un nuevo país; tuvieron que aprender a vivir en uno que se empeñó en recordarles que no eran deseados. No se les contrataba en ciertos negocios, se ridiculizaba el olor de su comida, la ropa de sus hijos, los barrios a los que fueron confinados, el idioma que no dominaban. El rechazo no fue un periodo de ajuste para la primera generación, se volvió una condición heredada.

Hacia el final del libro, ya en los años ochenta, uno de los personajes celebra su cumpleaños. Antes de la fiesta, debe acudir a una oficina gubernamental para renovar su permiso de residencia por tres años más. Nació en Japón. Sus padres también. Pero para el Estado y para una sociedad cargada de prejuicios transmitidos por generaciones, sigue siendo un coreano que debe ganarse el derecho a existir en el país donde siempre ha vivido.

Esa escena me recordó a los dreamers, hijos de migrantes mexicanos nacidos en Estados Unidos que crecen en un territorio que los forma, pero que nunca termina de aceptarlos. Ni de aquí ni de allá. Con padres de idioma, costumbres y rasgos distintos al imaginario del “americano tradicional”. Con un inglés contaminado por el español y un español atravesado por el inglés. Chicanos, beans, les dicen. Como a los niños coreanos en Japón: no perteneces, no eres uno de nosotros.

El mexicano en Estados Unidos ocupa un lugar profundamente contradictorio. Es indispensable, pero incómodo. Se le necesita para trabajar, construir, limpiar, cosechar; su presencia sostiene sectores enteros de la economía, pero su identidad sigue siendo cuestionada. Puede estar, pero no del todo. Puede servir, pero no reclamar pertenencia.

La paradoja se vuelve aún más evidente fuera de sus fronteras. El mismo americano que desconfía del migrante mexicano paga precios exorbitantes por hospedarse en hoteles de lujo en Quintana Roo, Punta de Mita o Los Cabos. Admira la cultura mexicana cuando está cuidadosamente curada: convertida en experiencia exótica, en gastronomía refinada, en artesanía de diseño, en hospitalidad impecable. Fuera de Estados Unidos, México se disfruta; dentro, el mexicano se tolera. Fuera es paisaje y, dentro, mano de obra.

Muchos de los coreanos de Pachinko soñaron con volver a su país, solo para descubrir que ese regreso tampoco era hogar. El lugar del que hablaban sus padres existía más en la memoria que en la realidad. No se fueron por falta de amor, sino por falta de oportunidades. Y al volver, descubrieron que tampoco allí encajaban. El desarraigo ya había echado raíces.

La discriminación al migrante no es nueva. Apela a la tribalidad más básica del ser humano: tú sí, tú no; nosotros, ustedes. Pero la herida más profunda no es social, sino interior. Cuando el hogar deja de ser un punto fijo en el mapa, se convierte en una pregunta que no puede responderse: ¿en qué idioma expreso mi dolor?

Quizá por eso resulta tan desafiante recordar —como sugiere el papa Francisco en Fratelli tutti— que nadie es verdaderamente extranjero cuando se le reconoce como hermano. Tal vez el verdadero hogar no sea un territorio que se defiende, sino un espacio moral que se ensancha. Y mientras eso no ocurra, para muchos, el hogar seguirá siendo algo que se carga por dentro: frágil, portátil, siempre en movimiento. Un hogar itinerante.

@luciachidan

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