Regreso a Ítaca
El orden anterior no volverá, la búsqueda de un camino a uno nuevo nos agita. Buscar solidez para innovar hacia el futuro: ese es el reto que tenemos frente a nosotros. Países, empresas y personas nos encontramos hoy en una travesía por mares procelosos, en busca de un orden más estable y justo. En ese viaje conviene recordar que Ulises no venció por la fuerza, sino por la perseverancia, la inteligencia y la conciencia de su destino. La Odisea relata cómo sobrevive a tormentas, monstruos y tentaciones porque conserva, incluso en los momentos más oscuros, la idea del regreso. Ítaca no es solo un lugar: es una promesa de orden, de sentido y de pertenencia. Sin ella, el viaje se vuelve errante.
El desorden inducido en nuestro tiempo se asemeja cada vez más a una navegación en mares inciertos, en la que los mapas disponibles han dejado de ser confiables. Vivimos una reconfiguración simultánea de la tecnología, del poder y de las formas de convivencia. Avanzamos entre corrientes imprevisibles, expuestos a tormentas recurrentes y a una violencia que emerge como oleaje permanente.
Nuevos monstruos con un solo ojo se asoman en el horizonte. La revolución digital ha alterado profundamente nuestra relación con el mundo. Plataformas, algoritmos e inteligencia artificial influyen en lo que vemos, en lo que creemos y en lo que tememos. Hannah Arendt advirtió que la banalización del juicio conduce a la erosión de la responsabilidad; en la era de la hiperconectividad, ese riesgo se multiplica. La velocidad sustituye a la reflexión y la opinión inmediata desplaza al pensamiento elaborado. Las sirenas contemporáneas ya no cantan desde arrecifes lejanos: habitan en pantallas que alimentan la indignación, el miedo y la polarización.
Casi sin darnos cuenta, como los compañeros de Ulises, hemos emprendido el viaje en un mar agitado. El orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial se resquebraja. Las instituciones diseñadas para contener la rivalidad pierden eficacia frente al retorno de una política de poder sin mediaciones. Las grandes potencias disputan rutas, mercados y territorios como antiguos señores del mar, dispuestos a imponer su voluntad aun a costa del naufragio colectivo. En las rutas del comercio y de las armas, México aparece como punto de cruce estratégico que concentra riesgos y oportunidades. Sigue siendo la cruz y la equis con destino de grandeza, pero tratando de mantener su reciente vocación democrática.
Nos rodean transformaciones materiales profundas. El aumento del gasto militar, la fragmentación del comercio, la relocalización forzada de cadenas productivas y el uso estratégico de sanciones configuran un escenario de interdependencia conflictiva. Como en la Grecia de Tucídides, el comercio y la guerra vuelven a entrelazarse. Las rutas económicas se transforman en corredores de disputa y los espacios de cooperación se vuelven frágiles.
A ello se suma la transformación de la violencia en espectáculo. Las guerras se transmiten en tiempo real, las masacres se convierten en tendencias y la inseguridad se normaliza como paisaje cotidiano. Ninguna travesía está a salvo cuando los naufragios ajenos se consumen como entretenimiento, mientras el propio barco hace agua.
En este entorno, el miedo se convierte en fuerza política. La incertidumbre prolongada, la precariedad económica y la exposición constante al peligro erosionan la confianza social. Cuando la tripulación pierde la certeza de que existe un puerto posible, surge la tentación de aferrarse a líderes que prometen salvación inmediata, aunque conduzcan hacia arrecifes más peligrosos.
En el ámbito político, la obsesión por el corto plazo ha desplazado a la prudencia. Se privilegia la maniobra rápida, el golpe de timón espectacular y la confrontación como método. Los contrapesos institucionales son vistos como lastre y el derecho como una cuerda incómoda que estorba la navegación.
La economía tampoco escapa a esta deriva. La automatización, la precarización laboral y la volatilidad financiera debilitan las certezas básicas de millones de personas. Frente a este panorama resurgen búsquedas espirituales y culturales. Tocqueville observó que las democracias necesitan referentes morales para no disolverse en el individualismo. Sin ellos, Ítaca deja de ser horizonte común y se fragmenta en múltiples destinos privados.
En México, estas tensiones se intensifican. Nuestra integración con la economía estadounidense nos vuelve especialmente sensibles a sus cambios de rumbo, mientras la violencia interna y la debilidad institucional erosionan la confianza colectiva. Octavio Paz advirtió que modernizar sin institucionalizar equivale a navegar sin puerto.
Vivimos una era de incertidumbre sistemática. Sin embargo, lo importante no es solo llegar a Ítaca, sino aprender del viaje. Las tormentas obligan a revisar convicciones, fortalecer estructuras y redefinir prioridades.
En medio de la confusión persiste una reserva de esperanza, visible en jóvenes que exigen coherencia ética, justicia, seguridad y transparencia. Ellos recuerdan que la travesía colectiva no puede reducirse a la mera supervivencia: debe aspirar a la dignidad.
Vivimos, en suma, una era de definiciones. Gobernar no es acelerar en medio de la tormenta, sino mantener viva la idea de Ítaca: un orden basado en el derecho, la convivencia y la confianza. Comprender que el poder no consiste en dominar el mar, sino en conducir la nave íntegra hacia ese horizonte que no es un punto geográfico, sino la promesa permanente de orden, sentido y pertenencia.
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