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Pura lámina y defensas cromadas

Dicen que todo tiempo pasado fue mejor. Yo creo que en algunos aspectos sí, porque no podemos negar que el avance de la tecnología ha representado para la humanidad, sobre todo en los últimos años, un salto gigantesco que nos ha brindado, entre otras cosas, una vida con más confort.

En el caso de los vehículos automotores, que surgieron en el año de 1886 gracias al ingeniero alemán Carl Benz, que diseñó un vehículo de tres ruedas, pasando por el Ford T de Henry Ford en los albores del siglo XX, por allá de 1906, hasta nuestros días, en que los vehículos eléctricos y los modernísimos taxis sin chofer son muestra de esa evolución.

Aunque les diré que, en cuanto al confort, habría que repensarlo antes de concluir que los de ahora lo son más que los de las décadas de los 50 o 60, por citar un ejemplo, ya que en esos tiempos los vehículos en su interior eran bastante más cómodos que los de hoy día, pero vamos por partes.

Los coches eran muy pesados, obviamente por esos grandes motores, la lámina y las defensas que, aunado a las dimensiones del vehículo, parecían un tanque de guerra por su fortaleza, aunque obviamente el consumo de gasolina iba en proporción directa con el tamaño del vehículo. Los coches americanos eran por definición más grandes, en tanto que los europeos tenían como sello distintivo su menor tamaño. Claro, hablo en lo general, puesto que muchos fabricantes americanos tuvieron producción de vehículos deportivos y compactos.

Sin duda, muchos de ustedes recordarán aquellos enormes carros que circulaban en nuestra ciudad por esas mismas calles que ahora se nos hacen más pequeñas, sobre todo por los carriles reservados al transporte público y las ciclovías.

Las preferencias de los consumidores se orientaban hacia los carros americanos y así era común ver automóviles Nash, Pontiac, Mercury, Oldsmobile, Packard, Cadillac o Chevrolet, e incluso los Mercedes-Benz alemanes no eran tan pequeños.

Su interior era bastante cómodo. Dos asientos de banca corrida en donde cómodamente en la parte delantera viajaban el conductor y dos pasajeros, y en el asiento de atrás otras tres personas; además, contaba con un espacio posterior al asiento trasero, pegado al vidrio, donde podían acomodarse los sombreros.

Por cierto, en los años cincuenta y parte de los sesenta era común el uso del sombrero, sobre todo en el caso de los caballeros, y las dimensiones interiores del carro permitían viajar incluso con el sombrero puesto, pues eran de techos altos.

Todos los carros tenían ceniceros porque antes se fumaba mucho. En el tablero, en la parte delantera, había un compartimiento para el encendedor y su correspondiente receptáculo de ceniza y colillas, y lo mismo sucedía en la parte trasera, que contaba en algunos casos con cuatro: uno a cada lado de las portañuelas y dos más al frente, en el respaldo del asiento delantero, aunque el encendedor sólo estaba adelante.

Muchos vehículos tenían una visera que formaba parte del vehículo y que estaba como una especie de párpado encima del vidrio delantero para protegerse del sol; el claxon se tocaba empujando un arillo cromado que estaba en el volante o la dirección y, algo interesante, hablando del confort: antes los vehículos no estaban equipados con la palanca de luces direccionales que advirtieran a los demás conductores nuestras maniobras de dar vuelta a la izquierda o derecha.

Las señales se daban por el conductor con el brazo: extendido si se daría vuelta a la izquierda, en alto si se daba vuelta a la derecha y pegado a la puerta si se iba a detener la marcha; no existían las luces intermitentes. Esa era una de las muchas reglas que había en la antigua Ley de Tránsito y que se necesitaban aprender bien para que uno recibiera su licencia, amén de las consabidas de circular por la derecha siempre, rebasar por la izquierda e incluso hubo un tiempo en que los conductores que viajaban por las calles de preferencia, tradicionalmente de oriente a poniente y viceversa, tenían que anunciar el cruce con las calles transversales tocando dos veces el claxon y, cuando oscurecía, privilegiando el silencio de la ciudad, ese aviso de cruce se hacía con el cambio de luces, poniendo las luces altas y luego las bajas dos veces.

Los carros, y no todos, venían equipados con un radio que captaba la señal de amplitud modulada. No había muchas emisoras en ese entonces; hablo de los años cincuenta y principios de los sesenta, en que se escuchaba la XEW, la XEX y la XEQ principalmente, y cuando uno salía a carretera, cada vez que pasábamos cerca o por debajo de los cables de alta tensión de la compañía eléctrica, se perdía la señal y sólo se escuchaba un zumbido sordo y fuerte que hacía que muchos prefirieran apagar la radio.

En la salpicadera del lado del conductor iba generalmente la antena y recuerdo que en la época de las fiestas patrias mi papá invariablemente le ponía una bandera y yo me sentía como si fuera en el vehículo que transportaba al presidente de la República; sin querer desviarme del tema, pero antes era común que apenas iniciaba septiembre ya estaban los puestos de venta de banderitas para el automóvil, rehiletes, grandes banderas y diversos motivos patrios. Una buena parte de los coches traían su banderita en la antena y debo decirles que no se las robaban. Dejaba uno el carro en la calle y al regresar ahí estaba intacto. Otros tiempos, no cabe duda.

Los vehículos no tenían aire acondicionado y la mayoría tenían una pequeña ventanita en la parte de adelante, que le llamábamos coloquialmente aleta, y se abría para cortar el aire y que no les diera a los pasajeros que ocupaban el asiento trasero, porque al carecer de clima artificial se tenían que abrir las ventanillas para mantener fresco el habitáculo y viajar frescos.

Los vehículos eran de lámina, carecían de plástico; se usaba la tela o la piel para las vestiduras y recubrimientos de los interiores de las puertas, y el metal para manijas y todas las demás piezas decorativas; las defensas hacían honor al nombre, eran de acero cromado, súper brillosas y verdaderamente protegían a los pasajeros de los inevitables accidentes. Debo poner de relevancia que en la ciudad no se manejaba rápido, puesto que viajar a 40 kilómetros por hora ya se consideraba un exceso de velocidad. Hoy, curiosamente, se maneja más despacio, casi a vuelta de rueda, pero por los tremendos congestionamientos que se forman debido a una pésima planeación de la vialidad, con semáforos completamente desincronizados que hacen que nos vayamos deteniendo casi en cada esquina y, en ocasiones, pasan dos o tres señales verdes y seguimos en el mismo lugar, sin poder avanzar.

No quisiera concluir este artículo sin mencionar que en la década de los años 60 vinieron los automóviles pequeños a revolucionar el mercado automotor; las marcas eran antiguas, pero llegaron a México como novedad, como el Renault Gordini, el Karmann Ghia, el Ford Taunus, el Peugeot o el preferido de la mayoría, el Volkswagen, el Vochito, la pulguita que ofrecía dos asientos individuales adelante y atrás el asiento corrido podía recibir a dos pasajeros; la diferencia con los coches americanos en cuanto al espacio era de seis personas en éstos y cuatro en los vochitos, pero nada que comparar con la comodidad de subirse a la parte trasera directamente y no tener que hacerlo por la delantera y abatir el asiento; pero ya sabe usted, en gustos y en posibilidades se rompen géneros.

Y bueno, ya abriré otra página de mis recuerdos en el futuro sobre este tema; por ahora, sólo me resta agradecerles la atención de su lectura, sus bondadosos correos e invitarlos a disfrutar de la lectura de EL INFORMADOR, y aquí nos encontraremos el próximo domingo, si Dios quiere. Yo regreso a la querencia: cafecito y bisquets con mermelada de fresa y mantequilla.

lcampirano@yahoo.com

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