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Parque de la Revolución: Restaurar no es remodelar

Cuando elegimos una ciudad, o un rincón de una ciudad, casi nunca lo hacemos por su capacidad de parecerse a otros lugares; lo hacemos por su singularidad. Nueva York no sería Nueva York sin la Estatua de la Libertad ni sin Central Park, París no sería París sin la Torre Eiffel, y Guadalajara no sería Guadalajara sin la Minerva, sin el Hospicio Cabañas o sin el Parque de la Revolución. Hay sitios que dejan de ser puntos en el mapa y se convierten en algo más serio: una forma de orientación íntima. No solo están ahí: nos dicen dónde estamos.

Por eso conviene decirlo con precisión: restaurar no es remodelar.

Remodelar supone llegar con una idea nueva y pedirle al lugar que se adapte. Restaurar exige una humildad menos frecuente: entender que el sitio ya sabía algo antes de nosotros, que ya tenía una voz, una memoria. El Parque de la Revolución no nació ayer: antes fue huerta del antiguo Convento del Carmen, luego la Penal de Escobedo y, desde 1935, con el proyecto de Juan José y Luis Barragán, es una pieza de la memoria urbana de Guadalajara. Ahí no solo se camina: ahí la ciudad se recuerda.

Y, sin embargo, conviene adelantarse a una lectura frecuente cuando se intervienen lugares como este: la tentación de decir que “todo sigue igual”. Pero esa aparente falta de cambio no es un error: es la medida del acierto. Porque cuando un lugar con memoria es intervenido correctamente, no debería volverse irreconocible; debería seguir siendo él mismo.

Y luego están los signos: el rojo persistente, las bancas, las luminarias, el quiosco, los andadores, las estatuas de Madero y Carranza. Esas pequeñas obstinaciones materiales construyen pertenencia; la identidad de una ciudad no vive solo en sus grandes monumentos; vive también en aquello que persiste, evitando volverse irreconocible. El Parque de la Revolución ha permanecido así: no como reliquia, sino como un lugar que sigue contando la historia de Guadalajara.

Y, sin embargo, ahí está el riesgo: cuando una ciudad deja de entender sus propios símbolos, empieza a tratarlos como si fueran reemplazables. Como si bastara con “mejorarlos” para satisfacer las manos que señalan, antes que comprender la identidad que resguardan.

Guadalajara, con todas sus contradicciones, ha sabido aferrarse a algunos de esos lugares, y hace bien. Porque hay espacios que conviene renovar para que sigan funcionando; pero hay otros que conviene restaurar para que sigan diciendo la verdad sobre nosotros.

Ahora que vuelva al Parque de la Revolución, hágalo de otra manera: Recórrelo recordando que le pertenece, que no es solo un espacio público, sino un lugar que ha estado aquí, contando la historia de esta ciudad incluso cuando no nos detenemos a escucharla.

Porque hay lugares que no están para sorprendernos, sino para sostenernos, para recordarnos quiénes somos.

Este parque es suyo y es mío, pero también de quienes lo habitarán después: de los más pequeños y de quienes aún están por llegar.

Volver a él no es solo visitarlo, es, en cierto modo, hacerse cargo.

paola.nadine@gmail.com 

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