Ideas

Pablo de Tarso y el regreso de la fuerza

Hay algo que ya no termina de encajar en el mundo. Se habla de paz, pero se actúa desde la fuerza. Se invoca el derecho internacional, pero se interpreta según conveniencia. Se apela a principios universales, pero se aplican de forma selectiva. No es una ruptura abierta del orden global; es algo más sutil y, por ello, más preocupante: su vaciamiento.

El sistema internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial partía de una idea simple y poderosa: la paz debía ser producto de reglas, no de imposiciones. La prohibición del uso de la fuerza —salvo en legítima defensa— no era una aspiración idealista, sino una lección histórica. El mundo había aprendido, a un costo devastador, que cuando la fuerza se convierte en norma, la barbarie deja de ser excepción.

Hoy esa lección se revisa de forma pragmática: Las grandes potencias vuelven a actuar bajo una lógica conocida: la de la excepción permanente. En nombre de la seguridad, de la estabilidad o de valores superiores, las reglas se reinterpretan. No se abandonan —eso sería demasiado costoso—, pero se flexibilizan hasta volverse irreconocibles. El derecho subsiste, sí, pero cada vez más como lenguaje, no como límite.

En ese contexto, vale la pena formular una pregunta inusual: ¿qué diría Pablo de Tarso ante este momento? No es una ocurrencia religiosa. Es una pregunta política.

Pablo fue, en esencia, un pensador de la ley. Formado en la tradición judía, educado en la cultura griega y viviendo bajo el Imperio romano, entendió mejor que muchos la relación entre norma, poder y legitimidad. Conoció un mundo donde la paz —la célebre pax romana— se sostenía, en última instancia, en la supremacía militar. Y, sin embargo, no confundió nunca orden con justicia.

Su afirmación de que la autoridad tiene fundamento no fue una defensa automática del poder. Fue, en realidad, una advertencia: la autoridad solo es legítima si sirve al bien. La fuerza puede existir, pero no se justifica por sí misma. Cuando se separa de un propósito moral, deja de sostener el orden y empieza a degradarlo. Eso es lo que hoy parece estar sucediendo.

La idea de que la fuerza puede “producir paz” —cada vez más presente en la geopolítica— encierra una contradicción profunda. Puede contener conflictos, disuadir adversarios, imponer condiciones. Pero no puede, por sí sola, construir un orden estable. La paz que depende exclusivamente del poder es, en el mejor de los casos, provisional. En el peor, es simplemente la antesala de un nuevo conflicto.

Pablo lo veía con claridad, porque para él, la ley no era solo un conjunto de normas externas, sino una expresión de un orden más profundo: uno que habita en la conciencia. Cuando ese vínculo se rompe, la ley pierde su capacidad de obligar, aunque formalmente siga vigente. Eso es exactamente lo que empieza a ocurrir en el sistema internacional: las reglas existen, pero la convicción de que deben cumplirse se debilita.Y cuando eso sucede, el problema deja de ser jurídico. Se vuelve existencial de la civilización.

Porque no se erosiona solo una norma o un tratado. Se erosiona la idea misma de que existen límites comunes. Se pierde la expectativa de que el otro —incluso el adversario— también está obligado por las mismas reglas. Y sin esa expectativa, el orden deja de ser orden: se convierte en un espacio de competencia sin freno.

Pablo no era ningún ingenuo. No creía en un mundo sin conflicto ni en la desaparición del poder. Su exigencia era otra, más incómoda: subordinar la fuerza a un principio superior. Llamó a ese principio amor, pero no en un sentido sentimental, sino como responsabilidad hacia el otro, incluso cuando ese otro es rival.

Traducido a la política internacional, su mensaje sería muy claro: ningún sistema puede sostenerse solo en la fuerza. Necesita límites reconocidos, reglas creíbles y, sobre todo, una base mínima de legitimidad compartida.

Las crisis, a veces, cumplen una función inesperada: obligan a distinguir entre lo accesorio y lo esencial. Y lo esencial sigue siendo lo mismo que hace décadas: que la fuerza no puede ser la última palabra.

Pablo de Tarso, jurista y testigo de un mundo en tensión, probablemente no ofrecería soluciones técnicas ni fórmulas diplomáticas. Haría algo más incómodo: recordaría que ningún orden sobrevive cuando renuncia a justificar su propia autoridad.

La pregunta es si estamos dispuestos a sostener un principio elemental: que incluso en tiempos de conflicto, hay límites que no deben cruzarse. Porque cuando esos límites desaparecen, la paz deja de ser un objetivo. Y se convierte en una excusa.

luisernestosalomon@gmail.com

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