Ideas

Mucho beisbol, cero sistema

México presume tradición, presume ligas, presume talento. Hasta antes del reciente tropiezo en el Clásico Mundial -tras haber alcanzado un histórico tercer lugar años antes-, el discurso se sostenía con mayor facilidad. Pero hay una verdad que ya no admite maquillaje: el beisbol mexicano funciona… sin sistema. Opera, sí. Se mueve, sí. Genera espectáculo, sí. Pero no construye. Y cuando un deporte presume tanto de lo que fue, suele ser porque no puede sostener lo que debería ser. Basta rascar un poco más allá del discurso para encontrar lo incómodo: el beisbol mexicano no tiene un modelo que convierta todo eso en peloteros de Grandes Ligas. Tiene actividad, no tiene rumbo.

El calendario está lleno, los estadios responden y la narrativa oficial insiste en hablar de desarrollo. Pero la realidad es otra: ni la Liga Mexicana de Beisbol ni la Liga Mexicana del Pacífico forman parte de una estructura seria de formación hacia la élite. Una opera con reconocimiento y vínculos con el sistema de Grandes Ligas, pero sin integrarse realmente a una estructura formal de desarrollo; la otra, más competitiva, tampoco trasciende el alto rendimiento. Se juega bien, sí. Se forma mal.

Y ahí está la trampa que nadie quiere señalar. Se vende la idea de un ecosistema que desarrolla talento cuando, en realidad, lo que existe es un escaparate desordenado. Porque los peloteros mexicanos que llegan a Grandes Ligas no son producto del sistema nacional: son detectados jóvenes, firmados y moldeados en Estados Unidos. El proceso ocurre allá. Aquí apenas se les ve pasar.

Las excepciones sirven para alimentar el discurso, pero no para sostenerlo. No hay flujo constante, no hay estructura que respalde, no hay método. Lo que hay es inercia, y la inercia, tarde o temprano, se agota.

Se intentó corregir el problema con iniciativas como ProBeis, la oficina impulsada desde el gobierno federal durante la administración de Andrés Manuel López Obrador, que, bajo la conducción de Edgar González, generó una expectativa legítima: ordenar el desarrollo, crear academias y establecer una ruta clara para formar peloteros rumbo a Grandes Ligas. La intención era correcta. El resultado, no. El proyecto no logró consolidar una estructura funcional ni dejar un modelo sostenible. Se quedó en el discurso, en esfuerzos aislados y en una oportunidad que terminó evidenciando, más que resolviendo, el problema de fondo.

Porque sí, hay clubes que invierten y forman. Pero lo hacen solos, sin coordinación, sin un modelo común, sin respaldo institucional real. No hay federación que articule, no hay política pública que sostenga, no hay estrategia nacional que marque dirección. Hay esfuerzos, pero no hay sistema. Y, sin sistema, todo esfuerzo termina siendo anecdótico.

El problema se agrava cuando ni siquiera se mide. No hay datos claros, no hay métricas públicas, no hay forma de evaluar resultados. Nadie rinde cuentas porque no hay parámetros que cumplir. ¿Cuántos peloteros se forman? ¿Cuántos llegan? ¿Cuántos se consolidan? Preguntas básicas que siguen sin respuesta. Y, cuando no hay números, lo único que queda es el discurso… y el discurso, en este caso, ya no alcanza.

Por eso no sorprende que empiecen a circular versiones sobre desorden estructural o distanciamientos con la Major League Baseball. Más allá de su confirmación, el simple hecho de que existan ya es síntoma de algo más profundo: la percepción de que el beisbol mexicano no es confiable como sistema de desarrollo. Y, cuando se pierde credibilidad, lo demás viene solo.
Aquí es donde el problema deja de ser deportivo y se vuelve estructural. Porque no se trata de ganar más juegos o llenar más estadios. Se trata de entender para qué existe el sistema. Si no forma, si no proyecta, si no coloca talento en el más alto nivel, entonces hay que decirlo sin rodeos: no está cumpliendo su función.

México tiene con qué. Tiene talento, tiene historia, tiene mercado. Lo que no tiene es una estructura que conecte todo eso. Y, mientras se siga administrando la simulación en lugar de construir un modelo real, el resultado será el mismo: jugadores que se van antes de formarse, ligas que compiten sin trascender y un país que observa desde fuera cómo su propio talento se desarrolla en otra parte.

El beisbol mexicano no necesita más elogios a su pasado. Necesita una sacudida en su presente. Necesita orden, coordinación y, sobre todo, rendición de cuentas. Porque lo que hoy se vende como sistema no resiste una revisión seria.

Y, en este negocio, como en el juego mismo, hay una regla que no falla: lo que no se corrige, se queda atrás. Porque aquí ya no se trata de corregir detalles. Se trata de aceptar que, sin sistema, no hay futuro. Y que si no se actúa ahora, el beisbol mexicano no se va a quedar atrás… se va a quedar fuera.

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