Ideas

Mentir como política pública

¿Por qué la Presidenta de la República recurre a la mentira para salir al paso de cada situación adversa para su Gobierno? Es constante su recurrir al embuste, y no sólo ella: fue también instrumento para gobernar de Andrés Manuel López Obrador. ¿Por qué mentir? La pregunta entraña complejidades filosóficas, políticas y morales, pero, al mismo tiempo, la idea de la mentira como nociva aparece en el sustrato más antiguo de las sociedades. En el judaísmo está en sus mandamientos primordiales: “no darás falso testimonio contra tu prójimo”, y los expertos en el Talmud subrayan que la verdad es uno de los atributos divinos; por tanto, mentir es alejarse de Dios. El cristianismo comparte los mandamientos judíos; además, en su Evangelio, San Juan advierte: mentir contradice vivir en la verdad de Cristo. San Pablo añade: “Desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo”. En el Corán, libro sagrado del islam, se lee: “malditos sean los mentirosos”. Mahoma predicó que la mentira es una de las señales de la hipocresía. El tercer precepto del budismo establece “abstenerse de mentir”, y en su Noble Óctuple Sendero está incluida la “palabra recta”, que entraña hablar con veracidad, evitar calumnias y palabras dañinas.

Pero su opuesto, la verdad, es un valor dual: está sí en los cimientos de la civilización y, al mismo tiempo, es anhelo inalcanzado, justo porque mentir es siempre un recurso para salir momentáneamente de un embrollo (la mentira es “remedio” efímero) o para obtener ganancias, engañar o para hacerse de poder. Sólo que esa persecución inacabable de la verdad ha hecho que la mentira explore sendas más sofisticadas, porque, a pesar del cinismo galopante, en las sociedades la mentira sigue siendo mal vista, aunque la burda, a la que la más leve atención crítica le quita el disfraz de verdad, persiste, por lo que hoy atestiguamos en los gobernantes de México, también de Estados Unidos: la sanción social ante embustes flagrantes no les hace mella; se mantienen en el infundio y lanzan el siguiente sin rubor.

Al parecer, la Presidenta Sheinbaum miente porque sí, porque no pasa nada, pero sobre todo porque al final el morenismo se manifiesta en su acto de Gobierno más tenaz y transparente: la mañanera; es su burbuja. Dentro de ella, el Movimiento disfruta de normas jurídicas y éticas distintas a las que aplican para el resto. La y el presidente surgidos del ideario de Morena se conforman con habitar y regir en la burbuja Salón de Tesorería del Palacio Nacional, y con lo que alcance a llegar exclusivamente para sus clientes, vía las redes sociales y los medios de comunicación: todo sucede ahí, el bienestar y la felicidad de la gente, la economía que envidian en todo el mundo, las obras que ya quisieran los países más desarrollados, el combate a la desigualdad que según ellos está dejando a México sin gente pobre, la devastación ambiental que en Palacio Nacional es lo contrario: conservación extrema, beneficio social, respeto a la madre naturaleza; el México que la cuarta transformación inventa todos los días, de ocho a diez de la mañana, de lunes a domingo, para su propio consumo y el de quien continúa comprando mentiras.

El jueves anterior, el Gobierno de Claudia Sheinbaum se desmintió a sí mismo: juraron, ella y su antecesor, que la educación era su prioridad, que la violencia y la pobreza la combatirían atendiendo las causas; la educación va a las mismísimas causas y crearon un ardid de mercadotecnia: la Nueva Escuela Mexicana; asientan en documentos oficiales: “la educación sigue siendo el mecanismo de ascenso social más democrático que tenemos en el país”. La paradoja es que decidieron, unilateralmente, sin aviso previo, recortar el calendario escolar cuarenta días; argumentaron que se debe al Mundial de futbol que sucederá sólo en tres ciudades, y al calorón insoportable. Sus hechos dieron al traste con sus palabras: mintieron cuando dijeron que la educación era una de sus prioridades.

La inconformidad brotó inmediata, no había pasado una hora de que el secretario de Educación, Mario Delgado, hizo el anuncio, cuando una multitud de personas y organizaciones, en una reacción emocionante (ahora que estamos con ánimo futbolero tendríamos que corear: sí se puede, sí se puede), exhibió al Gobierno de la República: no sabe nada de educación, no le importa, y tampoco sabe algo de cuidados. Un día después, la Presidenta siguió en lo suyo, mintió, y con un desparpajo que asombra con todo y lo acostumbrados que estamos: “Es una propuesta la que hizo Mario. Viene de los Estados, no es decisión de Mario”. Jalisco, en voz del responsable de la educación pública de por acá, Juan Carlos Flores, contradijo a la mandataria: “La Secretaría de Educación Jalisco en ningún momento planteó a la Federación adelantar la conclusión del ciclo escolar al 5 de junio”. Varias entidades se unieron a la postura de Jalisco. De acuerdo con la Ley General de Educación del país, sólo el Gobierno federal puede modificar el calendario escolar.

¿Por qué la Presidenta de la República recurre a la mentira para sortear cada situación adversa para su Gobierno? Es pregunta retórica, al final no sortea los problemas y sí enloda su Gobierno. ¿O qué debemos suponer? Que para los problemas financieros que padecen las entidades y los municipios, los del agua, de la energía y de la seguridad pública, etcétera, no los toma en cuenta, lo hemos atestiguado, pero sí los atiende si de educación se trata, la que por razones ideológicas la cuarta transformación considera su patrimonio. ¿O toca discernir que en algo tan grave como la educación miente, pero en el caso Rocha Moya no, tampoco en la corrupción de sus cercanos?

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