Maestra de la vida
Creernos superiores a nuestros antepasados es un hábito muy moderno. Y, en efecto, nadie puede negar nuestros formidables avances éticos y materiales; hoy se respetan más las minorías, los animales y el medio ambiente; hoy somos más compasivos y humanos.
Aquí hay, sin embargo, una peligrosa ilusión. El progreso moral, fundamento del mundo moderno, ciertamente existe. Pero la fe secular en el Progreso puede volvernos ciegos ante regresiones radicales y pasivos ante el curso acelerado de la historia.
En esta era de Internet, auge tecnológico y espectáculo fugaz y ubicuo —que corrompe incluso la política—, ¿puede decirse que seamos más sabios que el europeo promedio de hace un siglo? ¿Estamos, ahora sí, preparados para afrontar una amenaza fascista? “Si yo hubiera vivido en Berlín, en 1933, no habría sucumbido al veneno antisemita ni al carisma de Hitler”. La estadística, por desgracia, piensa distinto.
Quizá haríamos bien en definir la política, no como la construcción de un Estado justo, sino como el arte de evitar el despotismo y la tiranía. A los espíritus más utópicos esta definición les parecerá demasiado pesimista; no obstante, la más mediocre de las democracias es un paraíso si se compara con cualquier dictadura.
Aun en la sociedad más libre y abierta, los retrocesos son una amenaza permanente: siempre se puede estar peor. Esta lección nos la enseñó la experiencia histórica más reciente; pero bien pudimos haberla aprendido por nuestra cuenta leyendo a los filósofos e historiadores de la Antigüedad.
Enumero algunas otras que, en una sociedad contemporánea, pudieran ayudar a prevenir la tiranía:
(1) No hay “leyes de la historia”, es decir, no hay una lógica oculta que se imponga inexorablemente. Los individuos —aun el más secundario de ellos— cuentan, no sólo las abstractas “fuerzas sociales”. Resulta pretencioso o trillado vernos como “actores de la historia”. Pero lo somos; sobre todo, en una democracia, donde el poder reside no en un soberano o en una camarilla, sino en lo que John Dewey llamaba “el hombre común”.
(2) La concentración excesiva del poder —en un caudillo, partido, élite o burocracia— conduce al desastre. El poder corrompe y puede destruir a una democracia desde dentro. No parece mucho, pero defender el pluralismo, el parlamento y las instituciones democráticas es defender la libertad y la mejor manera de proteger a los individuos contra el despotismo y la tiranía.
(3) Existen, como escribió Viktor Frankl, “dos razas de hombres en el mundo, solo dos: la de los hombres decentes y la de los indecentes. Ambas se mezclan en todas partes y en todas las capas sociales. Ningún grupo social se compone exclusivamente de hombres decentes o indecentes. En este sentido, ningún grupo es de «pura raza»” (El hombre en busca de sentido, Herder). Sea cual sea nuestra identidad o filiación, tratemos de pertenecer al campo decente; aspiremos, como quería Albert Camus, a ser individuos honrados que rechazan el sacrificio de una vida en nombre de una ideología. El sufrimiento del presente no justifica nunca la felicidad del futuro. La decencia no es opcional, sino algo que debería acompañar nuestras vidas en todo momento.
(4) Defender la verdad es a menudo una cuestión de vida o muerte; el pensamiento mágico y la mentira sistemática anuncian la llegada del fascismo. Si hemos de depositar nuestra fe en un movimiento, líder o ideario, procuremos que sea una fe racional, anclada, no en el arrebato emocional puro, sino en la realidad y en los hechos. Consultemos fuentes de información acuciosas, y no dejemos pasar por “opinión” lo factualmente incorrecto. Contrastemos diversos puntos de vista. Antes de asumir una postura, tomemos en cuenta lo que la ciencia dice. Recordemos que somos proclives al error; y que las “otras verdades” no existen, sólo la verdad.
Ahora bien, cabe la posibilidad de que no hubiéramos sucumbido al fanatismo político de la Italia fascista o de la Alemania nazi. Pero la prudencia nunca está de más. Quizá nuestros antepasados hayan sido superiores en más de algún sentido. Y quizá no hayamos agotado todavía las lecciones de la historia, maestra de la vida.