Los cumpleaños
Muy diferentes eran las fiestas de cumpleaños de antes comparadas con las de ahora. Una de esas marcadas diferencias es que ahora son temáticas y tienen amenidades complementarias como magos y cuentacuentos, entre otros.
Menudas complicaciones de anfitriones e invitados para la ocasión; por supuesto, más gasto, más complejidad, más tiempo. No digo que las fiestas de estos tiempos sean aburridas o algo por el estilo, solo que las de mi niñez eran más sencillas y menos ostentosas.
Las fiestas de cumpleaños comunes en la década de los cincuenta y sesenta del siglo pasado se caracterizaban por su sencillez. Un número más bien reducido de invitados: los más cercanos, primos, vecinos y algunos compañeros de la escuela.
Piñatas, pastel y gelatina. En ese entonces era también costumbre extender la invitación al encargado de sociales del periódico para que cubriera el evento, y era emocionante leer al día siguiente o en los días posteriores la bien cuidada narración del reportero, que iba acompañada de la fotografía del cumpleañero y la de algunos de sus amigos y, por supuesto, el salir en el periódico era de por sí algo que nos distinguía y, aunque parezca contradictorio, el salir en el periódico no las convertía en ostentosas, era algo común.
Eran otros tiempos, es verdad. Perdonarán la digresión, pero en ese entonces vivíamos en una ciudad segura; existía, como ya lo hemos reiterado en otras oportunidades, un gran respeto entre todos, y por eso las notas de sociales daban no solo pormenores de las fiestas de cumpleaños, también comprendían otros actos sociales y religiosos como bautizos, confirmaciones, despedidas de soltera, peticiones de mano, enlaces matrimoniales y había una sección de viajeros. En esa, los reporteros que cubrían la fuente se trasladaban al Campo de Aviación o a la Estación de Ferrocarriles para dar cuenta de quién arribaba a la Ciudad o quiénes partían de ella de retorno a su casa, o en viaje de negocios o placer, desde luego con la consabida fotografía.
Se respiraba tanta seguridad en la Ciudad que era frecuente leer notas breves en las páginas de sociales en donde, por ese medio, se participaba a los familiares y amistades de una persona enferma que ésta se encontraba en el hospital o recluida en su domicilio, proporcionando nombre y dirección del sanatorio o su casa particular por si alguien deseaba visitarla. Hoy, claro, ni pensarlo.
Volviendo a los cumpleaños, les decía que eran sencillos, al menos en lo que a mí respecta. Mi mamá era la encargada de organizar la fiesta. Algunos juegos infantiles, un par de piñatas y la merienda.
Las piñatas eran unos cántaros recubiertos de periódicos viejos, forradas con papel crepé y papel de china, rellenas de dulces que compraban los papás en las dulcerías de los alrededores del Mercado Corona. Eran algo difíciles de romper y tenían el riesgo de que los tepalcates de esos cántaros fueran a dar a la cabeza de alguien; hubo uno que otro descalabrado, pero siempre propiciaron momentos de diversión y alegría.
Después de las piñatas venía la merienda. A mí no me tocaron ni magos, ni cuentacuentos, ni payasitas, ni animadores ni pintacaritas. En un pequeño tablón o en la mesa del comedor nos sentaban a todos los niños, y en medio de la mesa estaba el pastel de cumpleaños haciéndonos guiños.
Se encendían las velitas —esas que uno soplaba y se apagaban y no se volvían a encender— y, una vez cantadas las mañanitas, el cumpleañero procedía, con la ayuda de la mamá, a partir el pastel. No existía en ese entonces la maleducada y bastante desagradable costumbre de empujarle la cara al festejado y embarrarlo en el pastel.
Como decía, el cumpleañero partía su pastel, la mayoría de las veces —claro, dependiendo de la edad—, con la ayuda de mamá, para ir repartiendo las rebanadas a los pequeños invitados a la fiesta. Se acompañaba de una porción de gelatina y listo. La bebida era casi siempre un chocolate, ya saben: Ibarra, Morelia Presidencial, Abuelita y Dos Hermanos, orgullo de mexicanos, decía el comercial.
El pastel era de un solo piso, de vainilla o nuez; en medio, su correspondiente mermelada de fresa y, lo más delicioso, cubierto de merengue, el verdadero merengue, no lo que ahora vemos que tiene la textura de crema de afeitar y del sabor mejor ni les cuento. El merengue de antes tenía un sabor agridulce y, conforme pasaban los días, se hacía más duro y nos lo comíamos como un dulce, como si fuera un turrón.
La gelatina que siempre hacía mi mamá, porque era la que más me gustaba, era de leche y tenía dos capas: en la parte inferior, nuez, y en la superior, ciruela de España o ciruela pasa. No he vuelto a probar jamás una delicia como esa.
Recuerdo que en un cumpleaños mi mamá nos hizo, además del pastel y la gelatina, unos sándwiches en triangulitos que fueron todo un éxito, pues mis amiguitos me decían que los volviera a invitar a mi casa, aunque no fuera mi cumpleaños, con tal de volver a probar “los sanguichitos de tu mamá”. Sencillos de preparación: les ponía crema en una tapa y mostaza en la otra; unos eran de jamón y otros de queso amarillo; de verdad sencillos, no llevaban ni jitomate ni cebolla ni chile en vinagre, y lo diferente era que tenían cortadas las orillas.
Esas orillas del pan de caja las cortaba en pequeños trozos, las sacaba al sol y eran perfectas como crotones para las cremas de elote, zanahoria, calabacita o papa que a mi mamá le salían riquísimas, o para las ensaladas que eran las predilectas de mi papá, sobre todo la César.
La fiesta no se prolongaba. A las cinco de la tarde empezaban a llegar los amiguitos y, entre seis y media y siete de la noche, después de la merienda, se empezaban a ir los invitados, a quienes rigurosamente —mis papás eran muy estrictos con la etiqueta— acompañaba a la puerta cuando se despedían, con el “gracias por haber venido a mi fiesta” y, una vez despedido el último de los invitados, a darle rienda suelta a la emoción abriendo los regalos.
Los recuerdos de esas fiestas infantiles son inolvidables; no eran ruidosas, salvo, claro, la natural algarabía infantil, sobre todo cuando se quebraban las piñatas; no se acostumbraba hacerlas en un salón de fiestas; recuerdo que mi mamá ponía una serie de discos, me parece que cuatro o cinco, de aquellos discos de pasta, grandotes, de 33 rpm en el mástil o eje del tocadiscos que tenía la radio consola RCA Víctor (los famosos elepés), y, tomando en consideración que en cada cara del disco estaban grabadas cinco canciones y cada canción en promedio duraba tres minutos, cada disco nos brindaba al menos treinta minutos de música, por lo que prácticamente toda la fiesta tenía música ambiental sin necesidad de estarlos cambiando uno a uno. Ya otro día les contaré algo más de las radio consolas, que sin duda alguna muchos de ustedes también tuvieron en sus casas.
Así eran las fiestas infantiles de aquellos tiempos, bueno, al menos en mi caso.
A mí me gustaría saber cómo eran las de ustedes. Mi correo está a su disposición. Por ahora es todo. Aquí los espero en EL INFORMADOR la semana entrante, si Dios quiere, como de costumbre, con mi cafecito, mis infaltables bísquets con mantequilla y mermelada de fresa. Que tengan un bendecido domingo.