Los antiimperialistas doblan rodilla ante Trump
El 27 de septiembre de 2019 la entonces vicepresidenta de Venezuela Delcy Rodríguez fue a la Asamblea General de Naciones Unidas a criticar a Estados Unidos, y a su presidente Donald Trump, por los intentos del “hegemonía” contra otras naciones.
“Nicolás Maduro convocó a un diálogo soberano”, presumió ese día Rodríguez para subrayar el “inamovible compromiso con las vías constitucionales” de su jefe, ése que pisoteó elecciones y hoy es juzgado no muy lejos de la sede la ONU.
La funcionaria, cuya carrera despegó con la llegada del sucesor de Hugo Chávez, fue más allá en la tribuna de Naciones Unidas: “traemos esta historia (la del supuesto diálogo en Venezuela) para alertar al mundo y a la comunidad internacional sobre estos perversos mecanismos al margen de la legalidad que el día de mañana pueden sin justificación alguna alcanzar a otros países, donde el hegemón del mundo decidiere a toda costa cambiar su forma de Gobierno y robarse abiertamente los activos de su país”.
A la mitad de su torcidamente profética alocución en Nueva York, Rodríguez sentenció: “Venezuela es y seguirá una sola, única e indivisible; es la Venezuela de Bolívar y nuestros libertadores, nunca rendida ante imperio alguno”.
Al concluir su intervención, Delcy Rodríguez se despachó en grande al hablar del libertador para conjugar una proclama en la primera persona del plural: “Con nuestro Bolívar afirmamos y echemos el miedo a la espalda y salvemos a la patria”.
¿Quién se sorprende de que un político traicione su palabra? Pero desde el ilegal secuestro de Maduro el 3 de enero por parte de Trump, no deja de ser un espectáculo el ver a los bravucones de ayer pasar de los fervorosos gritos antiyanquis al sedoso “Yes, Mr. President”.
Rodríguez, y tantos más del séquito madurista, hicieron toda una carrera medrando con el cuento de que defenderían a su patria del imperialismo y ahora olvidan la espada de Bolívar y gustosos entregan el petróleo, en el ejemplo más claro del poderío de Trump, a quien hoy le deben la chamba, la libertad y, dado que la máquina de Estados Unidos ha sido echada a andar, hasta la integridad física o la vida.
Se han sometido sin condiciones y sin honor. Por ello, no solo son rehenes de Trump, serán rehenes de la historia, a la que ya le debían muchas explicaciones sobre el fracaso de un modelo que mientras ellos vivían sin penas, llevó a cientos de venezolanos a la cárcel, a miles a la tumba y a millones al exilio.
En ese discurso de la ONU, que no valía nada y que hoy solo sirve para exhibirlos como un tigrillo de papel de china, la hoy presidenta encargada fanfarroneó con que al régimen de Maduro le enorgullecía padecer las acechanzas del hegemón a la par de Nicaragua y Cuba.
Tenía razón. Los inefables dictadores de Nicaragua, Daniel Ortega y Rosario Murillo, y el de Cuba, Miguel Díaz-Canel, han corrido a emular a Rodríguez: el primero liberando apenas unos pocos de los presos esperando que EU sea benigno con ellos, y el segundo tartamudeando una muy incipiente autocrítica sobre las fallas de su régimen.
Lo que hace Trump es indefendible. Pero ellos dijeron que resistirían. El lobo sopló y los cochinitos holgazanes y sinvergüenzas, ya se sabe, quedaron a la intemperie.
Son insuperables ejemplos de personas que patean a los de abajo mientras lamen botas de los de arriba. Verlos causa repugnancia. Ya sabíamos que eran así, huecos al medrar con la figura de Martí, Bolívar o Sandino, sombras gigantes sobre ellos.