La discusión que no debió volver
Durante siglos, las mujeres no fueron concebidas como individuos plenos, sino como esposas, madres e hijas. Tras décadas de luchas por ser reconocidas como ciudadanas y conquistar derechos civiles y políticos, hoy, en el auge del movimiento tradwives, la discusión sobre el lugar de la mujer vuelve a instalarse en el debate público en democracias donde el reconocimiento de su ciudadanía parecía un principio consolidado. Lo que comenzó en redes sociales como una estética que romantizaba e idealizaba la vida doméstica ha escalado hasta los discursos políticos en Estados Unidos y México, donde ya no solo se debate un estilo de vida, sino el papel que debe desempeñar la mujer en la vida política y social.
El problema no es que una mujer quiera quedarse en casa. Esa posibilidad forma parte de su libertad. El problema aparece cuando comienza a insinuarse cuál es la forma correcta de ser mujer, porque, en este momento ya no se discute un estilo de vida, sino quién es la mujer en el núcleo de la sociedad. En otras palabras, deja de ser concebida como un individuo para empezar a definirse como un añadido dentro de una estructura familiar.
La principal preocupación en torno a este movimiento no solo fue como romantizaron los roles tradicionales en la sociedad, también que se puso sobre la conversación el cuestionar qué significa ser mujer desde el discurso político. En Estados Unidos, el discurso de las tradwives ha encontrado eco en sectores conservadores. En México, las recientes declaraciones de militantes del PAN y la respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum muestran que la conversación ya no gira únicamente en torno a un estilo de vida, más bien en definir qué significa ser mujer.
El auge de la ultraderecha a nivel mundial ha reabierto el debate sobre quienes deberían gozar de derechos y quién debe ser considerado no solo ciudadano, incluso individuo. En ese contexto, el fenómeno de las tradwives deja de ser una simple tendencia digital para convertirse en un síntoma de una discusión más amplia sobre quienes pueden ser reconocidos plenamente como sujetos políticos. Asimismo, abre el análisis sobre como una ideología puede escalar de las redes a la política para imponer un modelo y silenciar la individualidad.
Es poco probable que una democracia contemporánea retire el derecho al voto de las mujeres. Pero quizá ese no es el verdadero riesgo. Lo preocupante es que volvamos a considerar legítimo debatir cuál debe ser su papel en la sociedad. Porque cuando una sociedad reabre preguntas que creíamos resueltas sobre quién puede ser reconocido plenamente como individuo, el retroceso comienza mucho antes de que cambien las leyes.