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El problema no es fallar… es que no pasa nada

El beisbol profesional ya no puede esconder el error: hoy puede medirlo, exhibirlo y documentarlo con precisión milimétrica. Lo que sigue sin hacer -y ahí está el verdadero problema- es actuar en consecuencia. Porque cuando un umpire se equivoca, lo sabemos todos; lo que no sabemos es qué pasa después. Y la respuesta, en la práctica, es inquietante: no pasa nada. Se revisa, se comenta, se justifica, se archiva. Pero no hay consecuencias visibles, no hay sanciones claras, no hay un vínculo transparente entre el error y una repercusión concreta. 

En sistemas de competencia profesional -desde las Grandes Ligas pasando por las ligas menores pero de fuerte impacto como las que se desarrollan en verano e invierno en México, los países potencia en el Caribe y en Asia, la evaluación del rendimiento de quienes deciden y afectan resultados sigue siendo, en lo esencial, opaco. Durante años se dijo que el error era parte del juego; hoy eso ya no puede sostenerse y dejarse pasar sin consecuencia. El error puede comprobarse, y cuando algo puede comprobarse y aun así no se corrige con efectos, deja de ser parte del juego y se convierte en una aberrante decisión del sistema. Ese es el punto incómodo: no estamos frente a una limitación técnica, sino frente a una falta de voluntad. Las ligas han invertido en tecnología, han implementado sistemas de revisión y han acumulado datos; pero al momento de cerrar el círculo -es decir, de sancionar, evaluar con efectos y rendir cuentas- se detienen, como si temieran cruzar la línea que separa la corrección de la responsabilidad.

¿Por qué? Porque sancionar implica reconocer fallas, exhibir desempeño y aceptar que no todos están al mismo nivel; implica también romper una lógica de protección interna que durante décadas blindó al arbitraje. Hoy existen datos claros de muchos umpires con decisiones repetitivas claramente equivocadas -algunas revertidas, otras sostenidas pese a la evidencia-; existen patrones, historiales, antecedentes. Lo que no existen son consecuencias públicas proporcionales ni criterios visibles que expliquen cómo se certifica a un umpire, cómo asciende, cómo se evalúa su desempeño con umbrales claros (porcentaje de acierto, decisiones revertidas, consistencia), cómo se le asignan responsabilidades y qué ocurre cuando falla de manera reiterada. Se mide, pero no se comunica; se evalúa, pero no se transparenta; se corrige, pero no se explica. Y ahí la credibilidad se erosiona. El mensaje es claro: el sistema puede equivocarse… y no pasa nada. Puede haber impacto en un juego, en una serie, en un campeonato… y no pasa nada. Puede existir evidencia contundente… y no pasa nada. Eso ya no es tolerancia: es permisividad. Y es también resistencia de quienes se benefician de la opacidad, de estructuras que prefieren un modelo sin comparativos públicos, sin métricas visibles y sin consecuencias verificables, porque transparentar no solo exhibe errores: exhibe responsabilidades. 

El beisbol profesional no solo necesita bajar la estadística de errores arbitrales y posibles castigos ejemplares para satisfacer al público; necesita coherencia: si el rendimiento se mide, debe tener efectos; si el error se repite, debe corregirse con consecuencias progresivas -ajuste, reentrenamiento, pérdida de asignaciones y, en casos reiterados, sanción- y también reconocer con amplitud a quienes sí hacen bien las cosas y sostienen el estándar. De lo contrario, todo lo demás -tecnología, revisión, discurso de precisión- se queda en simulación. Porque medir sin actuar no es mejorar el juego: es simplemente registrar cómo falla.

En un entorno donde todo puede evaluarse, lo único que no puede seguir siendo intocable es la responsabilidad. El problema ya no es que el umpire falle: es que el sistema lo permita… sin costo. Y en ese punto, el riesgo ya no es el error: es la credibilidad misma del beisbol.

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