El elefante en la sala: la simulación de la justicia
Invocar la legalidad sin anteponer la justicia es una de las trampas más peligrosas del razonamiento político. La diferencia parece pequeña, casi técnica, pero termina abriendo la puerta a la simulación. Porque cuando la ley pierde su raíz moral, deja de ser una expresión de la comunidad y se convierte apenas en un mecanismo para administrar intereses, venganzas y cuotas de poder. Y entonces comienza a corromperse no sólo el funcionamiento de las instituciones, sino el sentido mismo de la convivencia. Eso nos sucedió. Y habrá que reconocerlo. Ese es el verdadero elefante en la sala mexicana.
Mientras avanzábamos en la construcción de una economía más dinámica, consolidábamos instituciones democráticas y mirábamos al mundo con optimismo, dejamos que algo esencial se deteriorara silenciosamente. Nuestros tribunales, fiscalías y cuerpos policiales comenzaron, poco a poco, a apartarse de su misión original de garantizar justicia para transformarse en administradores de intereses ocultos detrás de interpretaciones torcidas de la legalidad. La confianza pública empezó entonces a evaporarse como agua bajo el sol.
La corrupción dejó de ser únicamente un conjunto de actos ilícitos para convertirse en una atmósfera moral. Entró en los hábitos cotidianos, en el lenguaje, en la resignación colectiva. Fue erosionando el vínculo invisible que mantiene unida a una sociedad: la convicción de que las reglas valen para todos y de que la verdad puede abrirse paso.
Y así, casi sin advertirlo, dejamos que se instalara otra idea todavía más peligrosa: la de que el mérito ya no importa, que el esfuerzo rara vez tiene recompensa y que la honestidad suele terminar derrotada por la astucia. Entonces apareció una forma silenciosa de cinismo colectivo y la desconfianza se volvió una segunda naturaleza nacional. Detrás de muchas de las crisis de violencia, impunidad e inseguridad que hoy enfrentamos, existe precisamente esa fractura moral largamente acumulada.
Hace casi dos siglos, Søren Kierkegaard advirtió un peligro semejante. Comprendió antes que muchos que la gran amenaza para las sociedades modernas no era solamente el autoritarismo visible, sino la pérdida gradual de la interioridad moral.
Kierkegaard temía un mundo donde los individuos terminaran refugiándose en la comodidad de la multitud, diluyendo su responsabilidad personal detrás de ideologías, partidos, burocracias y discursos colectivos. Un mundo donde los hombres dejaran de preguntarse qué es correcto para limitarse únicamente a preguntar qué les conviene.
Y quizá allí se encuentra una parte central de nuestro problema contemporáneo: nos hemos acostumbrado demasiado a la simulación de la justicia. A simular combate a la corrupción, las investigaciones, la transparencia la imparcialidad y a simular legalidad mientras el deterioro continúa avanzando bajo la superficie.
Para Kierkegaard, la justicia comenzaba en la capacidad de reconocer al otro como un semejante. Amar al prójimo —en el sentido radical que proponía— significaba precisamente eso: dejar que el otro sea; reconocer su dignidad sin aplastarla bajo el peso del interés, de la ideología o de la simulación formalista.
La historia mexicana demuestra que las redes de impunidad sostenidas en la simulación sobreviven incluso a los cambios de régimen, de partido y de narrativa política. Sobreviven porque encontraron terreno fértil en una cultura donde demasiadas veces el éxito se admira más que la integridad y donde la astucia suele celebrarse por encima del deber.
Es imperativo ahora reconstruir la confianza moral que nos permita reconocernos a nosotros mismos. Fortalecer algunos vínculos invisibles: la palabra empeñada, la honestidad cotidiana, el sentido del deber y la convicción de que existe algo superior al interés inmediato.
Cuando esos vínculos se rompen, aparece la simulación. Y la simulación es quizá la forma más sofisticada de corrupción: aparentar justicia mientras se vacía de contenido.
México vive hoy un momento decisivo precisamente porque enfrenta simultáneamente dos tentaciones destructivas: la resignación y el odio. La resignación que normaliza la corrupción como si fuera un destino inevitable. Y el odio que convierte la justicia en revancha.
Ninguna de las dos fortalece a la República.
La justicia auténtica exige algo mucho más difícil: carácter moral. Exige reconocer los problemas sin maquillarlos y recuperar una idea más alta de comunidad nacional.
Kierkegaard comprendió que las sociedades terminan destruyéndose cuando los individuos renuncian a la responsabilidad de pensar moralmente por sí mismos y dejan la legalidad a merced de los intereses y de la fuerza. Tal vez por eso su lección resulta hoy tan pertinente para México.
Perder nuestra capacidad de indignación ante la corrupción y la violencia sería la forma más peligrosa de rendición. Y porque toda reconstrucción verdadera de la justicia comienza por reconocer el tamaño del problema que representa la simulación de la justicia.