De boulevard a cantina
Hoy, para buena parte de las nuevas generaciones, la avenida Chapultepec es sinónimo de fines de semana nocturnos, cerveza barata y botanas compartidas en la banqueta.
Tiene incluso un verbo propio: chapultepequear. La cervecería más famosa de la ciudad nació aquí, adoptando el nombre de la avenida como marca. Cada viernes y sábado, las calles alrededor se convierten en una extensión del espectáculo: autos en doble fila, mesas improvisadas sobre la banqueta, música a todo volumen, humo de fritanga de innumerables puestos callejeros y un flujo constante de cuerpos que llegan a consumir la noche.
Ese ecosistema no vive sólo de bares y restaurantes. Lo acompaña una fauna periférica que todos reconocen: franeleros que administran la vía pública como si fuera de su propiedad, personajes que vigilan discretamente la zona, vendedores ambulantes que aprovechan la concentración de gente. Donde se vende alcohol, es sabido, se vende algo más. Y donde se acumula la euforia alcohólica, aparecen también las riñas, los altercados y los pequeños episodios violentos del fin de semana.
Para quienes habitan la zona, la experiencia es menos pintoresca. El ruido constante, el escándalo que crece con las horas y la sensación de vivir dentro de un parque temático del exceso terminan por erosionar cualquier vocación residencial. Lo sé por experiencia: viví a dos cuadras de la avenida, sobre Efraín González Luna. Aguanté nueve meses. Con tres niños pequeños, Chapultepec no era un lugar habitable. Era un escenario ajeno.
Y, sin embargo, no siempre fue así.
Antes de ser Chapultepec, esta avenida fue el Boulevard Lafayette, nombre que remitía a un proyecto urbano distinto: el de la Colonia Americana, que englobaba a las antiguas colonias Reforma, Francesa y Americana, concebidas como el nuevo territorio residencial de la burguesía tapatía de principios del siglo XX. Allí se levantaron villas y chalets rodeados de jardines, impulsados por empresarios extranjeros como Luis Gas o Enrique Choistry; así como por familias locales como los Martínez Negrete o Sabino Orozco.
Era el extremo poniente de la ciudad, un límite casi campestre al que se llegaba en tranvía, infraestructura que los propios desarrolladores financiaron para facilitar la venta de lotes. Para los años veinte, muchas familias acomodadas abandonaron el centro histórico para mudarse a estas colonias. El Boulevard Lafayette, con sus grandes fresnos y calles empedradas, se convirtió en un paseo dominical: apellidos compuestos, caminatas lentas, una tranquilidad provinciana que contrastaba con el bullicio comercial del centro.
Hacia 1950, la expansión de Guadalajara volvió a empujar a las élites aún más al poniente: Jardines del Bosque, Ladrón de Guevara, más tarde Providencia. Chapultepec comenzó a llenarse de oficinas, comercios y servicios. Muchas casas sobrevivieron un tiempo. Otras no. Las grandes mansiones en las esquinas de Vallarta y Chapultepec se transformaron en casinos, salones de eventos y, finalmente, durante los años sesenta y setenta, desaparecieron bajo la piqueta. En su lugar surgieron edificios de oficinas que aún hoy dominan ese cruce.
La avenida perdió su carácter residencial, pero conservó durante un tiempo cierta dignidad urbana. Hace unos quince años llegó la última mutación: restaurantes de comida barata, promociones de alitas y cervezas, la colonización del ocio nocturno de bajo costo. Las oficinas se desplazaron a otros corredores. Chapultepec se volvió más “democrática”, sí, pero también más ruidosa, más agresiva con su entorno. Lo que antes invitaba al paseo bajo la sombra de los árboles fue cediendo ante una lógica de consumo rápido y desechable.
Las ciudades cambian; es inevitable. Pero los barrios también tienen carácter, y ese carácter es un capital urbano frágil. Cuando la transformación económica ocurre sin cuidado por la arquitectura, el espacio público y la vida cotidiana de quienes habitan el lugar, el éxito se vuelve autodestructivo. Como un parásito que termina por matar al huésped del que depende, Chapultepec corre el riesgo de devorar aquello mismo que la hizo atractiva: su condición de paseo, de lugar, de avenida vivible.
La pregunta no es si Chapultepec debe cambiar. La pregunta es si puede hacerlo sin dejar de ser ciudad.
No estamos peleados con el comercio de vinos y licores en la avenida Chapultepec. Por el contrario, hay algo profundamente valioso en que la calle se viva y se convierta en un espacio de convivencia para una generación que, en muchos sentidos, ha desplazado la socialización hacia las pantallas. La música, el encuentro casual, la conversación extendida en la banqueta: todo eso sigue siendo ciudad.
Pero esa vitalidad no debería estar reñida con el respeto al patrimonio construido, a las fachadas históricas, ni con la identidad acumulada del barrio. La vida nocturna puede coexistir con la arquitectura; el consumo con la memoria; la fiesta con la ciudad. Lo que está en juego no es la actividad, sino su forma. Porque cuando una avenida pierde su contexto, deja de ser un lugar y se convierte, simplemente, en un ruido.