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CRISPR: las tijeras del ADN y el dilema de corregir la vida

Pocas cosas pueden fascinarnos más que las historias de creación. Algunos encuentran consuelo en la idea de que el universo surgió del azar; otros —quizá la mayoría a lo largo de la historia— hemos preferido pensar que todo responde a una inteligencia creadora. Tal vez por eso sentimos una pulsión casi irresistible por imitarla. Nos gusta jugar a ser esa inteligencia superior para construir y crear, dándonos la plena satisfacción de dejar una huella en el mundo, por muy pequeña que sea.

La literatura lleva más de un siglo advirtiéndonos sobre este impulso. H. G. Wells imaginó hombres invisibles y máquinas del tiempo; Mary Shelley nos escribió sobre el castigo de jugar a ser Dios; Julio Verne nos llevó a viajes imposibles. Y es que todas estas historias compartían un límite claro: la creación ocurría en la ficción. Hoy, ese límite se ha desplazado a un plato de Petri.

Vivimos en una época en la que la tecnología nos permite intervenir cada vez más temprano y de manera más profunda en la vida humana. En ese contexto, la posibilidad de tomar decisiones genéticas antes del nacimiento deja de ser una abstracción científica y se convierte en una realidad.

La tecnología que lo hace posible se llama CRISPR-Cas9. Explicada de forma sencilla, funciona como unas tijeras capaces de leer el ADN humano y cortar fragmentos específicos de esa información. El ADN, al final, no es más que un larguísimo texto escrito con cuatro letras —A, T, G y C— repetidas miles de millones de veces. Durante décadas supimos que ese texto existía, pero no sabíamos leerlo.

Eso cambió con el Proyecto del Genoma Humano, una proeza científica internacional que entre 1990 y 2003 logró descifrar ese libro completo: unos tres mil millones de “letras” genéticas. Tener el mapa en las manos fue el verdadero punto de quiebre. La compleción del proyecto rompió el techo de cristal que permitió dar el salto hacia la medicina personalizada, las pruebas genéticas predictivas, la farmacogenómica y la identificación de genes asociados a enfermedades.

CRISPR-Cas9 es el siguiente paso: el Microsoft Word frente a la máquina de escribir, la posibilidad de editar el texto en tiempo real.

Uno de los ejemplos más representativos de los alcances de esta tecnología es el del gen CCR5, que codifica la “puerta de entrada” a las células del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). Una vez detectado el gen, las “tijeras” de CRISPR-Cas9 pueden recortarlo y borrarlo de forma deliberada. Esta tecnología es especialmente eficaz en enfermedades monogénicas, causadas por un solo gen susceptible de ser reparado o eliminado por completo, como la fibrosis quística (gen CFTR) o la hipercolesterolemia familiar (gen PCSK9).

El problema es que estas herramientas son tremendamente poderosas. Si tenemos la capacidad de modificar la estructura genética de una persona incluso antes de nacer, ¿qué impediría que esas modificaciones respondieran a criterios eugenésicos o a percepciones superficiales de superioridad, y no a una noción auténtica de salud? Consciente de este riesgo, el Proyecto del Genoma Humano destinó desde su origen una parte de su presupuesto a la creación del ELSI Program (Ethical, Legal and Social Implications). Fue la primera vez en la historia de la ciencia que un proyecto incorporó ética, filosofía, derecho y antropología como parte estructural, y no como una reflexión posterior. Porque, contrario a lo que nos gustaría pensar, el dilema ético es mayor de lo que creemos. No es lo mismo intervenir para evitar una enfermedad grave que hacerlo para responder a ideales de perfección o superioridad.

Las tijeras no distinguen entre curar y diseñar. Solo cortan donde se les indica. Precisamente por eso, el verdadero peligro nunca fue la tecnología, sino la tentación —profundamente humana— de decidir qué vidas merecen ser corregidas.

@luciachidan

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