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Buenos días tengan sus mercedes

Hace muchos años, era común la salutación que intitula mi artículo: “Buenos días tengan sus mercedes” dirigiéndose a un grupo de personas y cuando se saludaba a una en particular, la fórmula era la misma pero en singular: “Buenos días tenga su merced” y por las noches el saludo era “Santas y buenas noches tengan sus mercedes” expresiones provenientes de generaciones anteriores.

Y es que, en aquel tiempo, como dicen las Sagradas Escrituras, la educación, el comedimiento y la cordialidad eran sellos distintivos de la buena crianza, independientemente de la posición social o capacidad económica, porque si bien la aristocracia tenía finos modales, quienes pertenecían a estratos sociales considerados más bajos también eran personas muy educadas.

Porque el saludo ha sido y será siempre una llave maestra; abre todas las puertas. Nada hay más desagradable que una persona zafia, que cree merecerlo todo y que no atina a saludar cuando llega a algún lugar o no responde al saludo de los otros y si algo molestaba a nuestros padres, era que permaneciéramos en silencio ante un saludo o no llegáramos con el saludo por delante mostrando así nuestros buenos modales.

La educación se reflejaba hasta en el vestir. Hace muchos años el uso del sombrero en hombres y mujeres era generalizado. El sombrero nos daba y les daba a ellas un aspecto más distinguido. Los de los caballeros eran de fieltro en su mayoría, negro, café, gris y azul con una cinta de seda enmoñada alrededor de la copa, en tanto que los que usaban las mujeres eran mucho más sofisticados, con cintas de satín, seda o terciopelo, velos, coronas de pedrería, plumas, bordados, tul y accesorios diversos que las hacía lucir muy hermosas.

Había una reglita que se observaba siempre: caballero bajo techo, sombrero en el pecho, porque se consideraba una falta de educación estar en un lugar cerrado con el sombrero puesto, lo que no acontecía en el caso de las damas que podían estar en un salón con su sombrero.

Se usaba sombrero de fieltro en otoño e invierno, en tanto que el Panamá era el apropiado para la primavera y el verano; mi padre y mi abuelo compraban sus sombreros en la Ciudad de México, en la famosa Sombrerería Tardán, que estaba ubicada justo enfrente de Palacio Nacional; de moda en esos tiempos había un anuncio que decía: “De Sonora a Yucatán, se usan sombreros Tardán”. ¿Lo recuerdan?

Cuando se cruzaba en la calle con una persona mayor o una dama, se descubría la cabeza o al menos se tocaba la punta del sombrero en señal de respetuoso saludo. Era una descortesía tener cubierta la cabeza estando una dama presente, y lo mismo sucedía cuando se pasaba frente a un Templo, se descubría la cabeza y al menos se santiguaba, también se quitaba el sombrero cuando pasaba un cortejo fúnebre. Esa costumbre sigue presente en las poblaciones del interior del Estado y así cuando pasa el cortejo o si lo van acompañando, los hombres se quitan el sombrero.

Los aficionados a las corridas de toros quizá recuerden que cuando algún torero o novillero se presentaba por primera vez en la Plaza de Toros, siempre hacía ese primer paseíllo desmonterado, porque la montera en la mano era el respetuoso saludo inicial a la afición. Pequeños detalles que como decía antes, se van perdiendo.

Antes del Concilio Vaticano II, cuando todavía se celebraba la misa en latín y de espaldas al pueblo, a diferencia de los caballeros que invariablemente tenían que despojarse del sombrero, las mujeres podían ingresar a la Iglesia con sus sombreros o tocados; fotografías de la época nos muestran a la desposada y sus damas de honor y madrinas con sus elegantes sombreros.

Los hombres debían estar en el templo con la cabeza descubierta, sin sombrero o boina, y las mujeres en cambio se la cubrían con mantillas, pañoletas o chales y las que usaban rebozo se cubrían su cabeza con él; muchas ocasiones llegué a ver señoras que olvidaban la mantilla o la pañoleta y el marido tenía que prestarles su pañuelo para poder ingresar al templo.

Volviendo a los saludos, tanto en el seno familiar como en las escuelas, era una regla de urbanidad inculcada a los pequeños, el saludar siempre a los mayores y contestarlo siempre con voz fuerte y clara. Desafortunadamente hoy esa muestra de buena educación prácticamente no existe.

Personalmente he experimentado la decepción de no recibir la contestación de mi saludo, sobre todo en jóvenes y en el caso de los niños, los papás no se preocupan por decirles a sus hijos: “hijo, contéstale al señor” como se usaba en mis tiempos y no son cuestiones de modernidad sino de urbanidad, detalles de buena educación que poco a poco se van perdiendo, de generación en generación. Una cosa es la sencillez y la practicidad y otra muy distinta es ser mal educado.

Los antiguos de la comarca se acordarán de aquel famoso compendio llamado “Manual de urbanidad y buenas maneras” de Manuel Antonio Carreño, escrito en 1853 y que a la fecha debiera ser el libro de cabecera en casas y escuelas para educar a los hijos, claro con las correspondientes adecuaciones a los tiempos actuales.

En el Manual de urbanidad y buenas maneras estaban las principales reglas de conducta, sociales y morales, que en esencia se siguen conservando, como por ejemplo el saludo, el uso de una vestimenta decorosa, el uso de un lenguaje apropiado y decente, sin palabras soeces ni frases de doble sentido, el comportamiento en lugares públicos, en la mesa, que sé yo, reglas simples que ya no son de etiqueta, son de simple educación, algo prácticamente imposible hoy día.

En la escuela primaria, mi libreta de calificaciones que me daban los viernes de cada semana para regresarla firmada por mis papás los lunes, contenía áreas de valoración como: aplicación, aseo, puntualidad, conducta y asiduidad y es que la educación era completa, no solo consistía en la adquisición de conocimientos sino que el civismo, la urbanidad, era elemento de complementariedad para una buena educación, incluso en la secundaria había una materia que se llamaba Civismo; hoy en las escuelas no se usa y en las casas los padres no les inculcan la buena educación a sus hijos.

Ojalá y usted querido lector, si tiene oportunidad, obséquiele a sus hijos o nietos las tres llaves maestras de la educación y que les abrirán muchas puertas: el saludo, el pedir las cosas por favor y el dar las gracias. La sociedad se lo agradecerá.

Gracias por su lectura, disfrute su café con bísquets crocantes, con mantequilla y mermelada de fresa y aquí los espero en EL INFORMADOR el próximo domingo si Dios quiere. Buenos días tengan sus mercedes.

lcampirano@yahoo.com

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