Bala perdida, sociedad perdida
Nada tiene que ver con el azar la “bala perdida” que mató a un pasajero del transporte público en GDL. Ese homicidio se gestó en una sociedad perdida.
La tarde de ayer, un camión de la ruta 186 invadió el carril de un auto tipo sedán sobre avenida Mariano Otero, a la altura de Jardines del Bosque, en Guadalajara. Allí comenzó un altercado vial, suponemos, entre volantazos y mentadas, que se alargó por poco más de un kilómetro.
Cuando el autobús se detuvo a recoger pasaje en la parada frente a la Expo Guadalajara, el ocupante del sedán disparó en dirección al chofer. Sin embargo, la bala entró por la ventanilla directa a la cabeza de un pasajero de 30 años que iba de pie cerca de la puerta. Lo mató al instante.
El gobernador Pablo Lemus condenó el hecho y confirmó que la víctima se trataba de Adrián Salinas Vázquez, vocero de las juventudes de MC en Tlajomulco e hijo de un regidor emecista en ese municipio.
No es la primera vez que escribo acerca del tema que llamó mi atención desde 2023, cuando traté de explicar este fenómeno en el texto “La violencia que ni vemos ni nombramos”.
Allí señalé que los homicidios derivados de altercados viales, que para ese momento ya eran constantes, pero se diluyen en el vértigo informativo, son producto de la violencia comunitaria entendida como esa agresividad latente en una sociedad estresada, individualista y en descomposición.
En 2024 hice otro recuento de casos tras un hecho en Zapopan, donde una mujer con tres meses de embarazo recibió un balazo en el vientre durante un incidente vial entre un automovilista, esposo de la víctima, y un motociclista.
En ese momento invité al lector a evitar a toda costa cualquier discusión al volante porque nunca sabes quién sacará un arma para saldar el diferendo con plomo.
El mes pasado regresé al tema al consignar aquí la historia de Lucy, una menor de 5 años baleada en el abdomen durante un altercado vial en Guadalajara cuando viajaba en el asiento trasero del carro que conducía su padre.
El agresor fue detenido cinco días después del ataque gracias a las cámaras del Escudo Urbano Jalisco. Su vivienda, cateada por la Fiscalía estatal, tenía objetos y motivos ligados a la narcocultura y el narcomenudeo.
En esta última entrega actualicé mi hipótesis al indicar que la violencia vial en realidad es “una expresión de esa otra violencia extrema que genera el mundo del narcotráfico y el crimen organizado”.
Muchas veces se trata de hombres dueños de un arma, envalentonados, dedicados a actividades ilícitas, que gozan de un aura de impunidad alimentada por la corrupción e inacción institucional.
De 2019 a junio de 2025, la Fiscalía estatal ha documentado 42 altercados viales en donde hubo al menos un herido o fallecido por arma de fuego. Son demasiados.
No llamemos azar o infortunio o intolerancia a lo que claramente es un patrón criminal y, casi siempre, una expresión más de la violencia homicida del crimen organizado.