México a 7 décimas de la narco-colombianización
Si a algún factor se debe la crisis desbordada de violencia e inseguridad que padecemos en el país en los últimos 30 años, ese es sin duda el crecimiento imparable del poder corruptor y de fuego de los cárteles y grupos de la delincuencia organizada que operan en México y que cada día controlan un mayor número de regiones del territorio nacional.
Basta recordar lo que ha pasado recientemente en Teocaltiche, en la zona de los Altos de Jalisco, donde por las constantes balaceras entre las mafias y el reclutamiento forzado de habitantes para nutrir sus filas de sicarios, se han dado desplazamientos de pobladores que prefieren dejar sus comunidades y sus patrimonios para salvar sus vidas; o el enésimo envío de tropas militares para tratar de recuperar comunidades como Aguililla en Apatzingán o el municipio de Tepalcatepec, en el vecino estado de Michoacán; o la ola de asesinatos en Zacatecas, entre otros muchos ejemplos.
Y lo grave es que los desafíos del narco no sólo se dan ya en comunidades rurales como esas sino que cada vez ocurren más en las más grandes ciudades del país, como pasó con el intento de asesinato de Omar García Harfuch, secretario de Seguridad de la Ciudad de México; el tránsito y asesinatos de grupos armados en horas pico en las zonas más exclusivas del área metropolitana de Guadalajara; y homicidios de alto perfil como el del constructor Felipe Tomé y el ex gobernador Aristóteles Sandoval en Puerto Vallarta.
Esto se debe a la infiltración de las mafias en la dinámica social, que no sólo gana cada vez más espacios en gobiernos, policías y la iniciativa privada, sino también avanza su arraigo en comunidades que les dan protección y cabida, hasta que terminan en territorios fallidos.
El crecimiento de este lastre en México se confirma en el Índice Global de Crimen Organizado 2021, elaborado por la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional, publicado esta semana y que ubica a México en el cuarto lugar de los países con mayor puntuación de criminalidad en el mundo, por experimentar conflictos y diversas fragilidades institucionales, que degeneran en un país asolado por la violencia y el crimen organizado, por lo que, entre otras cosas, fue declarado el más peligroso del mundo para los periodistas.
Si alguna vez temíamos que México iba directo a la “colombianización” por los graves niveles de violencia que provoca el narco en aquel país sudamericano, pues el futuro nos alcanzó porque este estudio nos coloca a solo siete décimas de Colombia, que aparece con 7.66 en segundo lugar y México con 7.56 en cuarto. En primer logar está el Congo con 7.75, en tercero Myanmar con 7.59, y en quinto Nigeria con 7.15 puntos.
Este exhaustivo trabajo, que presenta 10 capítulos y tres apéndices en 188 páginas, recomienda entre otras cosas que México debe poner especial atención en sus extensas costas marítimas que lo hacen vulnerable al tráfico de drogas, pesca ilegal, trata y contrabando de personas en la que destaca México junto con Panamá; combatir el mercado de armas interno, desde y hacia Estados Unidos y Centroamérica que causa enormes niveles de violencia, y enfrentar los mercados medioambientales ilegales de minerales, maderas, combustibles, flora y fauna.
Sin duda, este documento puede ser un plan de vuelo que guíe al gobierno de la 4T a corregir su fallida política de los abrazos y no balazos con los que pretendía combatir a la delincuencia organizada. Porque no hacer frente con eficacia al crimen organizado, advierte el informe, pone en riesgo la democracia y el Estado de Derecho, como a todas y todos los mexicanos nos queda ya más que claro.
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