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La Pax narca no es paz

Uno de los datos que más ha sorprendido a raíz de los acontecimientos violentos de los últimos meses en Puerto Vallarta es que esta ciudad lleva años entre las cinco más seguras del país, de acuerdo con la encuesta de percepción del Inegi. La gente de Vallarta se siente segura y efectivamente sus índices delictivos son bastante aceptables, por decirlo de alguna manera, en un país y un Estado donde la violencia es el tema recurrente en la sociedad.

Lo que ha pasado en Vallarta en los últimos años es que vive eso que llamamos Pax narca, un periodo de reducción de los delitos merced al control que ejerce sobre la plaza un solo grupo delictivo. Puerto Vallarta vivió momentos complejos en el sexenio de Emilio González Márquez como gobernador y Felipe Calderón como presidente, mientras que el resto del Estado y particularmente la zona Metropolitana de Guadalajara vivía su mejor época en años. La explicación es muy sencilla; mientras Vallarta era el punto de choque entre el cartel de Sinaloa y la pretendida expansión de los Zetas desde Nayarit, en Guadalajara el control absoluto de la plaza la tenía Ignacio Coronel y nadie le disputaba el mando. Paradójicamente, la pérdida de la Pax narca de Guadalajara comenzó con el asesinato de uno de los hijos de Coronel en Puerto Vallarta.

Construir la paz, como hemos visto en países que han logrado avanzar en ello, pasa principalmente por reconstruir lentamente las instituciones de seguridad y de justicia

La seguridad de Puerto Vallarta es, pues, tan ficticia como lo fue la de la Guadalajara de los primeros años del siglo. Si algo hemos de aprender es que nada hay más falso que la Pax narca, pues es en esos momentos de aparente paz en los que el crimen organizado corroe con mayor fuerza a las instituciones. La falta de respuesta de la Policía municipal, la ausencia de la Policía del Estado y la pasividad de los destacamentos de la Marina y el Ejército en Puerto Vallarta deberían al menos llamar la atención. En Vallarta nadie parece inmutarse de que haya gente armada en los antros, que se paseen los convoy de autos blindados por las calles, que haya cada vez más gente involucrada en la venta de servicios ilegales, sea droga, prostitución o pornografía infantil. La Pax narca no existe sin complicidad.

Construir la paz, como hemos visto en países que han logrado avanzar en ello, pasa principalmente por reconstruir lentamente las instituciones de seguridad y de justicia. Poner la seguridad en manos del crimen organizado, como parece estar sucediendo en Puerto Vallarta, da resultados en lo inmediato, pero tiene un altísimo costo en el mediano y largo plazo, pues no sólo habrá que reconstruir las instituciones, sino el tejido social que queda sumamente dañado.
Entendámoslo de una vez por todas: la Pax narca no es paz.

diego.petersen@informador.com.mx

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