Credibilidad infectada
A diferencia de lo que hizo el presidente López Obrador, que nombró un vocero para la pandemia de COVID-19, el gobernador Enrique Alfaro decidió ser él la cara de las políticas de salud en Jalisco. El protagonismo le dio a Alfaro una gran visibilidad y creció en popularidad: ningún gobernador le sacó tanta raja política al problema de la pandemia como él.
Pero nada hay más traicionera y poco confiable para un político que la realidad. En cosa de días la epidemia de COVID-19 acabó con López-Gatell y revolcó a Alfaro. El vocero presidencial para la pandemia que en abril y mayo era el ídolo nacional, rockstar de la salud, portada de las revistas de sociales y candidato a galán de telenovela es hoy el personaje favorito de los cartonistas, no pasa de payaso y el domingo rompió récord de desatención; sólo un reportero acudió a su rueda de prensa vespertina. Bueno, con decir que ya ni la gobernadora de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, lo pela. El gobernador Alfaro, por su parte, en ese afán por hacer cosas distintas que le dieran notoriedad terminó haciéndose bolas, y al final cometió un error de primaria, pero error al fin (salir a un restaurante a cenar justo cuando la pandemia comenzaba la segunda y más devastadora ola en el Estado) y terminó perdiendo toda credibilidad en el momento en que más se necesitan políticas públicas y liderazgo para enfrentar la pandemia.
La credibilidad está infectada y eso limita la capacidad de los gobiernos, estatal y federal, para generar políticas públicas de contención de la pandemia
Los números de Jalisco, es cierto, son mejores que el promedio nacional en casi todos los rubros de manejo de la epidemia, pero como lo dijimos desde el principio, cantar victoria antes de tiempo, compararse con otros estados para destacar la actuación del gobierno y particularmente del gobernador era, además de presuntuoso, altamente riesgoso políticamente. Merced a errores de comunicación y contradicciones en el discurso, hoy vemos en Jalisco las calles y las plazas comerciales llenas, los contagios al alza, las hospitalizaciones incrementándose a una velocidad galopante, las muertes en el punto más alto durante la última semana y a un gobernador desacreditado para emitir uno más de sus típicos video regaños.
En las últimas dos semanas del año y las primeras del año nuevo podríamos ver hospitales llenos, y un sector salud rebasado e incapaz de dar respuesta a una situación que ya está en marcha. Cuando más se necesitan políticas claras de sana distancia, reducción de movilidad, uso de cubrebocas, información confiable sobre capacidad hospitalaria, apoyo a trabajadoras y trabajadores del sector salud no hay quién tenga la fuerza para hacerlo. La credibilidad está infectada y eso limita severamente la capacidad de los gobiernos, estatal y federal, para generar políticas públicas de contención de la pandemia.
diego.petersen@informador.com.mx