Cultura

Testigos silenciosos de la historia: los objetos y su ciclo de vida

Las formas, materiales y funciones a las cosas de épocas pasadas son reflejo de cómo sus creadores y usuarios entendieron el mundo

¿Es posible reconstruir la historia de vida de un objeto? Y, si esto es factible: ¿De qué sirve a la sociedad? Generalmente, las biografías están dedicadas a exaltar a personas que han realizado alguna labor destacada en el campo científico, tecnológico, social, espiritual o bien han realizado hazañas que trascienden la capacidad física y/o emocional de la supervivencia humana. No obstante, los objetos también tienen una vida que contar.

Desde tiempos inmemoriales, los grupos humanos han creado todo tipo de objetos, tanto para subsistir, como para expresarse. Las formas, materiales y funciones a las que estos artefactos se han destinado, son a la vez reflejo de cómo sus creadores y usuarios han entendido el mundo. Conforme el paso del tiempo, algunos de ellos logran conservarse y trascender debido a la importancia o valor que les conceden individuos de su mismo contexto cultural o de otro distinto. No hay que olvidar que los objetos pueden “vivir” mucho más tiempo que las personas. Algunos alcanzan cientos o miles de años, como ocurre con los artefactos prehistóricos. Esta es la razón por la que tantos objetos, llámense obras de arte o bienes culturales han llegado hasta nosotros desde tiempos y lugares remotos. Muchos de ellos hoy llenan con su enigmática presencia los estantes y vitrinas de nuestros museos.

La historia del arte y la restauración son dos disciplinas humanísticas dedicadas a estudiar este devenir, siendo su tarea principal identificar, organizar e interpretar todo este cúmulo de acontecimientos y significados. Los especialistas trabajan para ofrecer a la sociedad una lectura, lo más certera posible, que dé cuenta de estas trayectorias y sus implicaciones socio-culturales pasadas y presentes. Sobre la base de estos estudios podemos comprender, por ejemplo, las gestiones y valoraciones que mediaron para que en 1918 se trasladara para la fundación del Museo Regional de Guadalajara una importante colección de pinturas del periodo virreinal procedente de la antigua Academia de San Carlos de México. Y, derivado de ello, preguntarnos: ¿Qué significan hoy estas pinturas para el público jalisciense? ¿Cuál es la mejor manera de estudiarlas, conservarlas y presentarlas? O bien, cuál es la razón de que una pintura de principios del siglo XVII que representa a la Inmaculada Concepción restaurada en 1975 haya quedado erróneamente registrada en el inventario del museo como Regina Coeli y cincuenta años más tarde haya sido reivindicada en su primera iconografía a raíz del trabajo de archivo realizado por un historiador del arte. ¿Qué nos transmite hoy esta pintura? ¿Debemos situarla únicamente como parte de las devociones marianas tradicionales? ¿O también entenderla como un objeto inmerso en una red de interacciones que la transforman una y otra vez?

Descifrar el ciclo de vida de los objetos, por tanto, permite entender distintos aspectos del contexto socio-cultural en el que se originaron, los agentes involucrados en su creación, la función que desempeñaron y, posteriormente, la manera en que fueron adoptados, usados, abandonados, restaurados y resignificados por otros usuarios con fines diversos. Los objetos son testigos silenciosos de la historia. A través del estudio de sus trayectorias podemos comprender los sentidos y sinsentidos que forman parte de nuestra manera de ser, de nuestra identidad, de lo que hemos sido y lo que aspiramos a ser.

PARA SABER

Esta entidad está compuesta por aspectos de índole multicultural que durante su proceso evolutivo ha forjado de manera distintiva su identidad. Sus habitantes como parte esencial de sus componentes producen la herencia cultural material e inmaterial, representada por su entorno natural, arquitectura, urbanismo y tradiciones, los cuales, se encuentran sujetos a un proceso constante de adaptación a los tiempos modernos.

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