Cultura

Los vecinos invisibles: La fauna silvestre que aún habita en el Área Metropolitana de Guadalajara

No se trata de apariciones aisladas: su presencia responde a una compleja red de ecosistemas que permite a los animales desplazarse, alimentarse, reproducirse y mantener poblaciones viables 

Es fácil pensar que el Área Metropolitana de Guadalajara (AMG) termina donde concluyen las avenidas, los fraccionamientos y los edificios. Sin embargo, basta mirar hacia las montañas, las barrancas y los bosques que rodean la ciudad para descubrir otra geografía, una donde los habitantes no aparecen en los censos urbanos y donde el territorio continúa siendo compartido por decenas de especies silvestres.

Pumas, coyotes, ocelotes, venados cola blanca, halcones peregrinos, armadillos, mapaches, tlacuaches, carpinteros belloteros, codornices de Moctezuma y tortugas casquito forman parte de esa biodiversidad que todavía encuentra refugio en distintos puntos de la metrópoli.

Lejos de tratarse de apariciones aisladas, su presencia responde a una compleja red de ecosistemas conectados que permite a los animales desplazarse, alimentarse, reproducirse y mantener poblaciones viables. Esa es una de las principales conclusiones del Estudio de Conectividad Ecológica del Área Metropolitana de Guadalajara (2023), elaborado por el Instituto Metropolitano de Planeación (Imeplan), cuya cartografía identifica las principales áreas donde aún sobrevive buena parte de la fauna silvestre del AMG.

El mapa presenta una muestra representativa de las especies registradas en seis áreas núcleo del AMG. Entre ellas aparecen pumas, coyotes, ocelotes, venados cola blanca y diversas aves y reptiles que permiten dimensionar la riqueza biológica de la región.

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Los animales con los que vivimos

Uno de los espacios más importantes es el Bosque La Primavera, considerado desde hace décadas el principal pulmón natural del occidente mexicano. Además de sus extensos bosques de pino y encino, este ecosistema alberga especies emblemáticas como el coyote (Canis latrans) y el venado cola blanca (Odocoileus virginianus), dos mamíferos que desempeñan un papel fundamental dentro del equilibrio ecológico del bosque. Aunque pocas personas llegan a observarlos durante sus recorridos, ambos mantienen poblaciones estables gracias a la amplitud del área protegida y a la conservación de su cobertura vegetal.

Más al norte aparece Sierra Tesistán, donde el estudio del Imeplan registra la presencia del armadillo de nueve bandas (Dasypus novemcinctus) y de la codorniz de Moctezuma (Cyrtonyx montezumae). El primero es un mamífero nocturno que suele excavar madrigueras y alimentarse de insectos, mientras que la codorniz representa una de las aves más características de los pastizales y matorrales del occidente mexicano.

La Barranca del Río Verde y Santiago constituye otro de los corredores ecológicos más relevantes para la fauna regional. Sus pendientes escarpadas, la vegetación tropical y la relativa dificultad de acceso han permitido conservar especies que requieren grandes extensiones de territorio. Entre ellas destaca el puma (Puma concolor), el felino más grande que aún habita la región. Aunque su presencia suele despertar sorpresa, los especialistas recuerdan que estos animales evitan el contacto con las personas y utilizan principalmente las barrancas como corredores naturales para desplazarse entre distintos ecosistemas.

En esa misma zona también se ha documentado la presencia de la tortuga casquito (Kinosternon spp.), una especie de agua dulce asociada a cuerpos de agua y arroyos que sobreviven dentro de la barranca.

Hacia el oriente del Área Metropolitana, el estudio identifica al Cerro San Miguel Chiquihuitillo como refugio del ocelote (Leopardus pardalis) y del halcón peregrino (Falco peregrinus). El primero figura entre los felinos más discretos de América; de hábitos nocturnos y extremadamente reservado, rara vez es visto por los habitantes pese a vivir relativamente cerca de zonas urbanizadas. El halcón peregrino, por su parte, es reconocido como una de las aves más veloces del planeta durante sus vuelos de caza y encuentra en estas elevaciones un espacio propicio para anidar y alimentarse.

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Otro punto relevante es Zapotlán del Rey, donde nuevamente aparecen registros del puma, además del tlacuache (Didelphis marsupialis), un marsupial ampliamente distribuido en México cuya presencia suele pasar inadvertida debido a sus hábitos nocturnos. A pesar de la mala reputación que muchas veces carga injustamente, el tlacuache cumple funciones importantes como controlador natural de insectos y dispersor de semillas.

Al sur del AMG, el Cerro Viejo conserva poblaciones de mapache (Procyon lotor) y del carpintero bellotero (Melanerpes formicivorus). Este último constituye una de las aves más llamativas de los bosques templados de México gracias a su comportamiento cooperativo: almacena cientos de bellotas perforando troncos de árboles para garantizar alimento durante distintas épocas del año.

Más allá de señalar la presencia de determinadas especies, el estudio del Imeplan pone énfasis en otro aspecto menos visible: la necesidad de mantener conectados estos ecosistemas. Los animales no permanecen toda su vida en un solo punto; requieren desplazarse entre bosques, barrancas, cerros y zonas de vegetación para encontrar alimento, pareja o nuevos territorios. Cuando esos corredores desaparecen debido al crecimiento urbano, las poblaciones comienzan a fragmentarse y su supervivencia se vuelve cada vez más difícil.

Por ello, el mapa distingue áreas núcleo, corredores ecológicos, nodos intermedios y otros espacios relevantes para la biodiversidad. En conjunto forman una red que permite comprender la metrópoli desde una perspectiva distinta: no únicamente como un entramado de vialidades y colonias, sino también como un territorio compartido por especies que han habitado esta región mucho antes de que existiera la ciudad.

El propio Imeplan subraya que conservar esa conectividad ecológica resulta indispensable para proteger la biodiversidad y construir una metrópoli más resiliente, tanto para las personas como para la naturaleza.

En tiempos donde Guadalajara continúa expandiéndose hacia sus periferias, recordar la existencia de estos vecinos silenciosos implica reconocer que la ciudad no termina donde acaba el concreto. En las barrancas, montañas y bosques que todavía rodean la Zona Metropolitana persiste una vida silvestre que rara vez aparece ante los ojos de sus habitantes, pero cuya permanencia depende, en buena medida, de la conservación de esos últimos espacios naturales que aún permanecen conectados.

Con información de Imeplan.

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