Exposición “Imagofobias y cronofósiles”: el tiempo detrás de las pantallas
Con instalaciones, video y cine, Daniel Monroy Cuevas propone en el Museo Cabañas una reflexión sobre la memoria, la percepción y las tecnologías que transforman nuestra forma de mirar
Las pantallas ocupan buena parte de la vida cotidiana. El teléfono, la computadora, el cine, la televisión o los anuncios luminosos producen un flujo constante de imágenes que pocas veces concede tiempo para detenerse.
En ese territorio se mueve “Imagofobias y cronofósiles”, la nueva exposición individual de Daniel Monroy Cuevas, que fue inaugurada ayer en el Museo Cabañas con una propuesta que coloca la imagen en movimiento como punto de partida para reflexionar sobre la percepción, la memoria y el paso del tiempo.
La muestra reúne una selección de obras realizadas durante aproximadamente quince años de trayectoria, además de una pieza creada para el Museo Cabañas. La curaduría, a cargo de Daniel Montero, explora la relación entre imagen y memoria en un recorrido por algunas de las preguntas que han acompañado el trabajo de Monroy Cuevas: la imagen cinematográfica, los procesos de montaje, la luz, los dispositivos de proyección y la manera en que las tecnologías modifican nuestra forma de mirar.
“La exposición surge a partir de una invitación de Lorena Prieto, curadora en jefe del Museo Cabañas, quien nos propuso desarrollar una muestra que reuniera proyectos producidos durante los últimos quince años”, explicó Monroy Cuevas, conversando con EL INFORMADOR. “No se trataba de hacer una retrospectiva, sino de construir un recorrido que permitiera poner en diálogo distintas obras realizadas a lo largo de ese periodo y presentarlas desde una nueva perspectiva”.
La exposición se divide en dos recorridos. El primero reúne obras audiovisuales filmadas en distintas locaciones, donde paisaje, sonido y narrativa dialogan para mostrar la cámara como un agente activo en la construcción de la imagen. El segundo concentra instalaciones lumínicas realizadas con pantallas LED que exploran la fragmentación del píxel, la discontinuidad de la luz y otras posibilidades narrativas construidas desde el silencio. En el recorrido aparece el reloj digital cuya numeración resulta ilegible. No funciona como instrumento para conocer la hora, sino como un recordatorio de que toda imagen en movimiento posee una temporalidad propia.
Para Daniel Montero, el título de la exposición sintetiza esa inquietud. “Son dos conceptos que remiten directamente a la imagen en movimiento. La “imagofobia” alude a la posibilidad de que la imagen se aleje de su propia naturaleza a través del tiempo. Es precisamente el tiempo lo que permite que una imagen en movimiento adquiera una identidad que va mucho más allá de una imagen fija”, explica. “Los cronofósiles también hacen referencia al cine y a la imagen en movimiento como una forma de almacenar y capturar tiempo. Existe además un aspecto importante dentro de la exposición donde las imágenes aparecen fragmentadas, incompletas o en proceso de desaparecer. Ahí es donde la idea de imagofobia se vuelve más evidente”.
La reflexión se extiende también a los dispositivos que producen esas imágenes. Las videoinstalaciones, los proyectores y las pantallas dejan de ser simples soportes para convertirse en parte del discurso de la exposición. “La imagen en movimiento incorpora una dimensión temporal que otras disciplinas no poseen de la misma manera. Registrar un movimiento implica registrar también el tiempo en el que ese movimiento ocurre”, dice Montero. “La exposición no sólo reflexiona sobre las imágenes, sino también sobre las tecnologías que permiten producirlas y hacerlas visibles”.
La muestra no pretende responder si las personas han perdido la capacidad de observar con atención en un entorno dominado por pantallas. La pregunta, explica el curador, apunta en otra dirección. “La exposición no parte de la idea de que hayamos perdido la capacidad de mirar. Más bien se pregunta cómo se configura la mirada en el presente. Las piezas invitan precisamente a detenerse y contemplar. Una de las preguntas centrales es cuánto tiempo requiere realmente una imagen para ser vista. La exposición busca explorar las condiciones de la visualidad y de la visibilidad en nuestro tiempo”.
Ese interés por el tiempo también explica la presencia del reloj digital alterado que acompaña el recorrido. “El reloj propone un registro de tiempo propio de las obras. No mide minutos ni segundos de acuerdo con el tiempo cronológico convencional, sino que intenta responder al tiempo interno de la imagen. Lo que plantea este cronómetro es justamente cuestionar la normalización de las medidas del tiempo y mostrar que la exposición genera sus propias temporalidades”, explica Monroy.
Aunque buena parte de las piezas fueron producidas mediante herramientas digitales, Monroy Cuevas evita plantear una oposición entre las tecnologías actuales y los formatos analógicos. Dentro de la exposición conviven obras realizadas con video digital, una película filmada en 16 milímetros y una instalación construida únicamente mediante texto. “No hay una nostalgia como tal. Cada proyecto busca el formato que resulta más adecuado para desarrollar la idea que propone”.
Originario de Zapopan, Daniel Monroy Cuevas ha desarrollado una trayectoria centrada en las posibilidades de la imagen en movimiento y en los límites entre documental y ficción. Su trabajo ha sido presentado en distintos espacios nacionales e internacionales y ha convertido al cine, el video y la tecnología en herramientas para explorar la experiencia del tiempo dentro del arte contemporáneo.
Presentar esta exposición en el Museo Cabañas añade una dimensión personal al proyecto. “Estoy muy contento. De niño venía al Cabañas a tomar clases. Es un lugar que ha estado presente durante toda mi vida. No quisiera ponerme romántico, pero sigue pareciéndome un espacio muy especial. Además, el legado de José Clemente Orozco continúa siendo fundamental. Por todo eso me hace muy feliz que esta exposición haya podido desarrollarse aquí”, finaliza.