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Ya viene el Salvador

Llegó el Salvador para iniciar entre los hombres su obra redentora, en la humilde historia de un niño nacido en un portal de ganados

      Hoy empieza un nuevo año de la Iglesia. El destino del hombre es sobrenatural. No ha nacido sólo para crecer, nutrirse, conservar y reproducir la especie humana, y llegar a un final sin fin en la tumba. No es así. Hay en cada hombre, por insignificante que sea su paso por el tiempo, un proyecto de Dios, un proyecto de eternidad: vivir después de morir. La vida no termina, se transforma para vivir más allá del tiempo, una eternidad sin tiempo y sin las ataduras de la materia.
     Llegó el Salvador para iniciar entre los hombres su obra redentora, en la humilde historia de un niño nacido en un portal de ganados, en un pueblo pequeño, tan pequeño como para ni siquiera aparecer en las cartas geográficas, y en un país tan pequeño como una de tantas provincias dominadas por las legiones del emperador romano.
     Al recordar tan gran acontecimiento, los hombres cada año cantan y saltan de alegría, porque desde hace veinte siglos ya gozan de una realidad, la misma que fue promesa por siglos.

Viene El-que-había-de-venir

     Lo anunciaron los profetas; los patriarcas siempre desearon que el Mesías prometido naciera de su descendencia. Todos deseaban con ansias su llegada, y llegó; desde entonces ya es una gozosa realidad Emmanuel, Dios con nosotros.
     Cada año el pueblo cristiano se renueva en la fe por la misteriosa presencia del Dios y hombre; se goza en la esperanza porque no sólo Él es portador de la vida: Él mismo es la vida, y arde el fuego del amor, porque su llegada fue
la llegada del amor.
     Para celebrar esa gozosa llegada, la Iglesia, pueblo de Dios, se prepara y propone limpiar y adornar el camino en sentido espiritual, purificar los corazones e iluminar las voluntades, y así a nadie encuentre desprevenido
su venida de ahora en el tiempo.

Humildad y majestad

     La liturgia de este primer domingo, inspirada en la teología de San Pablo, manifiesta el contraste entre la primera y la última venida de Cristo.
     La primera, cuando viniendo en la humildad de la carne mortal, “realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación. La Antigua Alianza, por tanto, halló su consumación en cuanto había de manifestar el amor de Dios y el anonadamiento --empequeñecimiento-- de Cristo Señor”. (Fil. 2, 6).
     Mas, “cuando venga de nuevo” vendrá con gran poder y majestad. Este es el resumen de la historia del Misterio Pascual: las promesas tenían por objeto despertar la esperanza y formar en serio el compromiso de ser cristiano, de ser un elegido, un afortunado, de disfrutar la dicha de tener a un Salvador, al Redentor.

“Aviva, Señor, en tus fieles
el deseo de prepararnos a la
venida de Cristo, con la práctica
de las obras de misericordia”

     Así, con estas palabras ora la Iglesia en este primer domingo de adviento, tiempo de preparación.  
Pero que se avive el deseo de prepararse. El espíritu se aviva con el amor, y el amor se alimenta con el servicio, en dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar al enfermo, visitar al encarcelado, consolar al triste, escuchar al que quiere ser escuchado, perdonar, y mil maneras de tener paciencia en una tumultuosa ciudad como la nuestra, en donde todos quieren ser los primeros si van al volante y están prontos a la ofensa; y además una ley no escrita, mas impresa en las malas educaciones, y dice: “primero yo, enseguida yo y después y siempre yo”.
     El mes de diciembre es tiempo oportuno para practicar como obra grata a Dios la paciencia, y eso cada día. Paciencia con los muchos que con la mano extendida, situados en los cruceros y prontos, cuando el semáforo está en rojo, se lanzan a pedir una limosna.

Primero la justicia
y luego...

     Primero “darle a Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César” y al prójimo lo que es del prójimo; porque eso es dar una moneda --no de mucho valor-- al pordiosero, para silenciar la conciencia porque algo suena por allá
adentro, porque se recorta a los empleados porque en ciertos negocios no les ha ido como esperaban que les iría.
     La venida del Hijo de Dios pide ante todo quitar los obstáculos, las barreras, para que la gracia de Dios llegue como un torrente de vida.
El adviento es para que la Navidad encuentre a los creyentes más virtuosos, con fe ardiente, con esperanza, con justicia y adornados, después de la justicia, con buenas obras.

La actitud del cristiano
es mantenerse alerta

     Por esa razón el evangelio aclara que la Navidad es una historia de hace siglos, y es al mismo tiempo un anuncio hacia el futuro para que se viva siempre con esperanza, porque a cada uno y a todos aguarda el día de Dios.
También alerta para no confiar demasiado en lo que hoy se posee, no estar esclavizado a las cosas materiales. Hay que levantar la cabeza y mirar más allá de la crisis económica, del pesimismo, de las malas noticias, de todo eso. Material abundante hábilmente manejado por los medios masivos de comunicación, que crean un ambiente de pesimismo y hasta de angustia.
     El adviento es esperanza en Dios, y encontrarlo es agua si hay sed; pan si se está hambriento; reposo si el camino ha cansado; consuelo si el llanto corre por las mejillas, y una mano que acaricia y una voz que consuela.
     La alegría navideña trae olvido de muchas tristezas y de muchos rencores. La mejor Navidad es la mejor planeada y preparada. Alerta a mirar hacia arriba y buscar mejorarse y mejorar. No la rutina de días grises, sino la renovación, ser nuevos. Y caminar, caminar siempre, renovarse, sacudir el polvo. Así el adviento es un inicio, un nuevo impulso.

Jesús está viviendo
en cada minuto

     Entre su primera venida a integrarse en la historia de los hombres y la tercera, cuando tome cuenta y razón de todos y cada uno, está su continua maravillosa venida, que es presencia en medio de su pueblo.
     En este tiempo de frialdad científica, de apasionada entrega a lo técnico, con sus millares de aparatos, y a la búsqueda de lo atractivo, lo inmediato y lo fácil, se explica el poco interés de las multitudes hacia las verdades eternas, a volver el pensamiento y la voluntad a lo trascendental, a lo verdadero.
     Muchos celebran las “Posadas” sin entender y sin gustar el sentido profundo de la alegría, lo que da razón a estar contentos. El hombre a veces se contenta con esas cosas pasajeras, como las luces de colores, la pólvora quemada, que adornan fugazmente un cielo de fiesta.
     Cierto que el fin de año es también cita de reunión. Vuelven los ausentes y en torno a la mesa disfrutan, pero el ausente en la mesa es Cristo.
     El cristianismo es trascendencia, el cristianismo es amor y el amor es Cristo. Adviento como preparación y la Navidad como fiesta, como encuentro, tierne un modelo en los pastores. Apenas recibieron el anuncio del ángel, de que había nacido el Salvador, echaron carrera y no pararon hasta que contemplaron al recién nacido, le adoraron, le presentaron sus regalos y volvieron gozosos anunciando el prodigio. A Cristo presente se le adora, se le ofrecen dones de fe y amor.

Pbro. José R. Ramírez
   

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