Suplementos
“Y ellos, dejando las redes, lo siguieron”
Siempre, en la vida de cada hombre hay días alegres y días tristes; de unos y otros, los más significativos se llevan guardados en el almacén llamado memoria
Siempre, en la vida de cada hombre hay días alegres y días tristes; de unos y otros, los más significativos se llevan guardados en el almacén llamado memoria. Y también hay algún día muy señalado que bien se pudiera escribir con letras de oro.
Así, a cuatro sencillos pescadores de Galilea les aconteció algo que cambió para siempre el rumbo de su existencia.
Un día igual que otro cualquiera, estaban los cuatro entregados a su trabajo cotidiano. Andrés y Simón estaban echando las redes en el Lago de Tiberíades. No era un pasatiempo, sino su oficio de pescadores para ganar el pan. Sus redes eran largas, de trescientos metros, que arrojaban desde la barca con buen pulso y luego, desde la orilla, las iban recogiendo.
Más adelante, Santiago y Juan apenas estaban remendando sus redes, obedientes a su padre Zebedeo.
El Señor Jesús los vió con mirada de predilección: los necesitaba para iniciar con ellos el Reino. Les dijo:
“Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Las redes se quedaron sumergidas en el agua para siempre. Zebedeo ya no contó con los brazos fuertes de aquellos hombres, tendría que buscar operarios a sueldo.
Se fueron con Cristo. Extraña, asombrosa decisión. Con ellos y con ocho más, buscados en otros caminos y circunstancias, el Señor formó su primer colegio.
Cercanos a él, fue dejando en sus mentes y en su corazón la siembra; no eran perfectos, no eran sabios, ni nobles, ni ricos.
Cuando meses después el Maestro enseñaba al pueblo con parábolas para que los sencillos y los pequeños entendieran los misterios del Reino de Dios, les dijo que la Iglesia era un pequeño grano de mostaza sembrado en el huerto, y de allí saldrían el tronco y las ramas y los pájaros acudirían allí a posarse.
Eran sólo doce, pero ese humilde principio de los cuatro pescadores resultó ser el grano de mostaza. Vendría la paciente y tierna labor de irlos soportando, instruyendo, educando, puliendo, para hacer de ellos las columnas del edificio.
Discípulos, misioneros
En el plan del Señor, desde entonces y hasta el actual siglo XXI, es manifiesta la voluntad de dejar en manos de los hombres el oficio de evangelizar, gobernar y conducir al pueblo de la Nueva Alianza.
Doscientos sesenta y siete hombres se han sentado en la silla que el apóstol Pedro dejó vacía el día de su martirio, todos con la responsabilidad de ser vicarios representantes de Cristo, y con las mismas facultades que le dio a Pedro en Cesarea de Filipo.
Una multitud incontable de obispos y sacerdotes han ido por todos los pueblos y naciones con la misma consigna de los apóstoles: “Vayan por todo el mundo, prediquen, bauticen”.
Todos han sido llamados, como los doce; elegidos, como cuando de una multitud el Señor sólo puso sus ojos en doce; ungidos con el óleo santo del sacramento del orden y así consagrados a ser propiedad de Cristo; y enviados, porque han de ser luz, y esta luz no se ha de poner debajo de la cama, sino en lo alto para alumbrar a todos.
En la más reciente reunión de la Conferencia Episcopal de América Latina y del Caribe, en Aparecida, Brasíl, en mayo de 2007, se vivió una vez más la condición de discípulos todos y misioneros todos, para aprender de Cristo como discípulos y llevar el mensaje todos como misioneros.
El sacerdote, hombre de servicio
Llegó la noche de la despedida con la cena de Pascua. Judas mojó su pan en el plato del Maestro y salió, en medio de la oscuridad de la noche, a perpetrar su traición.
Sólo quedaron en torno a Jesús los otros once, limpios de corazón, y les lavó los pies.
Había aguardado ese momento tan solemne. Terminada la cena les dio su más grande regalo: se dio a sí mismo en el misterio del Pan y el Vino; ya no pan y vino, sino su Cuerpo como comida y su Sangre como bebida.
Y luego a los once, como prueba de predilección, los hizo sacerdotes: “Hagan ustedes lo que yo he hecho”.
El sacerdocio de Cristo, el sacerdocio ministerial, es la gracia, el honor, la responsabilidad de hacer las veces de Cristo entre los hombres. Los sacerdotes, desde entonces y hasta este día, convierten el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre, y en nombre de Cristo levantan su mano para perdonar los pecados --yo te absuelvo-- y para bendecir. Mas esos divinos poderes los recibe el que es ungido sacerdote, para bien de sus hermanos.
El sacerdote, como está escrito en la Palabra de Dios, es el hombre sacado de entre los hombres para el servicio de los hombres.
Es instrumento del amor de Dios, quien habla por su boca, obra por sus manos y redime por sus sacrificios. Todos los poderes le son dados para darlos.
Dios llama: Vocación
Cristo sigue llamando como llamó a Simón, a Andrés, a Santiago, a Juan.
A unos los llama desde la niñez, como a Samuel el profeta, tal vez el acólito inquieto, revoltoso, que un día sintió un vago deseo de ser quien pronunciara las palabras solemnes sobre el pan y el vino.
Tal vez la voz callada del ejemplo de sus padres; o una gran alegría, una fiesta, y la voz de Dios llegó clara y apremiante: “¡Ven y sígueme!”.
A veces fue un gran dolor, una desilusión, un fracaso, cuando oyó estas palabras: “Amigo, sube más arriba”.
Así llegan al Seminario gozosos, cargados de ideales; allí el crisol, allí años --de doce a quince-- de vida de plenitud, con sangrientas luchas interiores y delicias celestiales.
Allí se esclarece lo que significa vocación. Allí sabe que ha de entregarse, ha de sacrificarse. Allí aprende el verdadero significado y el valor de la vida. Y, si se siente capaz, dirá: “Vale la pena entregarse al servicio de los demás por amor a Cristo”.
¿Crisis vocacionales sacerdotales?
Cuando se sitúa en el corazón de la fe, una vida tiene que orientarse hacia Dios y hacia el servicio de los hermanos.
Si la fe es una luz débil, que no llega a iluminar la propia existencia, poco o nada puede esperar hacia una operación en proyecto hacia los demás.
La sociedad tecnificada y materializada de estos años produce prisas, inmediatismos, imágenes, sensaciones y cambios continuos. En esos ambientes poco propicios para una reflexión tranquila, es donde se ha de ir a buscar a los jóvenes y decirles que la vida es una única oportunidad para aprovecharla; que tiene sentido; que es una página en blanco en la que hay que escribir cada día; que la vida es amor de Dios, quien lo dio a cada uno para responderle con amor, y que la vida es de Dios.
Y en esos ambientes, ante los falsos héroes del deporte o de la pantalla, presentar ante los jóvenes a los sacerdotes, éstos sí verdaderos héroes, con entrega generosa de una vida entera en el servicio desinteresado.
Ver a los sacerdotes
como hombres de Dios
Una de las causas del descenso de las vocaciones, es la imagen de las nuevas familias. Ya pocas son las familias numerosas. Ahora son dos o tres hijos, y les pesa dar uno al servicio de Dios.
Luego, familias desintegradas o muy afanadas por los intereses materiales: padre y madre trabajan, cada cual por su lado, y los hijos poco sienten el calor del hogar.
También la pobre vida espiritual de los matrimonios, donde la oración en familia es poca o nula; eso sí, con muchas horas de televisión nociva.
Y por último el aumento de noticias sobre escándalos de sacerdotes. Esos casos, pocos, no justifican la animosidad visceral cuando la mayoría lleva dignamente su entrega. Son campañas inspiradas por el maligno. Los pueblos, las ciudades, necesitan sacerdotes.
Pbro. José R. Ramírez
Así, a cuatro sencillos pescadores de Galilea les aconteció algo que cambió para siempre el rumbo de su existencia.
Un día igual que otro cualquiera, estaban los cuatro entregados a su trabajo cotidiano. Andrés y Simón estaban echando las redes en el Lago de Tiberíades. No era un pasatiempo, sino su oficio de pescadores para ganar el pan. Sus redes eran largas, de trescientos metros, que arrojaban desde la barca con buen pulso y luego, desde la orilla, las iban recogiendo.
Más adelante, Santiago y Juan apenas estaban remendando sus redes, obedientes a su padre Zebedeo.
El Señor Jesús los vió con mirada de predilección: los necesitaba para iniciar con ellos el Reino. Les dijo:
“Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Las redes se quedaron sumergidas en el agua para siempre. Zebedeo ya no contó con los brazos fuertes de aquellos hombres, tendría que buscar operarios a sueldo.
Se fueron con Cristo. Extraña, asombrosa decisión. Con ellos y con ocho más, buscados en otros caminos y circunstancias, el Señor formó su primer colegio.
Cercanos a él, fue dejando en sus mentes y en su corazón la siembra; no eran perfectos, no eran sabios, ni nobles, ni ricos.
Cuando meses después el Maestro enseñaba al pueblo con parábolas para que los sencillos y los pequeños entendieran los misterios del Reino de Dios, les dijo que la Iglesia era un pequeño grano de mostaza sembrado en el huerto, y de allí saldrían el tronco y las ramas y los pájaros acudirían allí a posarse.
Eran sólo doce, pero ese humilde principio de los cuatro pescadores resultó ser el grano de mostaza. Vendría la paciente y tierna labor de irlos soportando, instruyendo, educando, puliendo, para hacer de ellos las columnas del edificio.
Discípulos, misioneros
En el plan del Señor, desde entonces y hasta el actual siglo XXI, es manifiesta la voluntad de dejar en manos de los hombres el oficio de evangelizar, gobernar y conducir al pueblo de la Nueva Alianza.
Doscientos sesenta y siete hombres se han sentado en la silla que el apóstol Pedro dejó vacía el día de su martirio, todos con la responsabilidad de ser vicarios representantes de Cristo, y con las mismas facultades que le dio a Pedro en Cesarea de Filipo.
Una multitud incontable de obispos y sacerdotes han ido por todos los pueblos y naciones con la misma consigna de los apóstoles: “Vayan por todo el mundo, prediquen, bauticen”.
Todos han sido llamados, como los doce; elegidos, como cuando de una multitud el Señor sólo puso sus ojos en doce; ungidos con el óleo santo del sacramento del orden y así consagrados a ser propiedad de Cristo; y enviados, porque han de ser luz, y esta luz no se ha de poner debajo de la cama, sino en lo alto para alumbrar a todos.
En la más reciente reunión de la Conferencia Episcopal de América Latina y del Caribe, en Aparecida, Brasíl, en mayo de 2007, se vivió una vez más la condición de discípulos todos y misioneros todos, para aprender de Cristo como discípulos y llevar el mensaje todos como misioneros.
El sacerdote, hombre de servicio
Llegó la noche de la despedida con la cena de Pascua. Judas mojó su pan en el plato del Maestro y salió, en medio de la oscuridad de la noche, a perpetrar su traición.
Sólo quedaron en torno a Jesús los otros once, limpios de corazón, y les lavó los pies.
Había aguardado ese momento tan solemne. Terminada la cena les dio su más grande regalo: se dio a sí mismo en el misterio del Pan y el Vino; ya no pan y vino, sino su Cuerpo como comida y su Sangre como bebida.
Y luego a los once, como prueba de predilección, los hizo sacerdotes: “Hagan ustedes lo que yo he hecho”.
El sacerdocio de Cristo, el sacerdocio ministerial, es la gracia, el honor, la responsabilidad de hacer las veces de Cristo entre los hombres. Los sacerdotes, desde entonces y hasta este día, convierten el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre, y en nombre de Cristo levantan su mano para perdonar los pecados --yo te absuelvo-- y para bendecir. Mas esos divinos poderes los recibe el que es ungido sacerdote, para bien de sus hermanos.
El sacerdote, como está escrito en la Palabra de Dios, es el hombre sacado de entre los hombres para el servicio de los hombres.
Es instrumento del amor de Dios, quien habla por su boca, obra por sus manos y redime por sus sacrificios. Todos los poderes le son dados para darlos.
Dios llama: Vocación
Cristo sigue llamando como llamó a Simón, a Andrés, a Santiago, a Juan.
A unos los llama desde la niñez, como a Samuel el profeta, tal vez el acólito inquieto, revoltoso, que un día sintió un vago deseo de ser quien pronunciara las palabras solemnes sobre el pan y el vino.
Tal vez la voz callada del ejemplo de sus padres; o una gran alegría, una fiesta, y la voz de Dios llegó clara y apremiante: “¡Ven y sígueme!”.
A veces fue un gran dolor, una desilusión, un fracaso, cuando oyó estas palabras: “Amigo, sube más arriba”.
Así llegan al Seminario gozosos, cargados de ideales; allí el crisol, allí años --de doce a quince-- de vida de plenitud, con sangrientas luchas interiores y delicias celestiales.
Allí se esclarece lo que significa vocación. Allí sabe que ha de entregarse, ha de sacrificarse. Allí aprende el verdadero significado y el valor de la vida. Y, si se siente capaz, dirá: “Vale la pena entregarse al servicio de los demás por amor a Cristo”.
¿Crisis vocacionales sacerdotales?
Cuando se sitúa en el corazón de la fe, una vida tiene que orientarse hacia Dios y hacia el servicio de los hermanos.
Si la fe es una luz débil, que no llega a iluminar la propia existencia, poco o nada puede esperar hacia una operación en proyecto hacia los demás.
La sociedad tecnificada y materializada de estos años produce prisas, inmediatismos, imágenes, sensaciones y cambios continuos. En esos ambientes poco propicios para una reflexión tranquila, es donde se ha de ir a buscar a los jóvenes y decirles que la vida es una única oportunidad para aprovecharla; que tiene sentido; que es una página en blanco en la que hay que escribir cada día; que la vida es amor de Dios, quien lo dio a cada uno para responderle con amor, y que la vida es de Dios.
Y en esos ambientes, ante los falsos héroes del deporte o de la pantalla, presentar ante los jóvenes a los sacerdotes, éstos sí verdaderos héroes, con entrega generosa de una vida entera en el servicio desinteresado.
Ver a los sacerdotes
como hombres de Dios
Una de las causas del descenso de las vocaciones, es la imagen de las nuevas familias. Ya pocas son las familias numerosas. Ahora son dos o tres hijos, y les pesa dar uno al servicio de Dios.
Luego, familias desintegradas o muy afanadas por los intereses materiales: padre y madre trabajan, cada cual por su lado, y los hijos poco sienten el calor del hogar.
También la pobre vida espiritual de los matrimonios, donde la oración en familia es poca o nula; eso sí, con muchas horas de televisión nociva.
Y por último el aumento de noticias sobre escándalos de sacerdotes. Esos casos, pocos, no justifican la animosidad visceral cuando la mayoría lleva dignamente su entrega. Son campañas inspiradas por el maligno. Los pueblos, las ciudades, necesitan sacerdotes.
Pbro. José R. Ramírez