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El Fresnal
GUADALAJARA, JALISCO (27/FEB/2011).- Cierto día, Manuel Figueroa y yo fuimos a Tonila, donde nos encontramos con el gentil Mario Quevedo, quien nos invitó a dar un paseo. Subimos por la calle de la caja del agua, al llegar escuchamos el cantar del agua. Mario nos comentó que antes el agua bajaba por canales a las casas y a las huertas, me acordé de Amacueca. De la caja, seguimos una brecha cuesta arriba, las huellas apenas se distinguían entre la abundante vegetación, en un trams pasamos por un increíble túnel de follaje, más adelante vimos en un potrero una serie de monos o piladas de rastrojo de maíz, completamente dorados, contrastaban con un precioso bosque de pinos, aledaño, y al fondo el majestuoso volcán envuelto por una nube, era un paraje pintoresco. Nos detuvimos en el pinar y lo apreciamos por varios minutos. Seguimos el sendero que no dejaba de subir y súbitamente un hule nos anunció la estancia Atenguillo, caminamos al potrero de arriba a mirar el volcán que se había descubierto algo, pero la nube lo seguía coronando. Entramos al potrero de la estancia, que presumía de su plantío de zarzamoras regadas por goteo, enseguida vimos el casco, con un trapiche del lado derecho, lo delataba una alta chimenea cuadrada, cuartos y tejavanes hacían una escuadra del lado opuesto, parotas, higueras y jacarandas por doquier. En el porfiriato perteneció a Blas Nava y a Lucio Mancilla.
De Atenguillo continuamos por el camino de tierra rumbo al noreste, una arbolada nos introdujo a Cofradía, poblada por casas de descanso, estancia que en los albores del siglo pasado era de Ignacio Montes de Oca y de la familia Carrillo, estancia que se fue fraccionando. Llegamos con Amalia Sánchez por unas cervezas y unos cacahuates, que degustamos al pie de una gruesa higuera. Luego seguimos por el empedrado que subía entre cafetos, plátanos y nogales, después entramos a un fascinante bosque de fresnos, nos encontrábamos en El Fresnal, vimos una fuente de tres copas en un jardín, enseguida se dejo ver una finca de adobe, donde habita el entusiasta jardinero, al frente hay un corredor delimitado por columnas cuadradas y comunica con dos puertas, entre ellas, un amplio pasillo baja a un corral, donde están las caballerizas, y se asoman tres arcos en medio punto, una puerta arqueada y una ventana cuadrada del segundo piso, la arcada correspondía con uno de los corredores de la casa, aunque realmente es un maravilloso chalet, edificado por el creativo Enrique Schöndube, a principios del siglo pasado. La planta arquitectónica es rectangular y de dos niveles, el techo a dos aguas y con un tiro de chimenea, una agradable terraza en su fachada oeste, la fachada contraria consta de la arcada referida. La fachada norte, es la principal y la más vistosa, la puerta tiene dos hojas y está al centro, con una ventana vertical por lado, arriba de la puerta sale un balcón de madera, que mira al volcán, a cada costado hay una ventana arqueada, la puerta fue rematada por un saliente de madera, sobre el cual se ubicaron dos ventanas horizontales, más arriba está el caballete, que sale para soportar unas vigas. Entre los vanos, incrustaciones de madera se fueron uniendo para manifestar diversas formas atractivas, dándole un toque europeo, nos sentamos donde pudimos para admirar aquella insólita fachada. Con varios árboles detrás de nosotros y la europea fachada, nos sentíamos en la selva Bohemia. Luego del gozo visual, nos esperaba otro a unos pasos, detrás de una fuente de una copa, observamos un hermoso estanque, acompañado por un sauzal que lo embellecía.
Después de haber observado El Fresnal, regresamos a Tonila, Mario nos invitó a comer un rico pozole a la casa de sus padres, era el cumpleaños de su hija Carla, una de sus tías acercó a la mesa unos sabrosos sopes gordos y unas enchiladas de la prestigiada “María Salinas”. Agustín, su papá, fue colaborador de La Esperanza, la esposa de Enrique era su parienta, Luisa Kebe Quevedo. Nos platicó: “En tiempo de calores, la familia Schöndube se mudaba a gozar El Fresnal, con todo y el maestro, quien instruía a los niños, después de las clases chapoteaban en una pila azulejada que estaba en la terraza, también realizaban cabalgatas por los alrededores y caminatas al cono. Últimamente la estancia fue del licenciado Eduardo Aviña Batiz y sus hijos Martita y Napoleón disfrutaron mucho del lugar, hoy día lo vive la familia Cervantes.
De Atenguillo continuamos por el camino de tierra rumbo al noreste, una arbolada nos introdujo a Cofradía, poblada por casas de descanso, estancia que en los albores del siglo pasado era de Ignacio Montes de Oca y de la familia Carrillo, estancia que se fue fraccionando. Llegamos con Amalia Sánchez por unas cervezas y unos cacahuates, que degustamos al pie de una gruesa higuera. Luego seguimos por el empedrado que subía entre cafetos, plátanos y nogales, después entramos a un fascinante bosque de fresnos, nos encontrábamos en El Fresnal, vimos una fuente de tres copas en un jardín, enseguida se dejo ver una finca de adobe, donde habita el entusiasta jardinero, al frente hay un corredor delimitado por columnas cuadradas y comunica con dos puertas, entre ellas, un amplio pasillo baja a un corral, donde están las caballerizas, y se asoman tres arcos en medio punto, una puerta arqueada y una ventana cuadrada del segundo piso, la arcada correspondía con uno de los corredores de la casa, aunque realmente es un maravilloso chalet, edificado por el creativo Enrique Schöndube, a principios del siglo pasado. La planta arquitectónica es rectangular y de dos niveles, el techo a dos aguas y con un tiro de chimenea, una agradable terraza en su fachada oeste, la fachada contraria consta de la arcada referida. La fachada norte, es la principal y la más vistosa, la puerta tiene dos hojas y está al centro, con una ventana vertical por lado, arriba de la puerta sale un balcón de madera, que mira al volcán, a cada costado hay una ventana arqueada, la puerta fue rematada por un saliente de madera, sobre el cual se ubicaron dos ventanas horizontales, más arriba está el caballete, que sale para soportar unas vigas. Entre los vanos, incrustaciones de madera se fueron uniendo para manifestar diversas formas atractivas, dándole un toque europeo, nos sentamos donde pudimos para admirar aquella insólita fachada. Con varios árboles detrás de nosotros y la europea fachada, nos sentíamos en la selva Bohemia. Luego del gozo visual, nos esperaba otro a unos pasos, detrás de una fuente de una copa, observamos un hermoso estanque, acompañado por un sauzal que lo embellecía.
Después de haber observado El Fresnal, regresamos a Tonila, Mario nos invitó a comer un rico pozole a la casa de sus padres, era el cumpleaños de su hija Carla, una de sus tías acercó a la mesa unos sabrosos sopes gordos y unas enchiladas de la prestigiada “María Salinas”. Agustín, su papá, fue colaborador de La Esperanza, la esposa de Enrique era su parienta, Luisa Kebe Quevedo. Nos platicó: “En tiempo de calores, la familia Schöndube se mudaba a gozar El Fresnal, con todo y el maestro, quien instruía a los niños, después de las clases chapoteaban en una pila azulejada que estaba en la terraza, también realizaban cabalgatas por los alrededores y caminatas al cono. Últimamente la estancia fue del licenciado Eduardo Aviña Batiz y sus hijos Martita y Napoleón disfrutaron mucho del lugar, hoy día lo vive la familia Cervantes.