Suplementos
“Ve vende cuanto tienes y dalo a los pobres…”
Cuando crece el culto al dinero, el corazón se endurece
En este domingo vigésimo octavo ordinario del año así empieza la narración: “Cuando Jesús se puso en el camino, un hombre joven corrió hacia Él y arrodillándose le preguntó:
Maestro bueno, ¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?
“Ve, vende cuánto tienes y dalo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme”.
Cumplir los mandamientos era y es, la primera condición para salvarse. La observancia de los mandamientos no es posible si no hay amor. El que verdaderamente ama cumple la ley pero el joven quiere más y Jesús le propone dejarlo todo para seguirlo dejarlo todo para poseerlo todo.
Queda en claro que Cristo no condena las riquezas, el fondo de este mensaje es más profundo, no es lo que el hombre tiene en torno a Él, a su alrededor, sino lo que tiene en su yo interno, en su mente, en su alma.
Cuando crece el culto al dinero, el corazón se endurece, brotan la soberbia y una cruel indiferencia, una ceguera ante el dolor del pobre.
Los pobres de espíritu no son los apocados, ni los inútiles, ni los enfermos del alma, ni los carentes de bienes o dones naturales. Los pobres de espíritu son verdaderamente libres, con una libertad interior tal, que a nada ni a nadie temen no viven como otros, en perpetua angustia de perder a eso a quien dan culto.
Alguien escribió.
“Ante el dinero nos arrodillamos,
Ofrecemos sacrificios,
Ofrecemos nuestro honor,
Ofrecemos nuestra sangre,
Y la sangre de los demás”.
Los pobres de espíritu poseen como si poseyeran y ese desasimiento interior les trae una paz y una alegría que otros han experimentado.
El porvenir, el futuro, está fundado en Cristo, que vive y consoló a sus apóstoles con una promesa “me voy a la casa de mi Padre a prepararles un lugar, porque donde esté Yo, quiero que estén ustedes”.
Maestro bueno, ¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?
“Ve, vende cuánto tienes y dalo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme”.
Cumplir los mandamientos era y es, la primera condición para salvarse. La observancia de los mandamientos no es posible si no hay amor. El que verdaderamente ama cumple la ley pero el joven quiere más y Jesús le propone dejarlo todo para seguirlo dejarlo todo para poseerlo todo.
Queda en claro que Cristo no condena las riquezas, el fondo de este mensaje es más profundo, no es lo que el hombre tiene en torno a Él, a su alrededor, sino lo que tiene en su yo interno, en su mente, en su alma.
Cuando crece el culto al dinero, el corazón se endurece, brotan la soberbia y una cruel indiferencia, una ceguera ante el dolor del pobre.
Los pobres de espíritu no son los apocados, ni los inútiles, ni los enfermos del alma, ni los carentes de bienes o dones naturales. Los pobres de espíritu son verdaderamente libres, con una libertad interior tal, que a nada ni a nadie temen no viven como otros, en perpetua angustia de perder a eso a quien dan culto.
Alguien escribió.
“Ante el dinero nos arrodillamos,
Ofrecemos sacrificios,
Ofrecemos nuestro honor,
Ofrecemos nuestra sangre,
Y la sangre de los demás”.
Los pobres de espíritu poseen como si poseyeran y ese desasimiento interior les trae una paz y una alegría que otros han experimentado.
El porvenir, el futuro, está fundado en Cristo, que vive y consoló a sus apóstoles con una promesa “me voy a la casa de mi Padre a prepararles un lugar, porque donde esté Yo, quiero que estén ustedes”.