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Valorar nuestro bautismo
Estamos iniciando un nuevo año, y, como al abrir esta nueva etapa, se cierra a la vez la anterior, se intenta poner un fin simbólico a situaciones y circunstancias vividas
Todavía para muchas personas, el año nuevo representa la oportunidad de plantearse objetivos de renovación de su vida, dejando atrás lo malo y lo feo, todo lo que signifique dolor, llanto, sufrimiento, fracaso, escasez, enemistades, problemas, etc.
Desde que se tiene conocimiento de culturas ancestrales, se ha podido constatar cómo los seres humanos han establecido, por observación de las leyes del universo y por estudios científicos, los ciclos de la vida, y al hacerlo, han intentado organizar el mundo, y con ello, la mentalidad de la gente; ello a través de símbolos y etapas, que señalan los momentos de inicio y los momentos de fin.
Estamos iniciando un nuevo año, y, como al abrir esta nueva etapa, se cierra a la vez la anterior, se intenta poner un fin simbólico a situaciones y circunstancias vividas, tanto espirituales, como afectivas, económicas, sociales, etc.
La costumbre de hacer promesas obedece en gran parte, a la creencia de que el cierre de una etapa siempre abre la posibilidad de la esperanza y de la realización del deseo aún no satisfecho, de lograr un cambio en sus hábitos, de alcanzar tales o cuales objetivos o metas.
Sin embargo, todo ello implica también tener los pies en la tierra, y ser conscientes de que los sueños y promesas no se alcanzan por arte de magia o por generación espontánea, sino a base de mucho esfuerzo, el sacrificio de muchas cosas y el entusiasmo para lograrlos. Ello en todas las áreas de nuestra vida, incluyendo en la espiritual.
Ahora bien, los que vivían esta costumbre en el pasado, daban especial importancia a las promesas o propósitos relacionadas con una mejora de la vida espiritual, con un crecimiento en la vida de fe, y una más abundante y rica práctica de los principios doctrinales y morales de la religión que ellos profesaban.
Así, había quienes se proponían, al iniciar el año, ser más caritativos, más pacientes, más honestos y honrados, más fieles en su vida marital, etc., y/o prometían asistir más frecuentemente al templo, participar más en los sacramentos, orar más, leer y meditar más frecuentemente la Palabra de Dios, etc.
Hoy por hoy se ha perdido mucho esa práctica, y es de llamar la atención que ello sea, en considerable medida, en muchos que dicen ser cristianos, católicos; ello debido por un lado, a la gran secularización y paganización de las costumbres, tradiciones, etc., y por el otro a la ignorancia, indiferencia y hasta repulsa de la enseñanza de Jesús, consignada en la Biblia, y de la doctrina de la Iglesia, que interpreta e instruye en el cómo vivir en la vida real de hoy y aquí, dicha enseñanza.
Uno de los conceptos, de los que son torales en la vida cristiana y que se desconoce su origen, significado, valor, trascendencia, el cómo vivirlo, así como las repercusiones en la vida de un auténtico cristiano, es el sacramento del bautismo, especialmente porque la mayoría de personas en nuestro país, practiquen su fe o no, lo han recibido.
El Bautismo es el nacimiento a una nueva vida (Jn 3, 3-5). Nos purifica y santifica (1 Co 6, 11); nos infunde el don del Espíritu Santo (1 Co 12, 1 3) y el don de la gracia santificante; nos hace templos del Espíritu Santo (1 Co 6, 19); nos hace hijos de Dios y, por tanto, también herederos de Dios (Gál 4, 4-7) y coherederos de Cristo (Rom 8, 17). La nueva vida se ejercita en la fe, la esperanza y la caridad, que recibimos igualmente en el sacramento del Bautismo (CIC 1265-1266).
Los bautizados, por su nuevo nacimiento como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia (LC 11), y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (CIC 1271).
Hoy que la liturgia dominical nos presenta el pasaje evangélico del bautismo de Jesús, convendría hacer una revisión acerca de qué tanto valoramos nuestro bautismo; así como, si lo vivimos a diario, viviendo los compromisos que adquirimos en él y con él, y si andamos fallos en ello, hacernos el propósito para este año, de profundizar en su conocimiento y en su vivencia, lo que redundará en un mayor conocimiento de Jesús y en una vida semejante a la de Él.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx
Desde que se tiene conocimiento de culturas ancestrales, se ha podido constatar cómo los seres humanos han establecido, por observación de las leyes del universo y por estudios científicos, los ciclos de la vida, y al hacerlo, han intentado organizar el mundo, y con ello, la mentalidad de la gente; ello a través de símbolos y etapas, que señalan los momentos de inicio y los momentos de fin.
Estamos iniciando un nuevo año, y, como al abrir esta nueva etapa, se cierra a la vez la anterior, se intenta poner un fin simbólico a situaciones y circunstancias vividas, tanto espirituales, como afectivas, económicas, sociales, etc.
La costumbre de hacer promesas obedece en gran parte, a la creencia de que el cierre de una etapa siempre abre la posibilidad de la esperanza y de la realización del deseo aún no satisfecho, de lograr un cambio en sus hábitos, de alcanzar tales o cuales objetivos o metas.
Sin embargo, todo ello implica también tener los pies en la tierra, y ser conscientes de que los sueños y promesas no se alcanzan por arte de magia o por generación espontánea, sino a base de mucho esfuerzo, el sacrificio de muchas cosas y el entusiasmo para lograrlos. Ello en todas las áreas de nuestra vida, incluyendo en la espiritual.
Ahora bien, los que vivían esta costumbre en el pasado, daban especial importancia a las promesas o propósitos relacionadas con una mejora de la vida espiritual, con un crecimiento en la vida de fe, y una más abundante y rica práctica de los principios doctrinales y morales de la religión que ellos profesaban.
Así, había quienes se proponían, al iniciar el año, ser más caritativos, más pacientes, más honestos y honrados, más fieles en su vida marital, etc., y/o prometían asistir más frecuentemente al templo, participar más en los sacramentos, orar más, leer y meditar más frecuentemente la Palabra de Dios, etc.
Hoy por hoy se ha perdido mucho esa práctica, y es de llamar la atención que ello sea, en considerable medida, en muchos que dicen ser cristianos, católicos; ello debido por un lado, a la gran secularización y paganización de las costumbres, tradiciones, etc., y por el otro a la ignorancia, indiferencia y hasta repulsa de la enseñanza de Jesús, consignada en la Biblia, y de la doctrina de la Iglesia, que interpreta e instruye en el cómo vivir en la vida real de hoy y aquí, dicha enseñanza.
Uno de los conceptos, de los que son torales en la vida cristiana y que se desconoce su origen, significado, valor, trascendencia, el cómo vivirlo, así como las repercusiones en la vida de un auténtico cristiano, es el sacramento del bautismo, especialmente porque la mayoría de personas en nuestro país, practiquen su fe o no, lo han recibido.
El Bautismo es el nacimiento a una nueva vida (Jn 3, 3-5). Nos purifica y santifica (1 Co 6, 11); nos infunde el don del Espíritu Santo (1 Co 12, 1 3) y el don de la gracia santificante; nos hace templos del Espíritu Santo (1 Co 6, 19); nos hace hijos de Dios y, por tanto, también herederos de Dios (Gál 4, 4-7) y coherederos de Cristo (Rom 8, 17). La nueva vida se ejercita en la fe, la esperanza y la caridad, que recibimos igualmente en el sacramento del Bautismo (CIC 1265-1266).
Los bautizados, por su nuevo nacimiento como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia (LC 11), y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (CIC 1271).
Hoy que la liturgia dominical nos presenta el pasaje evangélico del bautismo de Jesús, convendría hacer una revisión acerca de qué tanto valoramos nuestro bautismo; así como, si lo vivimos a diario, viviendo los compromisos que adquirimos en él y con él, y si andamos fallos en ello, hacernos el propósito para este año, de profundizar en su conocimiento y en su vivencia, lo que redundará en un mayor conocimiento de Jesús y en una vida semejante a la de Él.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx