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Valorar el sacramento del matrimonio
Ello se debe ante todo a una vida alejada de Dios; una vida en la que Él no es tomado en cuenta en sus decisiones, proyectos, acciones
Cada vez son menos los matrimonios que permanecen fieles y juntos hasta la muerte. Ello se debe ante todo a una vida alejada de Dios; una vida en la que Él no es tomado en cuenta en sus decisiones, proyectos, acciones.
Este vivir al margen de Dios y de su plan divino para el matrimonio y la familia, trae como consecuencia el desconocimiento del matrimonio como sacramento y la devaluación o desvalorización del vínculo sacramental; y por ello, ante las dificultades, los problemas, los malentendidos, etc. --muchas veces, fáciles de resolver, cuando se desea--, pronto se opta por la separación o el divorcio, lo que trae como resultado, entonces sí, grandes conflictos de consecuencias insospechadas y muchas veces funestas para la familia, especialmente cuando hay hijos de por medio.
Es preciso, pues, conocer y tener bien presente los principios básicos del matrimonio, para no caer en el engaño de que siempre el divorcio es la solución. Veamos algunos de ellos:
-- El matrimonio no es sólo y simplemente un contrato legal, el cual se puede dar por terminado cuando se desee; ciertamente el matrimonio reviste un compromiso y esto comporta un aspecto social importante, pero esencialmente es una alianza de amor.
-- El matrimonio exige vivir y considerar como necesarias ciertas realidades materiales, pero lo que constituye al hombre y a la mujer como esposos cristianos, es vivir el amor como lo vivió Jesús, en entrega total.
-- El matrimonio debe estar supeditado a la visión más amplia del Reino de Dios, puesto que el amor entre los esposos, por más perfecto que sea, tarde o temprano se terminará, al menos con la muerte del ser amado.
-- Por todo lo anterior, el sacramento del matrimonio es signo de una llamada que viene del Señor Jesús, invitando a los esposos a dejarse llevar por su amor, por su gracia, haciendo vida en la realidad conyugal, la vida nueva, renovada, que Él suscita en nosotros.
-- Vivir el sacramento del matrimonio es, ante todo, hacer un acto de fe, de confianza plena y total en un Dios personal, que afirma que a través de las alegrías y de las penas, de los éxitos y los fracasos, el amor del hombre por la mujer y de la mujer por el hombre, se puede transformar en verdadera caridad, que adquiere valor de felicidad, de salvación, de eternidad. De esa manera, vivir este sacramento es más cuestión de fe y de entrega que de técnicas.
El matrimonio es sacramento porque es un signo sagrado que sirve para explicar una realidad más profunda: un signo visible de una realidad invisible. Es un signo a través del cual un hombre y una mujer unidos en el amor, comprometiéndose, se lanzan a caminar juntos en la vida, por el camino marcado por Jesús.
El sacramento es también un signo sensible de la gracia de Dios. Los contrayentes al celebrar el sacramento reciben la plenitud de la gracia santificante, que es la presencia de Dios en nosotros por medio del Espíritu Santo, que nos hace semejantes a Cristo, y se pierde por el pecado.
Esta gracia hace al hombre y a la mujer hijos de Dios; eleva su naturaleza, haciéndola partícipe de la naturaleza divina, y, por lo tanto excede toda la potencia de dicha naturaleza humana, capacitándolos para enfrentar cualquier reto, amenaza, tentación o ataque de los enemigos del ser humano y de la misma institución matrimonial.
De ahí que cuando los cónyuges luchan y se esfuerzan por preservar esa gracia en su corazón y en su vida matrimonial, sin duda triunfarán sobre toda dificultad, problema, falla, error, actos de desamor en su relación mutua.
En el Evangelio de hoy, Jesús es muy claro y no se anda con rodeos en cuestiones de la unión matrimonial. Dios quiera que el reflexionar dicho pasaje, junto con los conceptos que hemos compartido, lleve a los casados a adquirir mayor conciencia, a dar más valor y a amar más su vínculo sacramental.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx
Este vivir al margen de Dios y de su plan divino para el matrimonio y la familia, trae como consecuencia el desconocimiento del matrimonio como sacramento y la devaluación o desvalorización del vínculo sacramental; y por ello, ante las dificultades, los problemas, los malentendidos, etc. --muchas veces, fáciles de resolver, cuando se desea--, pronto se opta por la separación o el divorcio, lo que trae como resultado, entonces sí, grandes conflictos de consecuencias insospechadas y muchas veces funestas para la familia, especialmente cuando hay hijos de por medio.
Es preciso, pues, conocer y tener bien presente los principios básicos del matrimonio, para no caer en el engaño de que siempre el divorcio es la solución. Veamos algunos de ellos:
-- El matrimonio no es sólo y simplemente un contrato legal, el cual se puede dar por terminado cuando se desee; ciertamente el matrimonio reviste un compromiso y esto comporta un aspecto social importante, pero esencialmente es una alianza de amor.
-- El matrimonio exige vivir y considerar como necesarias ciertas realidades materiales, pero lo que constituye al hombre y a la mujer como esposos cristianos, es vivir el amor como lo vivió Jesús, en entrega total.
-- El matrimonio debe estar supeditado a la visión más amplia del Reino de Dios, puesto que el amor entre los esposos, por más perfecto que sea, tarde o temprano se terminará, al menos con la muerte del ser amado.
-- Por todo lo anterior, el sacramento del matrimonio es signo de una llamada que viene del Señor Jesús, invitando a los esposos a dejarse llevar por su amor, por su gracia, haciendo vida en la realidad conyugal, la vida nueva, renovada, que Él suscita en nosotros.
-- Vivir el sacramento del matrimonio es, ante todo, hacer un acto de fe, de confianza plena y total en un Dios personal, que afirma que a través de las alegrías y de las penas, de los éxitos y los fracasos, el amor del hombre por la mujer y de la mujer por el hombre, se puede transformar en verdadera caridad, que adquiere valor de felicidad, de salvación, de eternidad. De esa manera, vivir este sacramento es más cuestión de fe y de entrega que de técnicas.
El matrimonio es sacramento porque es un signo sagrado que sirve para explicar una realidad más profunda: un signo visible de una realidad invisible. Es un signo a través del cual un hombre y una mujer unidos en el amor, comprometiéndose, se lanzan a caminar juntos en la vida, por el camino marcado por Jesús.
El sacramento es también un signo sensible de la gracia de Dios. Los contrayentes al celebrar el sacramento reciben la plenitud de la gracia santificante, que es la presencia de Dios en nosotros por medio del Espíritu Santo, que nos hace semejantes a Cristo, y se pierde por el pecado.
Esta gracia hace al hombre y a la mujer hijos de Dios; eleva su naturaleza, haciéndola partícipe de la naturaleza divina, y, por lo tanto excede toda la potencia de dicha naturaleza humana, capacitándolos para enfrentar cualquier reto, amenaza, tentación o ataque de los enemigos del ser humano y de la misma institución matrimonial.
De ahí que cuando los cónyuges luchan y se esfuerzan por preservar esa gracia en su corazón y en su vida matrimonial, sin duda triunfarán sobre toda dificultad, problema, falla, error, actos de desamor en su relación mutua.
En el Evangelio de hoy, Jesús es muy claro y no se anda con rodeos en cuestiones de la unión matrimonial. Dios quiera que el reflexionar dicho pasaje, junto con los conceptos que hemos compartido, lleve a los casados a adquirir mayor conciencia, a dar más valor y a amar más su vínculo sacramental.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx